Creo pero no practico

Mucha gente manifiesta esta manera de pensar o conducirse. “Yo me comunico directamente con Dios, no necesito intermediarios”. “Para qué voy a ir a misa, los curas no me dicen nada, la gente susurra a media voz cosas que no entiende”. “La misa es aburrida y repetitiva, no me sirve de nada y tengo cosas mejores que hacer”.


El problema de una fe sin el auxilio de los sacramentos es que pronto se vuelve tibia, acomodaticia y distorsionada. Es importante además recordar y agradecer el hecho de que la fe se transmite a través de una comunidad. Yo creo porque he nacido en una familia cristiana; y he desarrollado mi fe en el seno de un movimiento de la Iglesia. En el momento en que me desvinculo del grupo de creyentes quedo a merced de los vaivenes y caprichos del mundo.

 

El hecho de practicar no supone realizar actos rutinarios o incomprensibles. Supone ser fiel a un mandato recibido del propio Jesucristo, transmitido por testigos fidedignos. La estructura actual de la Misa es prácticamente la misma que la de las primeras celebraciones de los cristianos primitivos. Según leemos en el Catecismo (números 1345-1347):

 

1345 Desde el siglo II, según el testimonio de S. Justino mártir, tenemos las grandes líneas del desarrollo de la celebración eucarística. Estas han permanecido invariables hasta nuestros días a través de la diversidad de tradiciones rituales litúrgicas. He aquí lo que el santo escribe, hacia el año 155, para explicar al emperador pagano Antonino Pío (138-161) lo que hacen los cristianos:

 

El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible. Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a la imitación de tan bellas cosas.

Luego nos levantamos todos juntos y oramos por nosotros…y por todos los demás donde quiera que estén a fin de que seamos hallados justos en nuestra vida y nuestras acciones y seamos fieles a los mandamientos para alcanzar así la salvación eterna. Cuando termina esta oración nos besamos unos a otros. Luego se lleva al que preside a los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados.

El presidente los toma y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da gracias (en griego: eucharistian) largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones.

Cuando terminan las oraciones y las acciones de gracias todo el pueblo presente pronuncia una aclamación diciendo: Amén.

Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo le ha respondido, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes pan, vino y agua “eucaristizados” y los llevan a los ausentes (S. Justino, apol. 1, 65; 67).

 

1346 La liturgia de la Eucaristía se desarrolla conforme a una estructura fundamental que se ha conservado a través de los siglos hasta nosotros. Comprende dos grandes momentos que forman una unidad básica:

 

— La reunión, la liturgia de la Palabra, con las lecturas, la homilía y la oración universal;

 

— la liturgia eucarística, con la presentación del pan y del vino, la acción de gracias consacratoria y la comunión.

 

Liturgia de la Palabra y Liturgia eucarística constituyen juntas “un solo acto de culto” (SC 56); en efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor (cf. DV 21).

 

1347 He aquí el mismo dinamismo del banquete pascual de Jesús resucitado con sus discípulos: en el camino les explicaba las Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos, “tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio” (cf Lc 24,13- 35).

 

La Santa Misa es un bellísimo acto de culto que aúna oración, ofrenda, perdón, escucha de la Palabra, alimento espiritual, confesión de fe, relación fraterna, etc., en una riquísima liturgia cuyo hondo significado solo se puede ir adquiriendo gradualmente con amor y humildad. No nos damos cuenta de que es un gran privilegio poder acudir cualquier día de la semana a una Eucaristía. Ojalá lo apreciásemos aunque fuera en una ínfima parte de su infinito valor.

 

Celebremos pues con fervor y devoción los Sacramentos y oremos insistentemente por aquellos que se encuentran alejados, a fin de que podamos reunirnos y hermanarnos todos, primero aquí en la tierra, y después en el Banquete eterno, del que la Eucaristía es signo y anticipación.

Filed Under: Portada

212 Visitas



Comentarios (2)

Trackback URL | RSS Feed de comentarios

  1. Mota dice:

    Gracias Federico.

    Gran artículo, muy didáctico, muy claro y mur enriquecedor.

    Gracias por recordarnos siempre “el amor del principio”.

  2. Florentino dice:

    Siempre me ha llamado la atención lo desagradecidos y “mal-quedas” que somos los cristianos. Pues todos los días se nos invita a un banquete y  ponemos mil excusas para no participar. Incluso se nos tiene que imponer una norma para que al menos una vez a la semana acudamos al banquete de Dios y en las fiestas de guardar. Si para acudir a una fiesta nos arreglamos lo mejor posible, nos ponemos nuestras mejores galas y somos puntuales, ¿porqué a la Fiesta de Dios no vamos y buscamos la excusa más tonta para no acudir?. Esto si que es una “fiestuqui” como se dice ahora, a la que puedes llevar a otros, a cuantos más mejor para el Anfitrión.

Dejar un comentario