La verdadera y perfecta alegría
Para un tipo duro de corazón y poco dado a iluminaciones, arrebatos y conversiones impactantes, puedo decir que si algo ha cambiado bruscamente mi vida, fue algo que escuché hace unos tres años, en una convivencia en las Clarisas de Avila con mi “otra parroquia” (el Pilar de Campamento, un abrazo si alguien de allí me lee). Al finalizar una misa, las monjas nos leyeron un pasaje de la vida de San Francisco de Asís.
Trataba de explicar a uno de sus frailes (Fray León) en qué consistía la verdadera y perfecta alegría. No consistía en convertir a toda la humanidad, en hacer milagros o en acabar con la pobreza. Y lo relataba así:
“Vuelvo de Perusa en una noche de invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas. Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco. Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camin.
E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; ya no te necesitamos.
Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche. Y él responde: No lo haré. Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí.”
Y concluye así este Santo:
“Pues te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma”
Cuando lo escuché, me quedé sin palabras. Os animo a leerlo, releelo, meditarlo, escandalizaros (yo alguna vez que lo pienso, me escandalizo de que San Francisco aceptara tanta injusticia), rezarlo…y en conciencia, decidid si lo debemos y podemos intentar aplicar a nuestra vida.
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Simplemente San Francisco fue consecuente . Basta con releer el Evangelio de San Mateo, Cap. 5, 38 a 48.: «Habéis oído que se dijo: ‘Ojo por ojo y diente por diente’. Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda.
»Habéis oído que se dijo: ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular?. ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial».
Los grandes santos nos resultan desconcertantes. En esta misma línea, San Ignacio de Loyola nos dice algo parecido en su meditación de las “dos banderas”, más o menos: partiendo del apego a la riquezas y el poder, iremos en búsqueda de la fama y del vano honor del mundo, para finalmente llegar a la soberbia y de allí a todos los vicios.
En cambio, renunciando a lo primero y viviendo en la pobreza espiritual (esto es: desprendimiento), y si Dios quiere, también en la pobreza efectiva, con la clara decisión de permanecer en su seguimiento, aún cuando se nos descalifique, humille o injurie, es decir, yendo en todo hasta las últimas consecuencias, de manera que sean tres los escalones: el primero, pobreza contra riqueza; el segundo, oprobio o menosprecio contra el honor mundano, y el tercero, la humildad contra la soberbia; tres escalones que nos han de llevar a todas las otras virtudes.
La única manera de llegar a la humildad, plataforma para alcanzar todas las virtudes, es a través de humillaciones. Eso es lo que recibe el santo Francisco, y por eso se alegra.
Y nosotros, cuando nos humillan… ¿nos alegramos?
yo desde que me leyeron este pasaje, intento alergrarme en las humillaciones, y muchas veces lo he conseguido, no lo digo en broma
me alegra, fedelena, q des sentido a lo q está escrito pues alguna vez he pensado q san francisco de asis iba demasiado lejos, q era un poco “masoca”, y q a Dios no le gustan las injusticias…lo q hacen los hermanos con San Francisco en ese relato es una injusticia evidente, seguro q Dios no la aprueba pero San Francisco en vez de rebelarse, se alegra…es un gran misterio.
Realmente impactante lo de este entrañable santo.
Cuánto nos queda, amigos…