El Diablo cayó del Cielo a fuerza de gravedad
Siempre he oído decir aquello de que “un santo triste es un triste santo”, y es una gran verdad. Pero me ha llamado la atención enterarme de que la Iglesia primitiva incluso consideraba la tristeza ¡como un pecado capital!. Mucho tiempo antes de que Santo Tomás de Aquino definiera los 7 pecados capitales tal y como aparecen ahora en el Catecismo de la Iglesia Católica, un monje llamado Evagrio de Ponto, que murió en Egipto en el 399, había ya elaborado su propia lista de “pensamientos malos” (logismoi, parece que se decía en griego) y en ellos, junto a la gula, la avaricia, la lujuria, la ira, la acedia, la vanagloria y la soberbia, estaba la tristeza.
Ignoro si, como a los demás pecados capitales, a éste también se le ha adjudicado un demonio con nombre, pero si no es así, se le podría asignar a Mefistófeles, la “exhalación pestilente” del mal en la tierra. Y es que si, como decía el Obispo Bougaud, Dios creó el mundo “en un estallido de felicidad”, tanto más nos acercaremos a su plan sobre el mundo cuanto más alegres y felices sean nuestras vidas. ”Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres”, insistía San Pablo a los Filipenses.
Que la tristeza fuera considerada un pecado capital me ha traído a la cabeza un libro muy simpático de Lia Carini Alimandi, publicado en 1993 y que bajo el título “¿De qué se ríen los santos?”. Pese a lo que pueda parecer, no es un libro de chistes de curas y monjas -de los que hay algunos muy buenos, para qué engañarnos- sino más bien una colección de un par de centenares de anécdotas graciosas, que a la vez que pone de manifiesto verdades profundas, lo hace sin ninguna solemnidad, basándose en situaciones reales de la vida de santos y papas.
En una, por ejemplo, cuenta que, al decirle alguien a San Pío que los estigmas que llevaba en su cuerpo eran fruto de la autosugestión “porque pensaba demasiado en Cristo”, le recomendó a esa persona que entonces no pensara demasiado en sus bueyes “no fueran a salirle cuernos”. En otra, cuenta que a León XIII le habían hecho un retrato en que se encontró horrible, y el pintor le pidió una frase para poner al pie del cuadro. El Papa le dijo: “Mateo 14, 27″; el pintor corrió a la iglesia a consultar el Evangelio y se encontró con la frase: “Soy yo: ¡no temáis!”.
Otro Santo que debía de ser un mago del humor -no sin razón es el patrono de los políticos- es Santo Tomás Moro, quien de camino al patíbulo pidió una bufanda porque hacía mucho frío, diciendo: “bien está que tenga que morir, pero ¿por qué he de pillarme un resfriado?”. O cuando estaba con la cabeza ya sobre el tocón de madera le dijo al verdugo: “a ver si apuntas bien, hermano, que el barbero se ha pasado media mañana arreglándome la barba”.
Lia Carini recoge también una extraordinaria oración de Santo Tomás Moro, que permite entender cómo pudo mantener ese sentido del humor hasta el momento de su muerte, que podríamos rezar todos por las mañanas: “Señor, dame una buena digestión, y, naturalmente, algo para digerir. Dame la salud del cuerpo y el buen humor necesario para mantenerla. Dame un alma que no conozca el aburrimiento, los lamentos o los suspiros, y haz que no me irrite con eso tan molesto que es “mi yo”. Concédeme el sentido del ridículo, y haz que entienda las bromas para que mi vida tenga un poco de alegría, y así pueda compartirla con los demás”. (Por cierto, pese a esto, el patrono de los humoristas no es Santo Tomás Moro -que con los políticos ya debe de tener bastante- sino su coetáneo San Felipe Neri, que debía de ser también un “cachondo”).
