Pasajes preferidos: la Anunciación

Una de mis lecturas favoritas de la Biblia es este maravilloso diálogo entre un arcángel y una jovencita de Israel, que leemos en el capítulo 1 del Evangelio de S. Lucas:

 

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»

Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»

El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»

María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

Y la dejó el ángel.

 

La Virgen María contaría unos quince años en el momento en que la visita el ángel. Como nos indica la Escritura, ya estaba casada con José, pero todavía no convivían (Mt 1, 18). Tal era la costumbre entre los israelitas: la ceremonia de casamiento se celebraba y todavía durante un año la esposa seguía en casa de sus padres; al cabo de ese tiempo pasaba a la casa de su marido. En ocasiones la mujer quedaba embarazada antes de convivir, pero esto se veía con la lógica comprensión. No así por supuesto si el padre no era el marido; esto suponía un adulterio y merecía la pena de muerte con el terrible suplicio de la lapidación.

No sería extraño suponer que María consideró esta dificultad antes de asentir. Sin embargo, llevada de una confianza sin límites en Dios, aceptó esta misión.

 

El saludo del ángel, que deja a la joven un tanto sorprendida, nos indica algo muy interesante. Gabriel tiene una mirada que abarca lo sobrenatural. Por eso, su saludo a María es descriptivo, casi un poco sorprendido: “llena de gracia”. Esta es una característica exclusiva de la Virgen. Entre todos los seres humanos, ella es la única que rebosa de la Gracia. ¿Por qué? Como sabemos nosotros hoy día, fue concebida sin pecado original, pero además fue adornada por todas las gracias posibles para ser digna madre del Redentor. Por eso el ángel se asombra al acercarse a ella y la designa como la ve. Es como una especie de “piropo” espontáneo.

María, como es natural, dentro de su modestia y humildad no comprende muy bien qué clase de saludo es ese. Pero Gabriel continúa su discurso y le explica para qué altísima misión ha sido elegida.

La respuesta de la Virgen nos indica que ella había decidido previamente consagrarse. En una sociedad donde todas las mujeres esperaban ser la madre del Mesías, la actitud de la joven puede sorprendernos. En sus palabras se revela una intención de permanecer virgen después del matrimonio: “no conozco a varón”. Es la única “pega” que le pone al mensaje del ángel. Más o menos podríamos traducirlo así: “yo había creído entender que la voluntad de Dios era permanecer virgen, aun dentro de mi matrimonio, para así consagrarme a Él; ¿cómo conjugar esto con lo que me pides tú ahora?”. Impresiona la paz y la serenidad de una chiquilla, prácticamente dejando la adolescencia, ante la enormidad que se le acaba de comunicar.

 

Pero gracias a esta pregunta de María, el ángel se extiende en su explicación: ella podrá ser madre permaneciendo virgen, pues el padre no será un hombre sino el Espíritu Santo.

 

Cuando Gabriel termina de hablar, podemos considerar su actitud: está expectante, y con él todos los ángeles del cielo, y casi podríamos decir que la Trinidad, están esperando, están pendientes de la respuesta de la Virgen. De lo que diga una muchacha israelita depende el plan redentor de Dios, el momento cumbre de la historia de la humanidad: la Encarnación.

 

Y María dijo sí.

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Comentarios (3)

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  1. Floren dice:

    Federico: me parece estupendo que nos hagas reflexionar, sobre una de las situaciones más comprometidas y con toda la seguridad, más trascendentes para nosotros, pues de aquel “Sí” dependió nuestra Salvación.  Dios y María  lo tuvieron claro, pero nosotros los humanos, en esa situación ¿qué hubiésemos hecho?. Si trasladásemos nuestro pensamiento actual tan “políticamente correcto” a aquella circunstancia, seguramente que hubiésemos opuesto razones muy racionales, socialmente muy adecuadas, y como “el qué dirán” es el modelo a seguir, pues seguramente habríamos dicho no. La cuestión es saber en qué lugar está Dios en nuestras vidas, o más bien en qué lugar le colocamos o le dejamos que esté , para que no nos moleste. Y después de todo esto hasta dormimos tranquilos… sabiendo que no nos tildarán de “radicales”, “ultraconservadores” y otras lindezas por el estilo. ¡¡Cuánto nos queda por aprender y hacer…!!

  2. Federico Deleña dice:

    Totalmente de acuerdo, Floren.  Yo desde luego en mi vida diaria digo “no” muchísimas más veces de las que digo “sí”. Qué difícil nos resulta a veces abandonarnos y confiar totalmente en Dios…

  3. Mota dice:

    Se me han puesto los pelos de punta, Federico.

    También es uno de mis pasajes preferidos.

    Me ha encantadoy emocionado tu explicación.

    Muchas gracias.

    Feliz Navidad.

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