¡Arderéis…como en el 36!
El 24 de marzo es el día de las Naciones Unidas para el “derecho a la verdad”. Se trata de una loable efemérides, que conmemora el asesinato de Monseñor Romero en El Salvador en 1980, y que forma parte de la parafernalia que ha creado la internacional socialista para, en última instancia, llenarle los bolsillos a los de su cuerda. El discurso del derecho a la verdad, la justicia transicional y la memoria histórica, como es bien sabido, en España se ha concretado en la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, “por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura”. Pero digo que se trata de una loable efemérides porque a nadie puede parecer mal que “cada pueblo tenga el derecho inalienable a conocer la verdad sobre los acontecimientos sucedidos en el pasado, en relación con la perpetración de crímenes aberrantes y de las circunstancias y de los motivos que llevaron, mediante violaciones masivas o sistemáticas, a la perpetración de estos crímenes. El ejercicio pleno y efectivo del derecho a la verdad, proporciona una salvaguarda fundamental contra la repetición de éste tipo de violaciones”. En el fondo, la ONU ha reformulado así la sentencia del filósofo estadounidense George Santayana (“La Vida de la Razón”, 1905) sobre que “cuando no se retiene la experiencia, como entre los salvajes, la infancia es perpetua: aquellos que no saben recordar el pasado están condenados a repetirlo”.
Y de hecho, y por desgracia, la Historia se repite de veras. La semana pasada unos 60 energúmenos y -sobre todo- energúmenas izquierdistas e izquierdistos asaltaron la capilla del campus de Somosaguas de la Complutense y delante del sagrario y unos estudiantes que estaban rezando, zarandearon al cura, y no sólo se hartaron de blasfemias, insultos y de cagarse en la Iglesia Católica, los curas y las monjas, sino que se permitieron que dos de ellas -lesbianas practicantes, por lo que parece- se desnudaran de cintura para arriba y se pegaran un homenaje de lotes para el general regocijo de sus compañeros y compañeras. Se trata de algo natural teniendo en cuenta que el exterior de la capilla ya lo habían llenado de pintadas con improperios parecidos en los últimos meses, ante la pasividad del Rector Carlos Berzosa -progresisto- que por supuesto no sólo no va a dimitir (en este país las poltronas parece tienen ventosa en el asiento) sino que además ha dicho que él no por nada es contrario a que haya capillas en las Universidades. Es lo que tiene, claro: si abres una capilla, te arriesgas a que te la profanen, y además, ¿qué pinta lo religioso en un espacio público? Ya les ha dicho nuestro Presidente del Gobierno a los tunecinos que la religión es algo privado.
Claro que llueve sobre mojado. Esta semana, en Valladolid, el Rector de su Universidad Marcos Sacristán -progresisto, y que por supuesto tomó posesión perjurando que sería “un Rector para todos”- ha puesto una mampara en la capilla de la Universidad para que se vea “pero no se toque”, y ha dicho a los alumnos que querían entrar a rezar que se vayan al campo, que para eso Dios está en todas partes. Ayer, cuando por fin parecía que en Barcelona los progresistos se habían calmado y se iba a celebrar misa en la capilla de la Universidad por primera vez desde el 9 de febrero, allí se presentaron los paladines del diálogo con una pancarta de un Dios saludando a lo fascista y con cara de cabreo que decía “no pasarán (sin carnet de cristiano)”: hubo que cerrar la puerta de seguridad que han hecho instalar para seguridad de los que rezan, qué más se puede pedir. Hace unos días robaron un sagrario en una parroquia de Majadahonda. Hace un año, la Iglesia de San Lorenzo de Lavapiés amaneció decorada con un “la única iglesia que ilumina es la que arde”. Hace año y medio, en Sevilla unas mujeres boicotearon una novena a la Virgen en la Iglesia de San Andrés con amenazas e insultos, y diciendo “¡arderéis como en el treinta y seis!”.