Claro que no es el único libro humorístico y a la vez profundísimo que tenemos al alcance de nuestras manos. Las “Cartas del Diablo a su sobrino” (“The Screwtape Letters”) de C. S. Lewis, o “Ilustrísimos Señores” (“Devotissimo sua”) del que fue Papa Juan Pablo I también son buenas muestras de ello. Y es que las grandes verdades se enseñan muy bien en clave de humor. Que se lo pregunten si no a Mafalda, a Calvin y Hobbes o a Dilbert!
Cierto es que la alegría cristiana no es un estallido de carcajadas -aunque a veces también puedan caber- sino algo más profundo que brota del corazón y que mana hacia fuera impregnando toda la existencia. De ahí tal vez que algunos como Nietzsche pudiera decir que el cristianismo era triste: no entendía la “gracia” de Dios. Pero casi a la vez que este desgraciado filósofo desacreditaba el cristianismo de esta y de mil otra maneras, otros como Chesterton escribían que “dentro de las murallas inhumanas del cristianismo encontraréis las danzas de los niños y el vino de los hombres”. Como dijo el mismo Chesterton en un ingenioso juego de palabras, si el diablo cayó del Cielo, fue por fuerza de “gravedad”.
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Yo creo que la tristeza es consecuencia de estar alejado de Dios. Al que vive en Su presencia (¡qué difícil nos resulta a veces!), todo se le torna en bien.
Ah !!!!
))
al final lo he entendido!! le faltaban las comillas al título jajaja muy bueno, Fernando
Si, yo tambien me enteré no hace mucho… la tristeza es pecado!! O_O .. pero tiene todo el sentido, hace mucho daño al hombre y todo lo que hace daño al hombre, cuando es intencionado, le duele a Dios.. (y lo busca el demonio, claro) convirtiendose asi en lo que llamamos pecado.
Muy distendido tu artículo si señor… a al par que formativo ;-D
Gracias Jacinta, me alegro de que se le vea la gracia al artículo para variar un poquillo de los “tostones” que escribo a veces, jajajaja.,
(Por cierto, otra cosa que no sé si no es evidente es que lo que le contestó San Pío al de los bueyes es así porque era un agricultor que se ocupaba tanto de su hacienda que tenía abandonada a su mujer…)
Buena cosa es reirnos, sobre todo de nosotros mismos, y de lo débiles y torpes que somos a veces. Pero yo puntualizaría entre lo que es la tristeza y la melancolía. La tristeza es un estado de ánimo natural del hombre, al igual que la alegría y muchas veces en nuestra vida estamos y estaremos tristes, y con razón. Pero no estemos tristes de estar tristes. Tenemos derecho a llorar. Dicen que es hasta sano. Jesús lloró al menos tres veces en el Evangelio: por su amigo Lázaro muerto, en el versículo más corto de la Bibia, por Jerusalén, antes de entrar en ella por última vez y de pura tristeza en Getsemaní, “mi alma está triste hasta el punto de morir” (Mt 26, 38). Y seguro que la Virgen estaba triste viendo a su hijo crucificado. Muchos grandes santos han estado tristes, incluso mucho tiempo, en sus noches oscuras. Se me viene a la cabeza, por ejemplo, la maravillosa carmelita Teresita de Lisieux o incluso nuestra conocida Teresa de Calcuta. Y nada de esto significa lejanía de Dios. Es prueba, es cruz, pero no es lejanía. Yo estuve triste cuando murieron mis padres y estoy triste cuando mis hijas o mi mujer están tristes. Y no por ello me siento alejado de Dios. Y en esos momentos, para mí, no hay nada más consolador que la tristeza de Cristo, llorando conmigo, dejando completar con ello lo que faltó en su cruz (Col 1,24).
Lo que hay que desterrar es un corazón gris, melancólico, apagado, triste en el sentido de fatuo, falto de chispa, de fuego, de gracia y de Dios. Eso es de lo que abobina Teresa de Ávila. Porque al que Dios tiene nada le falta.
