Católicos: ¡volvamos a la vida pública!

La semana próxima se celebra en el CEU el Congreso de “Católicos y Vida Pública” y, pensando en si tendría tiempo y ganas de asistir, me han surgido las siguientes reflexiones. La carta “Tertio Millenio Ineunte”, con la que el Papa Juan Pablo II invitó a la Iglesia a adentrarse en su tercer milenio, nos recordaba a todos los cristianos la importancia del compromiso cristiano con el mundo en que vivimos y sus problemas. Sin embargo, diez años después, con cada vez más frecuente se oye hablar -desde dentro de la Iglesia- de la necesidad de luchar por que la Iglesia “tenga su espacio en la sociedad”, o incluso, como he leído recientemente en una publicación religiosa, que tal o cual cosa (hablaba de las vocaciones) son imprescindibles “para la supervivencia de la Iglesia”.

 

Contemplando cómo las otrora florecientes sociedades cristianas de Oriente Medio se ven reducidas hoy a pequeñas comunidades marginales en la región que vio nacer al Señor, no deja de sorprenderme que tantos y tantos cristianos se encuentren más preocupados por conseguir que “se respete” su experiencia personal, o que se garantice su “supervivencia”, que por llevar el fuego de Cristo al mundo. “He venido a traer fuego al mundo, ¿y qué quiero sino que esté ardiendo?” dice Jesús (Lc 12, 49). Porque igual que el fuego que no se extiende se apaga, del mismo modo todo un mundo cristiano acabará por desaparecer si renuncia a contagiar y conquistar la sociedad cada día. 

 

Por supuesto, no estoy hablando de conquistar con las armas, sino con el Ministerio que nos ha dejado el Señor, que es el de la palabra. Pero la palabra se convierte en acción, pues como dijo Wittgenstein las palabras conforman la realidad y la transforman. Los cristianos de oriente que aceptaron la supremacía de otro discurso, el del Islam, que en principio -y desde luego en apariencia- respetaba “su espacio”, hoy luchan desesperadamente por su supervivencia. Y la palabra se convierte en acción cuando conforma un discurso que es capaz de con-vencer al mundo en que se desarrolla.

 

La antigüedad greco-romana fue con-vencida por el cristianismo cuando éste cristianizó el discurso de Platón -San Agustín- y de Aristóteles -Santo Tomás-. Nuestro mundo, a pesar de sus indudables raíces en la filosofía clásica, no se nutre ya intelectualmente de los clásicos, sino principalmente de la obra de autores tan poco conocidos por el cristiano medio como Michel Foucault, Theodor Adorno, Max Horkheimer o Leo Strauss, que a su manera ofrecen la receta sobre cómo salvar el mundo -aunque para ellos se convierte en “beberse un coñac al borde del abismo”). Creo que deberíamos estudiarlos seriamente para cristianizar todo el universo que bebe intelectualmente de ellos, que es a fin de cuentas el mundo en que vivimos, el que, como “sal” que somos, tenemos que salar.

 

El bajo nivel de formación de los cristianos en España no es, afortunadamente, mucho peor que el de los a-cristianos o anticristianos españoles, que no han dado al mundo ni una sola figura de relieve. Sin embargo, el discurso de éstos últimos prevalece en nuestra sociedad porque se ampara en mecanismos mucho más sofisticados que los que utilizamos los cristianos. Uno de ellos, por descontado, son los medios de comunicación de masas. La televisión y el cine, desde luego, pero también y no en menor medida la música, y los “bestsellers” de novelas de diversos pelajes y en general bajísimo nivel que proliferan todos los años en nuestras librerías.

 

Pero detrás de todo esto hay otra instancia más donde nos ganan por goleada, y es la de las instancias internacionales -el sistema de Naciones Unidas- y toda su tupida red de ONGs y GONGOs que hacen sentir a cualquiera que su voz es la voz “del pueblo” (GONGOs es la forma por la que se designa en inglés a las ONGs -NGOs- que viven gracias a las subvenciones de los Gobiernos -de ahí Governmental NGO o GONGO-). Es desoladora la ausencia de los católicos en estos foros, donde, con los ingredientes intelectuales como los de los citados Foucault, Adorno, Horkheimer o Strauss se han cocinado desde las políticas de género, a los conceptos de “derecho a la memoria” o “empoderamiento de las mujeres” con que se está intentando transformar -y descristianizar- nuestra sociedad, nuestro mundo.

