Mi conciencia

En un reciente artículo sobre el relativismo (“Religión a la carta”) un penetrante lector señalaba la importancia capital de actuar en conciencia.

 

Es indudable que la conciencia, en tanto que árbitro moral de nuestra vida, debería ser la guía rectora de todo nuestro proceder. Para asegurarnos de que no nos equivocamos yo plantearía algunas preguntas:

 

¿Actúo siempre “en conciencia”? ¿O quizá a veces, sobre todo si sé que lo que quiero hacer no coincide con lo que debo hacer, me las arreglo para darme a mí mismo una serie de razonamientos que en el fondo no son sino una auto-justificación?

 

Aun actuando en conciencia, ¿puedo estar convencido de tener una conciencia bien formada? Ante la duda (o peor aún, la contradicción), ¿acepto el criterio de otra persona con mayor formación, por ejemplo un confesor o un director espiritual, o lo rechazo?

 

Es preciso darnos cuenta de que no somos perfectos. El ser humano está herido por la concupiscencia, por el pecado original. Esto, entre otras consecuencias conlleva la ofuscación, la dificultad de contemplar objetivamente nuestros propios actos.

 

El Génesis contiene un claro ejemplo de esta obnubilación del entendimiento. Cuando Adán y Eva comen del fruto prohibido, se llenan de remordimiento. Al oír los pasos de Yahvé se esconden por ese sentimiento de culpabilidad, de saber que han desobedecido. Pero la respuesta al Señor es muy curiosa: “Oí tus pasos en el jardín y me escondí porque estaba desnudo”. Adán aquí está dando una razón distinta de la real. Él sabía muy bien quién venía, y se esconde por remordimiento, por no querer afrontar el encuentro con Yahvé tras haber pecado. Pero no lo reconoce: está tergiversando la realidad de un modo muy revelador, muy característico de quien pretende engañarse a sí mismo, de traicionar su conciencia.

 

Otro ejemplo más cercano me lo proporcionó en cierta ocasión el conductor de un vehículo público, que en una conversación justificó el que algunos compañeros no pusieran el contador a cero “si no se daba cuenta el turista”. Aquí tenemos otro caso de auto-justificación de un comportamiento claramente inmoral, pero que para el individuo en cuestión no ofrecía problemas de conciencia.

 

Probablemente uno de los más terribles ejemplos lo tenemos en Adolf Hitler. Él actuó “en conciencia” al exterminar a los judíos, pues los consideraba en verdad una raza inferior que debía dejar de existir. Más cerca, en nuestro tiempo y nuestras tierras, los miembros de una banda terrorista asesinan “en conciencia” a personas inocentes, plenamente convencidos de la corrección de sus actos.

 

Podríamos continuar así indefinidamente. Creo que estos ejemplos son ilustrativos de que como mínimo debemos ser prudentes en relación con la conciencia. Una regla fácil podría ser medir el grado de comodidad. Si ante una elección yo me decido por la opción que me resulta más cómodo, es posible que no sea la más conveniente desde un punto de vista moral. El considerar una elección en contra de mis apetitos en general me ayudará a evitar la auto-justificación.

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Comentarios (5)

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  1. Floren dice:

    Federico, has puesto el dedo en la llaga. Efectivamente en tu anterior artículo se daba una opinión muy común, -mi propia conciencia es la que vale-. ¿Cúal es la recta conciencia para un cristiano?. Aquella que está formada, fijada y se vive de acuerdo con la doctrina de Cristo y la encargada no sólo de transmitir la doctrina de Cristo sino de conservarla , matenerla y evitar errores es la Iglesia, mediante la Tradición. El “Tu eres Pedro” es un fundamento esencial para un católico,  pues de otra manera caemos en errores ( herejía , interpretación individual de las Escrituras, etc…). Recomiendo la lectura del Catecismo de la Iglesia Católica, pues aunque se relea varias veces, siempre da qué pensar y sobre todo, da mucha luz ante las dudas y las carecias de conocimiento que todos tenemos.

  2. Mota dice:

    Federico, de nuevo, punzante, clarificador, pedagógico.

    No puedo más que darte la razón. De hecho, en mi recorrido vital y espiritual, ha habido una evolución desde “mi conciencia” hacia “la Verdad de la Iglesia”, siempre con tropiezos y caídas, claro.

    Y, sorprendentemente, mi sensación no es de atadura, sino de libertad. ¿Por qué? Lo intuyo:”La verdad os hará libres”.

  3. miguelangel dice:

    no sé si darme por aludido en lo del “penetrante lector” q sacó el tema de obrar en  conciencia en un anterior artículo…

    con este artículo coincido en algunas cosas y en otras no. creo que das en la clave al hablar de la “auto-justificación” q en mi opinión es todo lo contrario que obrar en conciencia. cuando nos auto-justificamos, sabemos en conciencia, q hacemos mal, pero nos excusamos en cualquier cosa…incluso nos podemos excusar en el contenido literal de ciertas normas que nos vienen dadas por la tradicióin de la iglesia…siempre pongo el mismo ejemplo…el q se mete una mariscada un viernes de cuaresma. su recta conciencia le puede decir que eso no es lo que quiere Dios, pero lo hace..

    y otro punto importante q se toca en el artículo es la comodidad. efectivamente, cuando hacemos lo que más cómodo nos resulta suele ser un indicio de q estamos dejando la conciencia de lado, por eso si tenemos una recta conciencia (y yo esto lo presupongo en cualquier cristiano) lucharemos contra nosotros mismos y contra el “enemigo” para hacer el bien…en conciencia.

  4. fedelena dice:

    Efectivamente Miguel Angel, fuiste tú el “penetrante lector”… muchísimas gracias por tus comentarios, que siempre me aportan mucho y me resultan estimulantes.
    Federico

  5. Yonkihuete dice:

    Por fin he sacado un rato para leer SJD. Muy buen artículo, Federico. Cuando caemos en contradicción con nuestra conciencia formada a la luz de la Iglesia, es decir, el pecado, hay que evitar que el resultado de la caída sea una re-acomodación o flexibilización de la conciencia. Porque la próxima caída no será considerada como pecado. Es más fácil de lo que parece deformar la propia conciencia. 

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