Empachado de mí mismo
Muchos psiquiatras dicen que la característica común de los hombres y mujeres de nuestro tiempo es el narcisismo. Estamos empachados de nosotros mismos. ¿Qué nos sucede? Estamos centrados en nuestra propia imagen. Buscamos quiénes somos y esperamos encontrar la respuesta en nuestra imagen; en nuestra visión de nosotros mismos y en el concepto que otros tienen de nosotros.
Nos miramos en reflejos superficiales y no en verdades profundas. Recibimos palabras de admiración y nos hinchamos de orgullo. Cuando fracasamos o nos equivocamos, nos sentimos profundamente miserables. Pasamos de la euforia a la desolación en un instante.
¿Por qué sucede esto? ¿Por qué oscilamos tanto y tan deprisa? La respuesta es que, a menudo, tenemos un hondo vacío en nosotros. A falta de verdades sólidas, te llenas de ideas superficiales, de verdades a medias… de reflejos, de aire. Tu concepto de ti mismo termina dependiendo del reflejo que te den los demás.
Esto se nota en todas las facetas de la vida. En el trabajo o en los estudios, un logro te hace sentir catapultado al éxito y un fracaso te hace creer que eres inútil sin remedio. También pasa con tus conocidos: un cumplido te llena de vanidad y la sola insinuación de que has engordado puede hundirte. Cuando te sientes fuerte, los demás te parecen poquita cosa. Y cuando caes al fondo del pozo, vives con miedo de los demás.
Con Dios, lógicamente, sucede lo mismo. Cuando fallas, crees que te juzga y te mira como a un pecador irredento. A veces, cuando obras bien, te presentas delante del Señor rebosando autocomplacencia y orgullo.
Por suerte, el Dios de Jesucristo no es el dios del auto-engrandecimiento. Tampoco es el dios de la auto-flagelación y el auto-desprecio; y mucho menos es el dios del ensimismamiento. Él viene a enseñar la autenticidad. Él te hará bajar cuando despegues unos palmos del suelo. Te recogerá cuando te sientas en el abismo. Te mirará a los ojos y te dirá quién eres de verdad. Te dará la mano y te enseñará a caminar descalzo. Te rescatará del ensimismamiento y te mostrará al otro. Te quitará el espejo en que te miras. En su lugar, te dará una ventana para mirar al mundo y ojos nuevos para mirar a tus hermanos. Te hará descubrir que la vida que no se entrega, se pierde. Te demostrará que la belleza, el poder y la imagen no te alimentan. Te regalará algo infinitamente mejor.
¡Rápido! Suelta el espejo y corre hacia Él. Ve como estés, despeinado y en bata. Aunque te pese la barriga, no te retrases. Él te dará el alimento de la verdad, que no empacha.
Imagen: obtenida de educar.files.wordpress.com/2007/05/ego.jpg
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mmm…aparte de bien escrito (jaja no es halago para hincharte y “levantarte palmos del suelo”
en mi opinion … Es TAN cierto!! tan acertado el análisis…que me toca callar y rumiar
jaja y muy bueno!! “Ve como estés, despeinado y en bata”
Este problema tan extendido es en algunos casos consecuencia de una falta de madurez. La persona madura se centra en los demás, al contrario que el niño, que se caracteriza por el egocentrismo. Pero para madurar, hace falta conocerse a uno mismo, para así poder poseerse, ser dueño de sí, y a continuación poder entregarse (no se puede dar lo que no se tiene). Este es el camino: auto-conocimiento –> auto-posesión –> entrega.
Me encanta eso de soltar el espejo, y mirar por la ventana que nos da el Señor… como siempre, gracias por tu columna que ayuda a la reflexión y lleva a la oración!
Mmm…qué columna más acertada Loreley.
He de leearla, y reeleerla…
Qué precisión para escudriñar al ser humano y su permanente tendencia a la vanidad…
¡Gracias a todos!