 

Un tercer compromiso que creo ineludible para los cristianos de hoy es el del compromiso político no con una opción partidista -que desgraciadamente no hay ninguna que se identifique con el cristianismo, ni hay “mal menor” que sea defendible- sino con los grandes temas que nos afectan como personas. En algunos temas se está haciendo un esfuerzo importante, como en el derecho a la vida o a la educación, pero en otros parece que hemos tirado la toalla -la familia y la indisolubilidad de todo matrimonio, sea “por la Iglesia” o no- o hemos dejado la batalla en manos de “los otros”, como en la lucha contra la pobreza, la lucha por la justicia o la defensa de la creación -llámese medio ambiente-. 

 

Junto a ello creo que deberíamos emprender otro debate de mucho más calado del que apenas se habla, que es el de la lucha por una verdadera democracia en España, donde la voz de la gente no sea mediatizada por los partidos políticos y su férrea disciplina que todo lo filtra, y la creación de una siniestra red de clientelismo político que, por medio de subvenciones a todo tipo de amigos y beneficiados perpetúa el sistema partitocrático que tenemos. Si, según el Padre Victoria, el poder Dios se lo da al pueblo y éste entonces se lo daba a los Reyes, para que lo utilizaran conforme a los designios de Dios y del pueblo, hoy día, cuando el pueblo se lo da a los políticos, éstos también tendrán que seguir utilizándolo conforme a los designios de Dios y del pueblo, y no conforme a las necesidades electorales de sus partidos y de su clientela.   

 

Muchas veces los católicos pecamos de nostálgicos de tiempos mejores como si la historia de la Iglesia no fuera la historia de una crisis permanente. Nuestra crisis hoy es, desgraciadamente, más interna que externa, porque creyendo modernizar a la Iglesia lo que hemos conseguido es eliminar la belleza de la liturgia, renunciar a la búsqueda de la verdad, relativizar el bien, olvidar la justicia. En una palabra, volver sosa la sal de la doctrina de Cristo, apagando de los corazones el fuego de su amor, que ha dejado de ser el alfa y omega para convertirse en algo más cercano a “mi amigo Jesús”. Una Iglesia así tal vez merezca que “se respete su espacio personal” pero desde luego creo que no valdría la pena asegurar “su supervivencia”. “Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se salará? Sólo vale para echarla a la calle y que la gente la pise” (Mt 5, 13).

 

Mientras sigo pensando en si participar en el Congreso de “Católicos y Vida Pública” (por cierto, el plazo de inscripción termina este viernes), vuelvo una vez más los ojos a la “Tertio Millenio Ineúnte” y me encuentro con la exhortación “Duc in Altum!” que nos anima, a pesar de que han pasado 10 años y todavía vemos muy cerca la orilla, a seguir esforzándonos por cristianizar la modernidad, por salar el mundo, por llevar el fuego de Cristo a los corazones de todos los hombres. Como ha dicho recientemente Benedicto XVI, “transformar el mundo con Cristo, es la misión de los cristianos. Y no contentarnos con “tener nuestro espacio” o aún peor, “sobrevivir”, sino a conquistar el mundo y con-vencerlo de que sólo en Cristo se halla la verdadera salvación.

 

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Comentarios (2)

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  1. pedro de benito dice:

    Oportuna llamada a la que hay que responder. El Evangelio advierte muy seriamente a los que tienen “talentos” que no deben enterrarlos a la espera del día en que irremediablemente los tengan que devolver.

  2. belmon dice:

    Me ha gustado la referencia al lenguaje, que configura la realidad y la transforma. Hoy se ha convertido en una ‘batalla’. Eso lo saben bien quienes gobiernan. ¿Interrupción voluntaria del embarazo o aborto? Un abrazo

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