Un salvavidas para un mundo líquido
Llevamos algún tiempo tratando de crecer como cristianos y de cultivarnos razonablemente. Vamos a reuniones que nos ayudan a reflexionar, celebramos la eucaristía, compartimos nuestras inquietudes con otros que también las sienten… pero mirando nuestra vida, al final, queda poco de la radicalidad del Evangelio.
En realidad vivimos subidos en la cresta de la ola de un mundo líquido. Es una corriente a la que pertenecemos y de la que no podemos separarnos. Vivimos entre prisas, recibiendo toneladas de información al día, sin poder procesarla. Llevamos la retina cansada de tantas ofertas publicitarias, perfumes y coches. Nuestros oídos están saturados de canciones de moda que se repiten a todas horas en la radio, de palabras de comentaristas impertinentes, de noticias de prensa de escasa calidad.
Al mirarnos al espejo nos cuesta desvincular nuestra imagen de todas esas fotos de revista que han bombardeado nuestra retina, de los flashes de la prensa. Al mirar a los demás, también nos cuesta desvincularlos de esa corriente imparable de miradas líquidas, de juicios líquidos, poco profundos, rápidos, continuos e imparables.
Nuestras ideas y opiniones se han teñido también de ese río de ideas de distintas calidades, arrojadas en la radio, que fluyen sin parar en la televisión y en los periódicos, implacables, sin permitirnos llegar hasta el fondo.
Si no nos detenemos, el mundo líquido penetra en nosotros y nos inunda por la puerta de atrás. Dicen que el cristiano del siglo xxi debe ser un místico: debe encontrar espacios frecuentes de oración, de retiro y de silencio. Creo que también debe ser un asceta. Debe desarrollar una ascética: unos hábitos, un entorno y unas circunstancias que favorezcan el encuentro con el Señor. Tenemos ante nosotros un reto apasionante: ser místicos hoy, ser hombres y mujeres de oración frecuente y profunda. Sólo así tendremos algo que ver con el Evangelio. No hay otra opción: la alternativa es seguir inundándonos, poco a poco, del mundo líquido.
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Me gusta esto que dices del mundo líquido, y es verdad que de líquido que es, se nos cuelan muchas cosas… genial reflexión!
Muy verdad, Loreley!
Somos parte del mundo, pero nos dejamos acorralar por el. Efectivamente parece que nos da miedo el silencio, porque creemos que nos lleva a la soledad. Gran error, pues allí donde esté un cristiano , allí con el , en su interior si quieres, allí está Dios. Tenemos la gran suerte de vivir en un país de grandes místicos, que se manifestaron en nuestra lengua , y así podemos comprender todo lo que sentían, con todos sus matices sin miedos a que una traducción pueda restar la intensidad de la expresión de su vivir . Ofrezco dos salvavidas; Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. No sólo para flotar, sino para volar hacia Dios.
Este examen de conciencia tan oportuno, deberíamos hacerlo con frecuencia. Excelente artículo.
Gracias Loreley.
Cómo lo clavas!
Y das la solución:silencio y oración.
Gracias.