Cuánta razón tienes, Santiago. Es la actitud de alegría interior lo que de verdad importa. Como decía santa Teresita, es saber que, si llueve en tu corazón, “más allá de las nubes sigue brillando el sol”…
Probablemente deberíamos distinguir entre la tristeza como reacción y la tristeza como instalación, es decir como actitud perenne. Y también la tristeza patológica, es decir la depresión. El problema del lenguaje es que para unas personas, una palabra significa algo, y para otras, algo diferente. Por ejemplo, para mí tristeza y melancolía son sinónimas. Creo que una palabra que podríamos usar es “dolor”. El dolor sería esa reacción lógica, totalmente lícita y comprensible, a un hecho que nos hace sufrir, como por ejemplo la pérdida de un ser querido.
Pienso que esa sería la situación de Jesús ante la muerte de su amigo. Sin embargo, lo que le aflige en Getsemaní es en verdad una depresión terrible.
Por otra parte, si pensamos que el pecado mortal corta de raíz nuestra vinculación con Dios, destruye la gracia santificante y nos priva de la inhabitación trinitaria, parece totalmente lógico que la consecuencia sea la tristeza. Aunque se pueda dar una apariencia de estar contento, es imposible vivir con verdadera alegría si se está en pecado.
Completamente de acuerdo, Federico. Lo sabemos por la teoría y lo sabemos por la práctica, que nuesto corazón estará inquieto hasta que no descanse en Dios (San Agustín) y que cuanto más alejado y empecatado, más inquieto. Y cuanto más cerca y en gracia, más pleno y tranquilo. Porque nos ha prometido la Salvación, y sabemos, en el fondo que hemos sido creados para ser salvados, para abrazarle como Padre. Es como si nos encontrásemos con un ser muy querido y añorado después de mucho tiempo ¡que alegría produce ese encuentro! Y si nos dijeran de pronto que no, que a lo mejor el encuentro no se produce ¿podríamos estar contentos?. Pues infinitamente más con el Padre que nos amó hasta el extremo y que nos creó para amarnos hasta el extremo.
Es fácil estar alegre de chanzas con los amigos o en una comida con los míos… Pero ¿cuando viene mi hermano a contarme sus terribles problemas? ¿y si esos problemas me ocurren a mí? ¿y si las cosas me salen mal y pierdo la esperanza y las fuerzas? ¿ y si veo que mis planes a lo mejor no son los de Dios? ¿mantengo la serenidad? ¿mantengo la presencia de Dios, el único que me da estabilidad y fuerza? ¿en quién pongo mi confianza? ¿ en mí o en Dios? Para mí esa es la clave de la verdadera alegría y ese fue el pecado del demonio. Que empezó a fiarse más de sí mismo que de Dios. “Espera en Dios que volverás a alabarlo: Salud de mi rostro, Dios mío” (Sal 41)
Qué columna tan buena!! Me ha encantado!! Efectivamente, cuando uno “tiene al Señor” todo es alegría. Alegría que es consuelo (cuando yo estoy triste, me consuela Cristo llorando conmigo; por esto estoy alegre). Alegría que es buen humor (Sto. Tomás Moro sabe que va a morir y piensa en no resfriarse…). Pero en definitiva, alegría que es la certeza de que Dios está con nosotros; alegría que es la certeza de que “el Diablo cayó del Cielo a fuerza de gravedad” jaja!
Me ha encantado. Muchas gracias.
No sé si es mejor el artículo o los comentarios que lo han seguido. El caso es que ambas cosas me han hecho meditar el tema de la tristeza. Enhorabuena a todos.
Es curioso ver cómo la alegría es uno de los estados que el hombre busca por naturaleza y necesidad vital, diría yo, y eso debe ser así porque como dice el Génesis al crear Dios las cosas: “Y vió Dios que era bueno”. Te felicito Fer, has suscitado la alegría en tus lectores, y nos has “ensanchado” el corazón. Esa si que es una forma hermosa de hacer apostolado. Que Dios te siga iluminando y como dice el Salmo ”El Señor ha estado grande con nosotros , y estamos alegres”.