¿Y yo qué puedo hacer?
Muchas veces los cristianitos nos preguntamos: “¿Qué puedo hacer por los demás? , ¿Cómo puedo ser útil a mi prójimo?”. Evidentemente la actitud y la aptitud de cada uno son distintas.
La manera de tratar de ser un “buen cristiano” es diferente en cada uno de nosotros.
Unos pretenden, con buena voluntad, con deseos bien intencionados, hacer algo, pero como no saben muy bien el qué, se agotan muy pronto. Otros se escudan en la falta de tiempo. Bastaría con analizar cómo “gastamos” nuestro tiempo, uno de los tesoros fundamentales de nuestra época, para darnos cuenta que o bien no lo utilizamos correctamente o simplemente lo dejamos correr…
Hay quién piensa que él “no sirve” o “no se ve” para lo que la Iglesia le necesita o le pide, o más bien, se dice a sí mismo, que él ya “cumple “ echando limosna todos los Domingos y Fiestas de Guardar en los cestos de las Misas a las que siempre asiste, porque hay un curita que habla muy bien, o un coro que canta estupendamente, o simplemente, que la hora de la Misa le va tan bien para, antes o después, hacer aquello que tenía pensado durante toda la semana que haría el “finde”.
Evidentemente algo falta, no es que falle, sino que escudándose en mil y una excusas, no llegamos a conocer y hacer nuestro lo que Jesús nos pide a cada uno de nosotros. Ser cristiano en nuestro tiempo, como en otros, no es fácil si se está inmerso en el mundo que nos rodea. Frente a ello, para tener perspectiva y ver lo que realmente nos circunda, necesitamos elevarnos, en nuestro caso, formarnos, conocer a Cristo y su obra: la Iglesia.
¿De qué manera podemos hacerlo?, ¿qué es lo más próximo?. Lo que está a nuestro alcance, sin dudarlo, es la Parroquia. Si la familia la aceptamos como célula básica de la convivencia y en ella está incardinada el cristianismo como fundamento de su existencia, la siguiente “célula cristiana” debe ser la Parroquia. ¿Qué hay en la Parroquia para considerarla como nuestra segunda casa?.
Algunas cosas; como la acogida, pues todos somos recibidos, escuchados, atendidos. Siempre habrá al menos, alguna palabra de orientación ante las dudas, y vemos que como nosotros, también hay otros. Y ahí, si sentimos la necesidad de cambiar el mundo, de hacer algo por y para los demás, tenemos un campo maravilloso. Empezando por nosotros mismos, formándonos, aprendiendo, conociendo de primera mano nuestras necesidades espirituales y las de los demás, y cómo resolver esas incógnitas, directamente, sin intermediarios.
Aprendiendo a saber ser y saber estar como cristianos, y así, poco a poco, haciéndolo propio, asumiendo el cristianismo como algo inseparable de nuestra vida, podemos hacer algo por los demás. Inicialmente con nuestro ejemplo, con nuestra confianza puesta en Cristo, siendo consecuentes con lo asumido.
Y después, una vez que Cristo es el centro de nuestra vida, podremos porque así surgirá de nosotros, dar a los demás, hacerles partícipes de Cristo, porque Él nos llena tanto de alegría que nos desborda, desde nuestro interior más profundo hasta más allá de lo más común de nuestro exterior, y sentimos la necesidad vital de que esa alegría nuestra la compartan los demás, de transmitir la alegría de ser cristianos.
Esa alegría de la que queremos hacer partícipes a los demás, no sólo se irradia por nuestras palabras, más o menos afortunadas, sino por lo que hacemos, por lo que mostramos de nosotros mismos, por lo que damos sin esperar nada a cambio. Nos alegramos porque los demás comparten con nosotros esa vivencia de Cristo que acoge a todos, incluso a los que no creyendo en Él también le reciben por medio de nosotros, como la mujer que perdió un dracma de los diez que tenía y barrió toda la casa hasta que lo encontró, y convocó, llena de alegría, a sus vecinas para compartir su gozo.
La Iglesia, Madre y Maestra, nos acoge, nos muestra a Cristo, sin que nos sintamos obligados a dar una contraprestación por lo recibido, que eso ya viene después, por nuestra propia necesidad, porque Cristo, una vez abierta la puerta de nuestro corazón de par en par, lo “invade” todo y maravillosamente lo inunda para que rebose. Y esa ayuda de Dios hace que nosotros ayudemos, que acompañemos a los demás hombres que lo necesitan, que buscan sin encontrar, en esta sociedad dañada, rota a veces, para encontrar el Evangelio como oferta de salvación, como cura y cuidado de la desesperanza, de la duda, de la cobardía, de la tibieza, del si pero no.
La Parroquia está como un faro, en lo alto de un monte, y la de San Jorge también, además físicamente. Tanto da y llena, que podemos decir como Pedro, en el monte Tabor : “Señor, que bien se está aquí…”. Pero no debemos olvidar que lo que hemos recibido también lo debemos dar de la misma forma.
Es un compromiso y aunque eso no está de moda, pues nuestra lista de prioridades comienza en el “yo” y termina en el “mi mismo”, si realmente queremos ser felices y eso es a lo que en verdad aspiramos y tenemos como objetivo, ello pasa y realmente se consigue en y con Cristo.
Filed Under: Portada


Bravo Floren. Qué gran alegato cristiano!!
Me quedo con: “…que acompañemos a los demás hombres que lo necesitan, que buscan sin encontrar, en esta sociedad dañada, rota a veces, para encontrar el Evangelio como oferta de salvación, como cura y cuidado de la desesperanza, de la duda, de la cobardía, de la tibieza, del si pero no.”
Muchas gracias.
Coincido plenamente con lo que dices.