¿Existe el infierno?

En cierta ocasión, durante una conferencia mencioné la posibilidad de la condenación eterna, y al terminar se me acercó un oyente que me dijo que él pensaba que no había problema porque todos íbamos a ir al cielo. Le contesté que con ese planteamiento estaba vaciando de contenido la pasión y muerte de Jesucristo y negando la libertad del hombre.

 

La negación del infierno, o al menos de la condenación (existiría un infierno pero estaría vacío), es un tema que me ha preocupado durante varios años. Pienso que una de las mejores estrategias del enemigo es procurar que no se le tome en serio. Y me temo que lo ha conseguido. En nuestra sociedad no existe una conciencia de lo que es el pecado y sus consecuencias. Esto se ve por ejemplo en varios anuncios publicitarios, que emplean una referencia humorística al pecado para indicar que un determinado artículo resulta muy agradable o está muy rico.

 

Los cristianos conocemos las verdades de la religión, no porque se hayan juntado unos hombres muy santos o muy sesudos y las hayan deducido, sino porque Dios nos las ha revelado. Dios ha hablado a lo largo de la historia por medio de los profetas y en la plenitud de los tiempos ha hablado Él mismo en Jesucristo, que es el Verbo encarnado, es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad hecho hombre. El contenido de esa revelación está fundamentalmente en la Tradición y en las Escrituras, interpretadas acertadamente y enseñadas al pueblo fiel a través del Magisterio.

 

¿Qué dicen las Escrituras acerca del infierno? En el Antiguo Testamento hay varios textos, por ejemplo en los profetas (Daniel 12, 2: “Y muchos de los que duermen en el suelo polvoriento se despertarán, unos para la vida eterna, y otros para la ignominia, para el horror eterno”) y otros libros como Judit (16, 19: “¡Ay de las naciones que se levantan contra mi pueblo! El Señor todopoderoso los castigará en el día del Juicio: pondrá en su carne fuego y gusanos, y gemirán de dolor eternamente”); Macabeos (2 Mac 7, 14: “(…) Tú, en cambio, no resucitarás para la vida”), etc.

La expresión “los infiernos” (Seno de Abrahán, Sheol o Seol) no designa exactamente el lugar de los condenados, sino donde estaban los fallecidos, entre otros los justos, a la espera de la resurrección de Jesucristo. Cuando decimos en el Credo “descendió a los infiernos”, aludimos precisamente a ese lugar, donde Jesús fue a recoger a los que le estaban esperando para llevarlos al Cielo.

El hecho de hablar de un “lugar” es simplemente para entendernos. El espacio y el tiempo forman parte de lo que conocemos como realidad. Nos cuesta comprender que existe otra realidad sobrenatural que no está en el espacio ni en el tiempo.

 

En el Nuevo Testamento existen numerosas advertencias de Jesús acerca del infierno y la condenación. Por ejemplo: “Temed mas bien a quien puede arrojar cuerpo y alma al infierno” (Mt 10:28); o la parábola del rico Epulón en el suplicio (Lc 16:23-28); hablando del infierno (“Gehenna”) Jesús dice que allí es “donde el fuego no se apaga” (Mc 9,43-48); es el destino reservado a los que, hasta el fin de su vida, rehúsan creer y convertirse.

Jesús anuncia en términos graves que “enviará a sus ángeles [...] que recogerán a todos los autores de iniquidad, y los arrojarán al horno ardiendo” (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación: “¡Alejaos de mí malditos, al fuego eterno!” (Mt 25, 41)”.

 

El infierno es un lugar de exclusión y de pérdida de toda bendición que proviene de Dios. Será un lugar de “llanto y crujir de dientes” (Mateo 13:42). El llanto refleja un remordimiento y pena terribles. Pero el crujir de dientes transmite una ira intensa; ira contra uno mismo, contra Satanás, contra Dios.

En el Catecismo, números 1033-37, leemos lo siguiente:

 

IV. El infierno

1033 (…) Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”.

1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, “el fuego eterno” (…). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios (…)

1037 Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. (…)

 

No cabe duda: el infierno existe, y la condenación es una posibilidad real. Evitable con la gracia de Dios y una vida de amor. Los grandes santos han conocida esta realidad de un modo muy próximo. Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, vio su lugar en el infierno. Los pastorcitos de Fátima tuvieron la visión de las almas condenadas.

Parece algo excesivamente duro, pero si reflexionamos nos daremos cuenta de que un Dios que es amor no es compatible con el pecado, que es el “anti-amor”. Realmente no es que Dios nos condene, es que somos nosotros mismos quienes elegimos rechazarle y apartarnos de Él.

 

Terminamos leyendo a Juan Pablo II en su Carta a las Familias: “Tus propios actos te juzgarán a la luz de la verdad que tú conoces. Lo que juzgará a los padres y madres, a los hijos e hijas, serán sus obras. Cada uno de nosotros será juzgado sobre los mandamientos (…). Sin embargo, cada uno será juzgado ante todo sobre el amor, que es el sentido y la síntesis de los mandamientos. «A la tarde te examinarán en el amor», escribió san Juan de la Cruz. Cristo, redentor y esposo de la humanidad, «para esto ha nacido y para esto ha venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha su voz» (cf. Jn 18, 37).

 

Él será el juez, pero del modo que él mismo ha indicado hablando del juicio final (cf. Mt 25, 31-46). El suyo será un juicio sobre el amor, un juicio que confirmará definitivamente la verdad de que el Esposo estaba con nosotros, sin que nosotros, quizás, lo supiéramos”.

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Comentarios (1)

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  1. Florentino dice:

    Una sala de suplicios interiores y mortificaciones sin fin, una mazmorra interior, en la cual, se ve abandonado de todos aquel que abandonó a todos. El último rincón donde es arrojado por el demonio, el padre de la mentira, aquel que libremente creyó en el.
    Y, hablando de ese panorama, ¿todavía no nos damos cuenta de que basta con volver los ojos a nuestro Creador, con tender las manos suplicando a Jesús para que Él nos salve?. ¡Qué inteligencia la nuestra!. Se nos ofrece el Amor, pero como es gratis, desconfiamos. ¿No basta con reconocer la relación entre el Creador y la creatura?.¡Señor, elimina la ceguera de nuestra soberbia!.

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