Lugares de Dios y lugares “sin” Dios

            ¿A veces te parece que en tu vida hay lugares de Dios y lugares que no son de Dios? Me explico: probablemente hay ambientes donde vives tu fe “oficialmente”: con una comunidad cristiana, con gente con la que sientes afinidad; tal vez en proyectos solidarios, catequesis o momentos de oración. Allí cualquier sensación que experimentas puedes atribuirla fácilmente al Espíritu. Es como si todo estuviera “bendecido”.

            En tu vida, sin embargo, probablemente hay muchas otras zonas aparte de esos lugares y personas “bendecidos”. De hecho, por lo general pasarás más tiempo fuera de esos lugares: en el coche, en bares o cafés, haciendo cola o trabajando.

            Allí la fe actúa de modos distintos. A veces está latente, dispuesta a despertarse en cuanto haya una señal. Pero casi nunca está alerta para descubrir al Señor con la misma devoción que en las zonas “benditas”. En los lugares “sin” Dios las personas son simples desconocidos y las calles anuncian todo tipo de cosas antes que anunciar a Dios. Incluso puedes caer en la tentación de condenarlo todo, de lamentarte de lo solo que está el Mundo sin Dios. Puedes terminar condenando la música, las conversaciones… todo lo que está en esos lugares y, finalmente, condenando a los hombres y mujeres.          

            Olvidas que nada se escapa de la mano del Padre, que todo lo ha creado. A Dios se le puede encontrar en todas partes y allí empieza realmente la vida del cristiano. Jesús hizo benditos los lugares por donde pasó: las bodas, las comidas, las riñas callejeras, los encuentros con todo tipo de hombres y mujeres (justos y pecadores). De su encuentro con la mujer adúltera nació una historia de reconciliación; de su invitación a una boda en Caná brotó un milagro; cuando vio a Zaqueo subido a una higuera se acercó a él y cambió su vida.

            Ser cristiano consiste en vivir así: siguiendo a Cristo, donde estés. Supone salir al encuentro de los hombres y mujeres allí donde estén y no juzgarlos sino entregarse a ellos. Significa estar dispuesto a que todos los sitios te hablen de Dios. Significa vivir sin fragmentar tu vida, vivir integrando todo lo que te sucede e implicándote con el Mundo.

            Si los primeros cristianos se hubiesen quedado tan a gusto en sus reuniones y eucaristías, ni tú ni yo habríamos tenido noticia de Jesús de Nazareth. La fe crece cuando se da. Se expande por contagio, y para contagiar al Mundo hay que estar en el Mundo. Refugiarte en lugares donde todo es conocido y está supuestamente bendecido te limita y anula tu implicación y tu impacto en el Mundo.

            Refugiarte es vivir una mentira. En cambio, vivir abierto al Mundo es empezar a participar en la experiencia de Cristo. Y para estar en el Mundo hay que amarlo, no condenarlo. ¿Sientes vértigo al lanzarte a esta locura? Jesús también lo sintió. Y cuando lo hizo, rezó al Padre pidiendo por nosotros. Entonces se puso en pie y empezó a andar. ¡Corre, ponte en pie! No encontrarás ningún lugar “sin” Dios.

[Del Salmo 138:]

“¿Adónde iré lejos de tu aliento,
adónde escaparé de tu mirada?
Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

si vuelo hasta el margen de la aurora,
si emigro hasta el confín del mar,
allí me alcanzará tu izquierda,
me agarrará tu derecha.

Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra,
que la luz se haga noche en torno a mí»,
ni la tiniebla es oscura para ti,
la noche es clara como el día.”

 

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¿Quién es Loreley? Loreley es el nombre de una peña situada a la orilla este del Rin, cerca de Sankt Goarshausen. Su nombre designa al tramo más estrecho y profundo del río legendario. Desde la Edad Media existen referencias a su utilización como marca en los caminos. Y también, historias y lamentos acerca del peligro que corrían quienes navegaban por el Rin y a ella se acercaban. Por aquellas tierras, ricas en mitos e historias, se propagó la noticia de que una sirena habitaba en la roca. Orientaba a los pescadores, que obtenían una pesca abundante. Pero muchos también naufragaban, cautivados por el embrujo de sus cantos. Los grandes autores del romanticismo alemán escribieron versos a la sirena Loreley, como Heinrich Heine en 1824. Yo, que de sirena tengo poco, en cambio sí quisiera interpretar mis cantos desde la roca en que me siento. Desearía que pudieran ayudar a quienes los escuchan a obtener una pesca abundante. Soy consciente de que si alguien tratara mis palabras como verdades absolutas, podría naufragar. A veces yo he sido la primera. Pero permanezco en mi puesto. Interpreto mis cantos de sirena. Y me esmero por llegar a quien los escucha. Mi formación es económica y jurídica, y ambos enfoques están siempre presentes en mis ideas. La cultura es una de mis pasiones. No como saber acumulado, sino como manera de mirar la vida. Disfruto con el arte, en todas sus formas. También con las humanidades. Soy conciliadora en el conflicto, y me gusta opinar. Lo social jamás me es indiferente. Y quisiera comportarme como cristiana cuando escribo. Este deseo exige mucho de mí. Me obliga a reconocer, con franqueza, mis fallos; a expresar mis anhelos; a no callar; a callar a veces; a denunciar; a alabar; a preguntarme; a leer; a disfrutar; y a permanecer en esta Roca, entonando mis cantos de sirena.



Comentarios (3)

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  1. pati linares dice:

    Me viene que ni pintado leer esta columna, ¡gracias Loreley! Vivir “en el mundo” da mucho vértigo, yo lo estoy experimentando este año fuera de casa, pero tienes razón al decir que implica participar en la experiencia de Cristo. Gracias también por el salmo 138

  2. Floren dice:

    El siguiente pensamiento de San Agustín, que es todo un programa de vida, nos puede servir como guía en esa vorágine a la que nos vemos abocados de forma peligrosa y sin sentir, en una vida que nos rodea sin darnos cuenta: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor, si gritas, gritarás con amor, si corriges, corregirás con amor, si perdonas, perdonarás con amor. Si está dentro de tí la raíz del amor, ninguna otra cosa sino el bien podrá salir de tal raíz”. Además, como decía Santa Teresa, “Dios está también entre los pucheros“.Lo importante es descubrir que está siempre con nostros, y confiar en Él. No importa el lugar si Él está en tí.

  3. Ana dice:

    ¡Qué gran artículo!

    Este es uno de los peores errores que cometemos los cristianos: encerrarnos comodamente en nuestros circulos católicos.
    La gente nos necesita fuera.

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