¿Cómo se llaman tus demonios?

No sé si -como dice a menudo José Manuel de Prada- “alguna de las lectoras que aún me soportan” se habrá preguntado alguna vez el origen de los muchos nombres del demonio: Satanás, Lucifer, Belcebú… hay una bonita colección, por decirlo de alguna manera. A mí desde luego me surgió esa pregunta hace un par de semanas, cuando el 31 de enero leímos el Evangelio del endemoniado de Gerasa, al que Jesús le pregunta: “¿Cómo te llamas?”. El demonio, o mejor dicho los demonios le contestan a Jesús como eludiendo la pregunta: “Legión, porque somos muchos”. Me pregunté yo: “¿qué le importaría a Jesús el nombre ese?”.

Sin embargo, el nombre de una persona es importante: Dios nos llama por nuestro nombre, y nos convocará por nuestro nombre el día del juicio. Con el diablo no podía ser menos. Según el ritual de los exorcismos, según cuenta Gabriel Amorth en su obra “Habla un Exorcista”, aunque el exorcista no debe nunca dejarse llevar por la conversación del diablo, sí debe preguntarle su nombre y exorcizarle según éste. Así que es importante. Pero ¿de dónde reciben los diablos el nombre? ¿Cómo han llegado hasta nosotros?.

La antigüedad precristiana vivía con la conciencia de que los demonios habitaban el desierto, las piedras y, desde luego, las imágenes de los ídolos, además de ocasionalmente las personas. La misión de Jesús se contrapone frontalmente a la presencia de Satanás en la tierra, a quien vence en las tentaciones y, sobre todo, con su muerte en la cruz. Jesús veía “a Satanás caer del cielo como un rayo” cuando la predicación de los 72 discípulos, y consideraba que si él echaba los demonios con el dedo de Dios, era porque “el Reino ya ha llegado” a nosotros (cfr. Lc. 10, 18 y Lc. 11, 20). Ésta es aún hoy la misión de la Iglesia, ya que, como cuenta el Apocalipsis, “el dragón”, al verse arrojado a la tierra, y habiendo fracasado contra la mujer vestida de sol, “se dedicó a hacer la guerra contra los que observan los preceptos de Dios”.

El demonio o los demonios sin duda debieron ir tomando los nombres bien de los dioses paganos, bien de los vicios a los que tientan a los hombres. Las crónicas antiguas paganas cuentan cómo hablaban o realizaban prodigios algunas estatuas de los dioses, motivo éste por el que en la primera época del cristianismo se exorcizaban antes de destruirlos. Y tanto los judíos como los primeros cristianos no dudaron en atribuir a Satanás el mal que veían en sus enemigos, en el paganismo, o en sus propias infidelidades. Junto a esto, algunos nombres tienen que tener orígenes más bien mitológicos, como vamos a ver.

El más importante de los dioses paganos con quien convivían los judíos era Baal: un guerrero poderoso protector de los hombres, representado por un toro joven. El mismo becerro que se hicieron los propios judíos en el desierto cuando Moisés no acababa de bajar del Sinaí. La importancia de Baal es tanta que aparece por muchas partes de la historia antigua: Aníbal, Hanibaal, es “el que goza del favor de Baal”; Asdrúbal, “el protegido de Baal”; Baltasar, Baalthusar, significa “Baal protege al Rey”; y Balkis -la mítica reina de Saba- “Baal te prefiere”. Sus templos aún se pueden contemplar en Baalbek, Damasco o Palmyra. Baal resulta además ser un trasunto de Cristo, la figura por antonomasia del Anticristo: su nombre significa “el señor”, aunque también “el dueño”, y es el hijo del dios creador (llamado “El”, de donde vienen por ejemplo “Migu-el”, “Rafa-el”, “Gabri-el”, y que es lo mismo que “Allah”). Pero en vez de entregarse por ellos, les exige sacrificios, en ocasiones incluso humanos.  

El enfrentamiento de los judíos con la religión de sus primos semitas queda de manifiesto por ejemplo en el desafío de Elías a los sacerdotes de Baal para que hicieran descender fuego del cielo. Uno de los títulos de Baal era el de “señor de los príncipes”, o Baal Zebul, que suena muy parecido en hebreo a “señor de las moscas” o Baal Zebub. De ahí procede el nombre de Belcebú, que es, por cierto, el diablo asociado a la gula. Otros diablos cuyos nombres proceden de Baal son Baal Phegor, Belfegor, que era la advocación por la que honraban a Baal los moabitas -los actuales beduinos del desierto del monte Nebo- y que se asocia con Príapo, dios de la fertilidad, y con la pereza-; o Baalberith, el mensajero de Satanás.

Pero los demonios no tomaron el nombre solamente de Baal, del mismo modo que los judíos no estaban solamente en contacto con otros pueblos semitas. Así, por ejemplo, Astaroth es Astarté, o en persa Ishtar, la diosa asirio-bailonia del amor, la guerra y la fertilidad; o Tamuz es Dumuzi, el dios asirio-babilonio que se casa con Ishtar y muere con ello, dando fertilidad al mundo.

Junto con los dioses paganos y los vicios que veían en ellos, muchos de los nombres de los demonios proceden del mal que producen sus tentaciones o, simplemente, de la tentación misma. Así por ejemplo Mammon, el que tienta a la avaricia, significa “riqueza” o “tesoro” en arameo; Asmodeo, el que invita a la lujuria, es “el que hace perecer”; Belial, el que engaña por las apariencias del mundo, es el “inútil, inservible”; Moloch, que sacrificaba a los niños, significa “sacrificio”; y Mefistófeles, el diablo de Fausto, representa simplemente el hedor del mal en la tierra, significando mephisto “exhalación pestilente”. El propio nombre de Satanás o Satán forma parte de este grupo, ya que su nombre significa “el acusador”, y se le asocia fundamentalmente con la ira. En el mundo semita, el “shaitán” pasó a entenderse como el jefe de todos los demás demonios.