En la línea de la mediocridad intelectual que caracteriza a la progresía española -no es que la derecha o los católicos estemos mucho mejor, claro, que aquí no nos salvamos nadie, es lo que tiene la educación de este país- los eslóganes con que se ataca a la fe no pasan de burdas amenazas o toscas referencias sexuales: “cerdos fachas meapilas”, “quitad vuestros rosarios/ de nuestros ovarios”, “vamos a quemar iglesias, tralará”, “contra el Vaticano/ poder clitoriano”. No es de extrañar que, en comparación, Lorca les parezca bueno. Unas se atrevieron con el clásico de “El Exorcista”: “¿has visto lo que hace/ la cochina de tu hija?”. Y es que -si se me permite abrir aquí un paréntesis- no deja de ser sintomático que la inmensa mayoría de estas agresiones las perpetran mujeres, claramente salidas de entre las mejores de aquéllas a quienes la ideología de género ha liberado y ha permitido librarse de estereotipos sociales machistas y, además, entregarse a la bollería. La mordaz periodista estadounidense Ann Coulter se quedó corta cuando dijo: “Al igual que los progresistas, la Playboy sólo desea liberar a las mujeres para que se comporten como puercas, tengan sexo sin consecuencias, anden desnudas y aborten niños”. Resulta que ahora también hay que añadir “y profanen iglesias”.
Pero no me refiero a que la Historia se repita tanto porque se estén repitiendo estos sucesos, cuanto por lo parecidos que son a otros que ocurrieron en tiempos que hasta hace no mucho parecían felizmente superados. Me refiero obviamente a que con cosas así empezaron publicaciones de los años treinta como “La Traca”, y su famosa sección de “¿Qué haría Ud. con la gente de sotana?”, donde se invitaba a los lectores a lindezas como a ahorcar a los frailes con las tripas de los curas o a cortarles los testículos a todos ellos y mandárselos al Papa para que se lo comiera (“El Jueves” parece a su lado una hoja parroquial…). O las soflamas del que ahora se tiene por moderado Alejandro Lerroux, fundador irónicamente del Partido Radical, que invitaba a sus partidarios a “sacar a las monjas de sus conventos y elevarlas a la categoría de madres para purificar la raza”. Y todo esto no es sino la versión popular del veneno que vertieron sobre España todos esos escritores que ahora nos hacen estudiar en el colegio, como Pérez de Ayala, Blasco Ibáñez, Baroja, Clarín, Belda o Azaña, que a su vez entroncaban con obras de la Ilustración como Fray Gerundio de Campazas, Cornelia Boroquia, El Diablo Predicador, y, en última instancia, de las obras de Voltaire y otros autores franceses. De ellos nacería toda una línea ininterrumpida de anticlericales españoles cuya mejor expresión intelectual fue el krausismo que se adueñó de nuestras Universidades en el siglo XIX y la institución libre de enseñanza, y cuyos herederos son hoy un Gala o un Goytisolo.
Lo lamentable del tema es que aquéllo no quedó sólo en palabras. El poder increíble de éstas llevó a la acción de los clubes y logias del siglo XIX magistralmente retratados por Galdós en sus Episodios Nacionales, y tras estos se puede seguir un rastro de sangre y cenizas que empieza con el linchamiento del cura Tamajón a martillazos en 1821; sigue con al menos 75 frailes asesinados en Cataluña en 1822, 73 religiosos asesinados en 1834 en Madrid y Barcelona, y un número indeterminado de ellos asesinados durante las guerras carlistas y revoluciones de 1846, 1868 y 1872; continúa con las quemas de conventos de 1902 (durante la huelga general revolucionaria de Barcelona), 1909 (con 112 edificios religiosos destruidos durante la Semana trágica de Barcelona), 1931 (con 127 edificios destruidos, asaltados o profanados en toda España en el primer mes de la II República), 1934 (con 38 religiosos asesinados y 58 iglesias quemadas durante el octubre rojo de Asturias), o la primavera de 1936 (con 17 curas asesinados en el período posterior a las elecciones); y tiene su traca final durante la Guerra Civil, sobre todo durante los primeros seis meses: 13 obispos, 4.184 sacerdotes, 2.365 religiosos, 283 religiosas (los datos son del estudio de Antonio Montero Moreno en 1961 sobre víctimas identificadas), y más de 3.000 fieles católicos muertos únicamente por razón de su fe. Los periódicos como “El Socialista”, “Solidaridad Obrera”, “El Pueblo” o “El Crisol”, ya había dado consignas sobre lo que había de pasar: “hay que extirpar a esa gente; la Iglesia ha de ser arrancada de cuajo de nuestro suelo, y no ha de quedar una en pie”.
