Una Almudena más en la Plaza Mayor

Es costumbre al finalizar la Vigilia de la Almudena que TODOS los jóvenes se desplacen a la Plaza Mayor. Yo llevo yendo ya del orden de 6 años pero este año presté atención en algo nuevo.

En los soportales abarrotados vi que una amiga se había quedado algo colgada y que estaba “hablando” con un mendigo, mayor, desaliñado. Me acerqué pues no se la veía muy cómoda y me quedé con este hombre. Apenas se le entendía (iba bebido) y lo único que le entendí fue “esta chica me dice que rece a Dios…¿pero a qué Dios voy a rezar?”. El hombre daba pena (literalmente hablando) y lo único que hice fue decirle algo así como que tenía razón, que no se preocupara de rezar a Dios si no quería, y para mis adentros pensaba que este hombre tenía muchos motivos para pensar que Dios no existía.

Justo al lado mío otro “sin techo”, más joven, más aliñado y más sobrio charlaba con un chaval de los nuestros, vestido de chaqueta y corbata. Solo acerté a escucharle cinco segundos, una sola frase pero muy demoledora: “mi mayor pecado fue quedarme sin trabajo”. Lo decía una persona sensata, posiblemente con carrera y familia. Reconozco que no me atreví a entrar en la conversación, no me habría atrevido a mirarle a la cara. Sólo un rato después volví la mirada con mucho miedo y ví como este hombre se despedía dando la mano al chaval que le había estado escuchando. Vi en su cara satisfacción, quizá porque alguien le había escuchado, aunque esto último ya son imaginaciones mías.

En ese momento me quise ir a casa. Me parecía denigrante para mí, colaborar en ese escenario, de cientos de jóvenes, guapos, bien vestidos, católicos recién salidos de dar gloria a Dios, riéndose y pasándolo bien a escasos metros de unas personas que empezaban a preparar sus camas de cartón. Aunque sólo fuera porque no les dejábamos dormir. Pero había mucho más. Jóvenes cristianos, al lado de auténticos pesebres (y perdón si esto es una herejía) y como si tal cosa.

Mientras pensaba si irme a casa o seguir con la alegre muchadada católica, los soportales se vaciaron y me quedé casi solo (soledad en parte buscada). Finalmente opté por quedarme y seguí andando por los soportales en busca de mis grupos. Y ví más y más gente yéndose a dormir. Me fije en otro joven, bien vestido, con una mochila, preparando cuidadosamente sus correspondientes cartones…no llegué a verle bien la cara (por suerte) pues estaba de lado, pero me pareció un hombre sereno y resignado. Posiblemente a este hombre ninguno de los cientos de jóvenes le dio conversación. O igual sí, el caso es que a mí me pareció como que estaba en otro mundo. Sentí algo raro al pasar a su lado.

No aguanté más y salí de allí casi a la carrera. Me refugié en la masa, disfruté de la compañía de mis amigos católicos y fui de los últimos en irme a casa, esquivando los soportales naturalmente.

He pensado muchas veces en la escena. No quiero abrir el típico debate de la caridad, de la limosna, de los albergues, de Cáritas, del asistencialismo estatal…pero una idea me ronda la cabeza y me atormenta…la imagen de este último sin techo, el de la mochila, al que no vi la cara…¿no sería…ÉL?

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Comentarios (3)

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  1. Floren dice:

    Miguel Ángel cuando leía tu relato me acordaba de otro, no sé si lo he recordado anteriormente , pero quizá te de una pista.  En la India, años sesenta, una famosa y bella actriz de cine norteamericana, visita un hospital para pobres que llevan unas monjas, no sé si sería la MadreTeresa  u otra de las tantas “Madres Teresas” que gracias a Dios existen. Observa la actriz, que una monja está atendiendo y curando a un pobre hombre, con enormes llagas y pústulas de lo más desagradable y, dirigiéndose a la monja le dice: “¡¡Yo no haría eso ni por un millón de dólares!!. Y la monja le contesta: ¡¡Yo tampoco!!, ¡¡sólo lo hago por Amor a Dios!!.
    “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber….”. Estaba sólo y me acompañaste, quería hablar y me escuchaste… Lo que tú no hagas, nadie lo va a hacer por tí. No mires a los demás, sino para imitarles en lo bueno, mírate a ti mismo y verás tus fallos. Pero pide perdón a Dios y a ti mismo y empieza a hacer el bien donde lo dejaste, sin esperar nada a cambio, solo Él y tú lo sabeis, y eso ya es bastante. 

  2. Mota dice:

    Emocionante y emotivo relato M.Ángel.
    Te entiendo perfectamente, has conseguido “meterme” en esos soportales, con esos señores, mal vestidos, pero con la misma dignidad humana que tú y que yo.
    Créeme que no sé como enfocar este tema, ni qué habría hecho yo en tu lugar.

    No sé…

  3. fedelena dice:

    Te confieso que me siento retratado. Con qué facilidad huimos de la miseria ajena… “no tengo tiempo”, “tengo prisa”, “estoy ocupado” podemos decir, y siempre suena en el fondo a excusa barata. ¿Cuándo nos daremos cuenta de que “nada humano me es ajeno”? Esta gente, lo de menos es que les demos una limosna. Lo de más, es que alguien les escuche, les dé una pequeña muestra de estima, les demuestre que valen algo, que no son ni escoria ni chusma, sino seres humanos, imágenes de Dios que Él ama personalmente.

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