Retorno

En busca de alivio para mis dolores

llego a ti anhelante y apesadumbrado.

Como cuando mozos, en tiempos mejores,

déjame, condesa, sentarme a tu lado.

 

Me fui de ti un día como aventurero,

y hoy vengo a buscarte como arrepentido…

Quizá ya no deba decir que aún te quiero;

pero sí decirte cuanto te he querido (…)

 

Traigo la escarcela limpia de doblones

y las trusas rotas y descoloridas.

Tengo el alma llena de desilusiones,

y el cuerpo y el alma cubiertos de heridas (…)

 

Con todas mis ansias tan adoloridas,

te ruego hoy, lo mismo que en tiempos mejores,

que pongas tus manos sobre mis heridas

y pongas tus ojos sobre mis dolores…

 

                                        MARCIANO  ZURITA.

                                                   12 Diciembre de 1926, ABC

 

Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: ´¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti.  Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.´ Y, levantándose, partió hacia su padre. «Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente.”

Es decir, la motivación primera del hijo fue el hambre. Sí. El hambre. No fue el dolor por su pecado. No fue el dolor por haber hecho sufrir al padre. Pero es que el padre tampoco se lo exige. Es que el padre se vale de esta primera motivación para llenarlo de besos, para vestirlo de gala, ponerle un anillo y festejar su vuelta. Será entonces, ya en la casa del padre, en su presencia, cuando el hijo se dé cuenta del inmenso amor de su padre y será entonces cuando verdaderamente se ablande su corazón y se deshaga en la gratitud que presenta hacia ese padre lleno de misericordia.

Y yo,  Señor… ¿qué pretendo? ¿Por qué me avergüenza tanto no ser capaz de dolerme por tu sufrimiento al verme pecar? ¿Por qué no soy capaz de reconocerme suficientemente sencillo como para aceptar estas torpes y egoístas primeras motivaciones? ¿Cuándo me convenceré de que si tú lo aceptas y lo quieres… quién soy yo para prohibirte que me ames así?

Tú, Hijo, que estás presente en la Eucaristía. Tú, que has conocido al Padre, explícame, ¿explícame? Convénceme. Hazme ahondar para aceptarlo. Para gozar de la gratuidad de su amor… de la gratuidad de su amor (espera. Necesito oírlo de nuevo: GRATUIDAD de su amor) y algún día, en su presencia, en el banquete celestial, ser libre (libre…. ¡del todo!) y en plenitud Vivir eternamente agradecido.

Espíritu Santo, amor con el que Padre e Hijo se aman… Tú también conoces al Padre. Hazme dócil a tus inspiraciones… a esas que hablan de un amor infinitamente misericordioso que no necesita más que mi hambre para llenarme de besos. Bendita sea por siempre esa hambre que me invita a regresar a casa.

 

 

 

Filed Under: Portada

198 Visitas



Comentarios (1)

Trackback URL | RSS Feed de comentarios

  1. Lois dice:

    Excelente expresión de los sentimientos del Retorno!!!
    A veces, el Retorno no tiene que ser de un “viaje” muy largo y somos “timoratos” sin darnos cuenta de la Grandeza y del Amor del Señor.

Dejar un comentario