Nadie desde la progresía política o intelectual ha querido asumir sus responsabilidades en este tema. Nadie ha pedido perdón. Al contrario, lo siguen intentando justificar como “legítima ira del pueblo” u “obra de descontrolados”. Menos mal que ya no disparamos desde los conventos o damos a los niños pobres caramelos envenenados. Pero ahora somos responsables del sida en África o de la no realización de las mujeres. Y como “es la condición de los niños y los bárbaros, en la que el instinto no ha aprendido nada de la experiencia”, callan o miran para otro lado, o incluso justifican lo que ha pasado en las capillas e iglesias de la Complu, de Valladolid, de Barcelona, de Majadahonda… Porque aunque ya no disparemos al pueblo desde los conventos o demos a los niños pobres caramelos envenenados, en cambio sí somos responsables del sida en África o de la no realización de las mujeres. Y es que al final, ¿qué importa la memoria histórica o el derecho a la verdad? El próximo 24 de marzo tal vez sea más correcto celebrar el día de las Naciones Unidas de la terca realidad: por más que la memoria algunos se empeñe en ser selectiva, al final la realidad lo que nos pone delante es que el odio contra la fe de todos aquéllos que quieren erigirse en dioses, y no quieren reconocer otro poder en la tierra que el suyo propio sigue vivo y “como león rugiente, buscando a quién devorar”.
¿Así que “arderéis como en el treinta y seis”? Quizás, pero una vez más, el Señor nos recuerda: “confiad: yo he vencido al mundo”.
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Gracias Shadja, profundo y certero. Llevo años pensando que el péndulo está cada vez más cerca del extremo anticlerical en su oscilación periódica. Practicamente nadie conoce el pasado, y me temo que se va a repetir.
Lo bueno es que el martirio tendrá sus frutos… si el grano cae en tierra y muere da mucho fruto…
Buenísimo artículo (aparte de todo lo que me ha ilustrado, me ha parecido muy ingenioso). Perfecta la frase final.
Todo lo que cuentas también me recuerda a algo que alguien dijo el otro día en un grupo: que los cristianos molestamos, porque la Verdad molesta. Molestó hasta en el imperio romano, caracterizado por aceptar todos los cultos. Todos menos el cristianismo. ¿Por qué será?
PD: Me ha encantado lo de “progresistos” e “izquierdistos”
Completamente de acuerdo con Asun: buenísimo el artículo. Tanto bien documentado como bien escrito (francamente…. ¡ me he reido mucho!). Me alegro de que por lo menos alguien se atreva a escribir sin pelos en la lengua sobre lo que está pasando, confiando en el Señor sí, ¡por supuesto!,pero sin quedarnos callados.
Gracias por esos comentarios. Es verdad que no nos tratarán mejor que al Maestro, y lo importante aquí es que no nos dejemos achantar. Como dejó dicho don Quijote: “nos ladran, luego cabalgamos”.
Enorme Shadja,una vez más.
Magnífico artículo.Perfectamente ilustrado, muy bien escrito.
Duro, irónico, directo.
Y,como siempre, muy ilustrativo y cultural.
Gracias.
MAGNÍFICO.
Es un artículo impresionantemente bueno, del que no se me ocurren los elogios suficientes que se merece, aunque algunos ya se han dicho mas arriba y hago míos. O sea: MAGNÍFICO.
Esta es la memoria histórica que se trata de borrar de la memoria colectiva. Los cristianos tenemos la obligación de estar informados. Ha sucedido, es verdad. Y sí, puede que vaya a haber nuevos mártires. Pero los mártires siempre han sabido por qué morían y lo han confesado abiertamente.