Fariseos de hoy
“Yo soy bueno, porque voy a misa, no mato ni robo y doy limosna en la Iglesia”. En el fondo, algunos pensamos de un modo parecido. Como somos “cumplidores”, creemos que somos mejores que aquellos que son evidentes transgresores.
¿Qué es un fariseo? En esencia, es una persona que considera que lo principal es cumplir un mandato. El fariseo se guía por la norma. Cuando no sabe cómo actuar busca la regla y procura seguirla. En cierto sentido, no es que sea malo ser farisaico. Lo que pasa es que el cumplimiento no basta para guiar una vida moral. Es necesario involucrar el corazón. No basta con regirse por el deber o el temor: hay que actuar por amor.
Cuando uno se esfuerza mucho en cumplir, puede que llegue a conseguirlo durante gran parte del tiempo. Y entonces casi inevitablemente se torna en juez de los que no cumplen. El desprecio de los que no siguen las normas suele ser la actitud habitual de los fariseos de todos los tiempos. Precisamente así demostramos nuestra principal carencia, en esa falta de caridad y de misericordia. Pensemos que el mejor cumplidor de la Ley fue Jesucristo, que nunca cometió ni siquiera un pecado venial. Y sin embargo su cualidad más destacada fue la compasión, la misericordia con los defectos y pecados de los hombres. Si viviera en nuestros días, es probable que nos escandalizara otra vez, como escandalizó a los fariseos de su tiempo, al juntarse con prostitutas y publicanos, pecadores públicos en suma.
Es preciso que nos demos cuenta de que también nosotros somos pecadores. Aun procurando, aun consiguiendo actuar rectamente, estamos llenos de pecado y no somos mejores que los pecadores notorios. Solo ese reconocimiento nos permitirá ser humildes y agradecer a Dios el don de habernos impedido pecar gravemente, además de ayudarnos a comprender a quienes no han sido tan agraciados. Los grandes santos han sido muy conscientes de que podrían haber cometido los peores pecados, y solo por la infinita misericordia de Dios habían sido preservados de faltar gravemente.
La mejor muestra del defecto principal del fariseo se nos muestra en el evangelio de S. Lucas 18, 9-14:
“En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.” El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.” Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»”.
Jesús tiene las más duras palabras contra este tipo de personas. Leemos en S. Mateo, capítulo 23, los peores epítetos pronunciados por Jesucristo durante su vida pública. Los llama hipócritas, raza de víboras, sepulcros blanqueados, guías ciegos, insensatos y necios…
¿Cómo evitar caer en el fariseísmo? Pues es bastante natural adoptar esa actitud. Cuando uno vive una vida en apariencia acorde con la exigencia cristiana, tiende a pensar que es “bueno”, y que los que no lo hacen son “malos”. Es fundamental conocerse a uno mismo y saber encontrar las vigas en el ojo propio, antes que las pajas en el ojo ajeno.
El antídoto está en la imitación de Jesús. En intentar parecerse a Él y actuar cada vez más como Él. Aunque hay una distancia infinita, podemos intentar recorrerla y conseguir avanzar. Cuanto más cerca estemos del Hijo, mejor veremos nuestras imperfecciones, nuestras limitaciones, nuestra oscuridad.
Si conseguimos, aunque sea un poco, asemejarnos a Jesús, miraremos a los demás con sus ojos, y donde haya un pecador no sentiremos desprecio sino compasión, un gran amor hacia esa persona imagen de Dios que no está cumpliendo su designio.
No recuerdo quién me contó esta anécdota real, que es un buen ejemplo de lo que puede conseguir la mirada de Cristo.
En cierta ocasión un sacerdote vestido con sotana paseaba con un amigo, y se cruzaron con una prostituta. Ella, para provocarles, les preguntó si no querían divertirse un rato. Para su sorpresa, el sacerdote le preguntó cuánto pedía por sus servicios. Ella contestó dando la tarifa habitual. El cura respondió: “es poco”. La chica subió entonces el precio, y el cura respondió lo mismo; ella se molestó al no entender la contestación. Siguieron discutiendo, hasta que el sacerdote le dijo que era poco dinero para venderse; ella valía mucho más. La prueba era que Jesús había dado la vida por ella. Y se alejó paseando con su amigo.
Al día siguiente, cuando salió el sacerdote por la mañana camino de la iglesia, se encontró con la prostituta a la puerta de su casa. No había dormido en toda la noche, abrumada por la conversación que habían tenido. Le pidió ayuda al padre, y este le dijo: “lo que tú necesitas es una buena confesión”. Y fueron los dos juntos a la Iglesia y ella se confesó con gran arrepentimiento.
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Conmovedora historia la última. Genial artículo.
Cuanta verdad, cuanta razón.
Me he visto claramente reflejado en esa actitud farisaica que denuncias.
Muchas gracias, Aldabón.
Me ha venido realmente bien tu columna.
Gracias Mota. Qué difícil nos resulta seguir el consejo evangélico: “No juzguéis, y no seréis juzgados”…