Sin embargo, conforme con la tradición bíblica, el más alto en la jerarquía de los demonios es Lucifer, “el que hace o porta la luz”, en alusión al “lucero” del alba, Venus, que anuncia la aurora, pero en ciertas épocas del año, sin embargo, lo que trae es la noche, la oscuridad. Es el demonio de la soberbia y el orgullo, el Luzbel que se rebeló en primer lugar contra Dios, y que sigue a veces engañándonos como un “ángel de luz” (cfr. Efesios 11, 14). De hecho, el nombre de Lucifer (o “Phosphoros” en griego) era uno de los títulos propios de los reyes de Babilonia (Babel), en quien los judíos veían a la vez el deslumbramiento de los placeres mundanos y la desafección a la causa de Dios. Aún hoy las sectas luciferinas se diferencian de las satánicas y pretenden que a través del “ángel de luz” consiguen un conocimiento superior de la realidad, muy en la línea de la tentación a Eva en el Paraíso.

El nombre de Diablo, por otra parte, tiene un origen más mitológico, ya que procede de “Iblis”. Según algunas de las mitologías semíticas, los ángeles no se pueden rebelar contra Dios, pues le contemplan cara a cara. Son en realidad los “genios” (los “yinn” de los musulmanes, o los “daimón” griegos, divinidades primitivas que también han dado lugar a la palabra Demonio, y que surgen como primeras explicaciones de las pasiones humanas), caprichosos, imprevisibles y mágicos, los que sí pueden elegir entre el bien y el mal, y sufren, igual que los hombres, las tentaciones de Satanás. Su naturaleza puede ser de diversos tipos, y los de fuego, encabezados por su jefe Iblis, se negaron a prosternarse ante el hombre el sexto día de la creación. Desde entonces el hombre apenas puede ni tocar el fuego, e Iblis y sus genios (o diablos) se dedican a hacer la vida imposible a los hombres y a orientarles al mal. Diabalos, en griego, pasó a significar también “calumniar”.

Otro nombre de origen mitológico es el de Leviatán, la envidia, que era un gran monstruo marino creado por Dios el cuarto día de la creación. Es la envidia porque es una pasión que devora al hombre, y como es la puerta de casi todos los males que acaban enfrentando a los hombres, Leviatán pasó a ser representado como la puerta del infierno. Si observamos cómo aparece representada la puerta del infierno en los retablos medievales que muestran a Cristo “descendiendo a los infiernos” y rescatando de él las almas de los justos muertos antes de su pasión y muerte, veremos que las almas de los justos salen de las fauces de Leviatán. Hobbes después utilizará a este mismo monstruo de la envidia para representar el origen del Estado y del poder político.

Por último, y para no espantar del todo a las que hasta aquí hayan llegado de las “algunas lectoras que aún me soportan”, terminaré por reconocer que, de todos los nombres que aparecen en la escritura para el Diablo, queda como algo desconcertante el de Zabulón, que además de ser el nombre de un demonio es el de uno de los hijos de Jacob y por tanto una de las 12 tribus de Israel. Si me sabe dar alguna pista al respecto, le estaré enormemente agradecido. Esta revisión de nombres, por lo demás, nos ha de servir de “culturilla”.

Pero como dice el propio Gabriel Amorth en el libro arriba citado, no debemos nunca perder de vista que nuestros demonios particulares se siguen llamando “soberbia”, “envidia”, “ira”, “lujuria”, “gula”, “pereza” y “avaricia”, y que no es probable que se nos presenten como en la película de “El Exorcista”, sino más bien para tentarnos con creernos más que los demás, entristecernos del bien ajeno, perder los nervios, dejarnos llevar por lo que nos apetece, no hacer nada de provecho o ser hiperactivos y al final no acabar nada, poner nuestros afanes en el dinero, dejarnos bloquear por el miedo o los respetos humanos… y un largo etcétera que creo que a todos nos resulta muy familiar, demasiado familiar.

 

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Comentarios (4)

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  1. Floren dice:

    Da gusto ver que hay todavía interés por la Cultura. Me ha resultado muy interesante, aunque suene a revista , tu artículo Fer.  Por cierto, las Calderas de Pedro Botero que se identifican con el infierno, no se si tendrán que ver con que en Cuba se llama Botero al chófer que conduce un coche de transporte público. A lo mejor es por aquello del “infernal tráfico”

  2. fedelena dice:

    Muy interesante y documentado, Shadja. Siempre me ha llamado la atención el pecado de los ángeles rebeldes, así como su multitud. Me pregunto si hay tantos como guardianes…

  3. Shadja dice:

    Muchas gracias a ambos. Veo que, en efecto, todavía hay “lectoras que aún me aguantan”, aunque en este caso seáis lectores (o “lectoros”, según el criterio de la ideología de género, jajaja). Investigar sobre estos temas siempre es apasionante, aparte de por la culturilla, sobre todo por la filosofía y teología que hay detrás de estas cosas, y por darse uno cuenta de cómo se transmitía la sabiduría antigua. Por cierto, Fedelena, si la lealtad de los ángeles a Dios es tan grande como la de los hombres, me temo muy mucho que, tristemente, incluso los rebeldes sobrepasarían a los fieles…

  4. Mota dice:

    Enorme Shadja.

    Muchas gracias por esa “culturilla” teológico-filosófica dela que hablas.

    Muy interesante.

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