Enrutinar

Está claro que el título de esta columna es una palabra inventada. Pero me surgió el otro día después de nuestra reunión en San Jorge, siguiendo el muy recomendable libro de Pablo Domínguez “Hasta la Cumbre” (primer capítulo).  Para mí, esta palabra inventada implica una tendencia por parte del ser humano de meter en rutina todo lo que le rodea.

Según la RAE, rutina significa: “hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas”. Yo, hasta ahora, creía que la rutina tenía una cierta connotación positiva, pero después de leer la definición oficial, no le veo ninguna. 

“Enrutinar” implica que nosotros realizamos la acción directa y consciente de “caer en la rutina”. Ya no es un “dejarse llevar”, un “sin querer caí en la rutina”, un “la vida me lleva por un camino lleno de rutinas”. Ya no somos el sujeto pasivo de una rutina que parece que se convierte en inevitable.

Hay que empezar asumiendo que el hombre tiene tendencia natural a “enrutinar”. Supongo que esto es consecuencia del propio instinto de supervivencia, de su capacidad de adaptación a cualquier entorno y circunstancia. El hombre es capaz de vivir en la Luna, en el Polo Norte y en el desierto. Es capaz de sobrevivir 2 meses bajo tierra en Chile, y de adaptar su conciencia al aborto o a la esclavitud. Es capaz de vivir en Roma y no darse cuenta de las obras de arte que le rodea. Es capaz de vivir en los Alpes, y no admirar la Creación. Y lo más turbador: Somos capaces de acostumbrarnos a lo maravilloso, somos capaces de acostumbrarnos a Dios, y “enrutinarle”.

Resumiendo: El hombre tiene la tendencia natural de vivir las cosas que posee (casa, ciudad, amigos, novio, matrimonio, hijos, trabajo, Fe…) por mera práctica y sin razonarlas, sin dejarse sorprender, sin mirarlas, y, curiosamente, tiende a buscar la novedad y la sorpresa en lo que no posee.

La rutina es fuente de muchos problemas. Y rutina no es lo mismo que repetición. Repetición no implica algo que hacemos todos los días sin razonar o sin vivirlo. Qué mejor que repetir los momentos más felices de nuestra vida todos los días. Tenemos que “desenrutinar” las cosas que repetimos cada día. Tenemos que “desenrutinar” el beso de buenos días a nuestros padres, a nuestra esposa, a nuestros hijos. Tenemos que “desenrutinar” el trayecto al trabajo, la comida con los compañeros, la cena en familia. Tenemos que “desenrutinar” nuestra oración, la misa de los domingos. Tenemos que “desenrutinar” a Dios.

Y, así, nos dejaremos sorprender cada día de lo mismo. Sólo implica un pequeño esfuerzo por nuestra parte. El resto lo pone el Señor. 

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Comentarios (8)

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  1. griyete dice:

    Álvaro, me ha encantado. Un placer leerte!

  2. Ana burguera dice:

    Me gusta, me hace reflexionar….pero como hacerle desenrutinar a quién eligió compartir la vida contigo?…..¡¡que díficil y que simple puede ser a su vez !!!.
    “El resto lo pone el Señor”…….qué ventaja nos da la Fé.

  3. pati linares dice:

    Así estoy yo, viviendo en Roma y esforzándome por desenrutinar, jaja! Es verdad que es muy fácil acostumbrarse, y dejar de sorprenderse, de degustar las cosas… gracias por esta columna!

  4. edugambra dice:

    Yo tengo una teoría, y es que actualmente en este primer mundo del “comer variado y viajar a todos los lados”, enrutinamos todo aquello que carece de novedad porque verdaderamente podemos estar viviendo en una continua novedad gracias al capitalismo brutal y salvaje (como dice JP)…y me explico, podemos cenar en un restaurante distinto cada día, ir a un cine, ver una peli, una obra de teatro, un concierto, un…  nuevo cada día, estar con una chica/o distinta/o cada x tiempo… es un mundo en el que se nos vende y se nos empuja a este continuo cambio y novedad. Donde las costumbres tradicionales y repetidas en el núcleo de la familia y la cultura cristiana, se tachan de aburridas, inmovilistas y poco progresistas.

    El mundo moderno nos invita a enrrutinar para aumentar beneficios.

  5. Mota dice:

    Qué buena columna, Alvarrusk!

    Yo también estuve en esa reunión sobre el asombro, el dejarse sorprender, el tener la mirada de los niños, el no acomodarse o “enrutinar” a Dios, su grandeza, su Amor.

    Uniendo la columna y lo que dice Edu, la clave de la felicidad, de la plenitud no está en  siempre hace/ver/probar cosas nuevas, sino en no “enrutinar” nuestra vida del día a día, en mirar siempre con alegría, asombro y calidez lo que nos ocurre, en maravillarnos constantemente de que Dios nos ha creado, es nuestros Padre y nos quiere profundamente.
    En hacer de lo ordinario algo extraordinario.

  6. tuky dice:

    Estoy con Edu: buscamos nuevas experiencias para no ver la realidad. Necesitamos planes, emoción, diversidad para no aburrirnos.
    Pero la estabilidad, que no la rutina, es un placer del que hay que aprender a disfrutar. Liberarnos de todo el sentimentalismo de la emoción fuerte y vivir lo cotidiano como algo grande.
    Estamos en ello, no? jeje, besos y gracias querido Alvaro

  7. miguelangel dice:

    Los hermanos Gambra han dado en el clavo y no me parece tan dificil el proyecto interior y personal de cada uno de mirar las cosas rutinarias como si fueran nuevas todos los días…ahora según escribo terminaré, cogeré el coche y me iré a trabajar como un jueves por la tarde más, haré el recorrido de siempre, pensaré en mil cosas en el trayecto y por si fuera poco pondré la radio no vaya a ser q tenga un segundo de silencio…
    NO, definitivamente esta tarde voy a intentar no “enrutinarme”…ya os diré si lo consigo!!

  8. Floren dice:

    Miguel Ángel un pequeño consejo, más aún, contarte una “costumbre “adquirida no ha mucho; de vez  en cuando , sobre todo cuando empiezo a oir críticas en la radio y no oigo alternativas, ni proyectos mejores que los que se critican, la apago, y me pongo el Rosario de Juan Pablo II. No veas que bien va reflexionar sobre cada uno de los misterios. Haced la prueba, aunque vuestro recorrido diario no pase de 30 minutos, se conduce mejor, y nos “conducimos” mejor cuando salimos del coche. Esa si que es una “rutina” maravillosa.

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