Pasajes preferidos: el buen ladrón
Entre mis pasajes preferidos de la Biblia está este que conocemos como del “buen ladrón”, según la tradición, San Dimas. Leemos en el capítulo 23 San Lucas:
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: “¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. Él le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso“.
Nos cuesta imaginar el aspecto que tendría Jesús en la cruz, después de haber sido cruelmente azotado, con el cráneo perforado por la corona (realmente un casquete) de espinas y el rostro magullado por sus caídas mientras llevaba el travesaño. Aunque la devoción popular representa a Jesús en el Via Crucis cargando con la cruz completa, en realidad los condenados a la crucifixión llevaban sobre sus hombros el palo horizontal, al que estaban fuertemente atadas sus muñecas. Por ello una caída significaba golpearse la cara inevitablemente, al no poder frenarla con las manos. El palo vertical estaba en el lugar de la crucifixión anclado en el suelo, preparado para el reo.
Isaías nos dice algo al respecto, en el cuarto de los Cantos del Siervo de Yahvé:
(Número 52) Así como muchos quedaron horrorizados a causa de él, porque estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano, (…)
(Número 53) Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento, como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada.
La descripción es muy gráfica, terrible en su laconismo. Jesús está tan desfigurado por los golpes y sufrimientos de la Pasión, que no podemos soportar el mirarle a la cara: apartamos el rostro.
Pues bien, ante un hombre con tan deplorable aspecto, Dimas de un modo misterioso es capaz de penetrar en esa apariencia de guiñapo derrotado y de vislumbrar al Rey del universo. Quizá había visto alguna vez a Jesús en el pasado, había formado parte de las multitudes que se agolpaban a escucharle o salían a su paso. O quizá esa fue la primera vez que se encontró con Él y pudo apreciar su infinita dignidad, su inmensa majestad bajo las heridas y la humillación pública del castigo del madero.
La crucifixión era el peor de los suplicios entre los romanos, no solo por los terribles dolores que padecía el condenado, sino sobre todo por el oprobio, la deshonra y la ignominia que suponía. Un ciudadano romano no podía ser crucificado. Era el tormento reservado para los peores criminales, el deshecho de la sociedad. Podemos imaginar los delitos perpetrados por el buen ladrón: robo, asalto, quizá incluso homicidio. Tal vez fuera un hombre acostumbrado al peligro, endurecido e insensible al dolor que provocara en sus víctimas. Y aun así, dentro de su perdición, la figura de Jesús reaviva en él un sentido innato de justicia, y situado ante Él, reconoce su pecado. Hay aquí un impresionante itinerario personal recorrido por el ladrón.
En sus últimos momentos, Dimas reflexiona acerca de su vida y se da cuenta de sus errores, de sus pecados, de su alejamiento del Dios que es Amor. Compara su tormento con el de Jesús y se da cuenta de que lo suyo es merecido. Y hace lo mejor que puede hacer: un ejercicio de humildad. Es hermoso ver que no se atreve a pedir nada directamente, ni siquiera el perdón de un modo abierto. Con una actitud de total confianza, casi como la de un niño, le pide al Señor que se acuerde de Él. Y Jesús, como siempre, da mucho más, infinitamente más, que lo que le piden. No solo se va a acordar de él (no puede olvidarle: Is 49, 15: Aunque una madre pueda olvidarse de su hijo, yo no me olvidaré de ti). Sino que además le promete la salvación, la Vida Eterna. ¿Quién puede decir que el Dios de los cristianos es terrible, es justiciero, es temible? En medio del tormento, de los insultos y las burlas, del suplicio injusto, no se queja, no se defiende, no busca vengarse; sino que pide perdón por sus verdugos y parece tener prisa por salvar almas.
¿Qué pensaría Dimas en ese momento? Supongo que las lágrimas manarían de sus ojos, esos ojos que habían estado secos durante tantos años, por un corazón endurecido y llagado por el pecado. Ante el don inmerecido, ante el premio insospechado y tan desproporcionado, ante el amor infinitamente misericordioso, el buen ladrón llora su culpa, y la expurga así durante sus últimas horas, en una acción penitencial que limpia y purifica su alma y la dispone al encuentro con el Padre.
Este pasaje es profundamente esperanzador para todo aquel que se siente pecador, pues muestra cómo la misericordia de Dios supera nuestro pobre concepto de su justicia, y no nos da lo que mereceríamos por nuestras faltas, sino que nos perdona y nos atrae amorosamente hacia sí.
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Conmovedor relato de un emocionante pasaje bíblico.
Siempre me ha encantado ese momento. Siempre me emociono (físicamente) cuando leo aquello de “te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
Por eso Federico, agredezco tan preciosa columna.
Absolutamente conmovedora.
De verdad, muchas gracias.