Caminando…contigo

He caminado mucho por las sendas de la tinta y las palabras y he concluido, a pesar de todo, que era un tiempo de introspección y descubrimiento. He alcanzado una serenidad anhelada, a pesar de mis intermitentes desvelos.


Por ello el boli, el teclado, la pluma han dejado de ser una necesidad, más un disfrute. Un permitirme volar por los años del romanticismo, y aquellos imposibles que hoy en buena parte veo cumplidos.


He caminado mucho por las sendas de la memoria. Y estabas imperturbable, eterno. Como si siempre hubieras estado, como si no hubiera habido vida sin tu presencia, como si el vacío de cuando no existías eliminara el pasado o lo redujera.

He buceado en aquellos que fuimos, estudiantes apasionados, cándidos, inocentes. Y he recordado tu risa de veinteañero y tus camisas grises de hombre libre. He recordado qué amor me ligó a ti. Tan intenso. Y he comprendido lo que significa ser querida. Y el amor ha dejado de ser un tabú, un sueño, un príncipe, para encarnarse en tus brazos, en tu cuerpo, tu sonrisa y en la convivencia. Tan denostada, huída y castigada cuando también pasa por acurrucarse en el frío de la noche, en la calidez de las miradas y quererse en el silencio del sueño permitido, del llanto de un niño…de las muchas aventuras compartidas.

Nunca he temido la rutina ni la temo. Amante del orden me tranquilizo cuando los ritmos, los horarios y los tiempos, acompañan una sucesión de días y una realidad muy concreta.

Quizá sean los hijos, quizá los años. Quizá sea la paz de saberse querido. Pero avanzo, no retrocedo, te busco. Y aunque no me cojas el teléfono, siempre te encuentro.

No has cambiado, amor mío, sino para mejor. Pero sigo viendo en tus ojos aquel que fuiste. Un buscador que me rescató y me fue regalado. El compañero de mi vida, lo sé. Para un siempre que no asusta, sino consuela, tranquiliza, ilusiona…da alas.

 

Con la certeza de que nos quedan aventuras por vivir y algún sueño en la recámara no tengo más pretensión que disfrutar el presente. No tengo más obsesión que regar las plantas de mi vida. No tengo más deber y placer que cuidarte y a tus hijas. Las nuestras.
Preñar sus cabecitas locas de alegría, curtir sus bracitos regordetes de cariño y enseñarles una senda larga y armoniosa por la que poder caminar y en donde poder encontrarse.
 
Y esta ternura que vivimos, a pesar de los esfuerzos es un milagro, un regalo, un don inmerecido. Un cansancio, un quejarse pero un levantarse a cada rato. Y Cristo en el centro, dando a todo sentido.

Eres un hombre bueno. Eres bueno y bondadoso. Pero no sólo por eso te quiero. Que también….

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Comentarios (4)

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  1. Yonkihuete dice:

    Violeta! Preciosa carta de amor. Me ha encantado como lo expresas. Que suerte tiene el destinatario de esta carta. Un placer leerla.

  2. Mota dice:

    Coincido con Yonkihuete: vibrante y emocionante carta de amor.
    Qué bien escrita, qué autenticidad se desprenden de tus palabras.
    Sea o no sea real el receptor de esta carta, a todos nos has regalado una emotiva proclamación del amor maduro, del amor cálido.

    Gracias,Violeta!

  3. Ana dice:

    El texto transmite de manera sentida un amor que permanece pasado el tiempo, transformao, fortalecido, agradecido y en fase de regar lo sembrado. Creo que ilustra y enlaza con el artículo de Yonkihuete sobre “enrutinar”, y al respecto subrayaría:
    “Nunca he temido la rutina ni la temo. Amante del orden me tranquilizo cuando los ritmos, los horarios y los tiempos, acompañan una sucesión de días y una realidad muy concreta” y “para un siempre que no asusta, sino consuela, tranquiliza, ilusiona…da alas..”

  4. coque dice:

    Querida Violeta:
    Que preciosa forma de expresar sentimientos!
    Contestando a Mota,estoy segura que el receptor es real y que ambos viven una profunda,cristiana,alegre,… historia de amor.Que gozada! Beso fuerte!

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