Los talentos

En India aprendí que puede que lo útil sea lo que nos imponga la razón, pero que existe un valor en lo inútil (como escribió José de Pablo) que a veces se nos escapa. Hay valor en los cimientos destrozados tras el monzón después de días de trabajo. Hay valor en el tiempo disfrutado con los niños a pesar de no haber conseguido enseñarles una sola palabra de inglés. Hay valor en los juegos, en los abrazos, en las caricias.

Y darse cuenta de esto supone un gran cambio de mentalidad, supone dejar de sentirnos frustrados por no alcanzar los objetivos que nos habíamos fijado y pasar a sentirnos valiosos por todo aquello que, sin una utilidad cuantificable, nos hacía mucho más felices. Y entonces, dejan de importarte todas aquellas cosas que creías imprescindibles unas semanas atrás.

¿Cómo podríamos  quejarnos de tener que ir al río para disponer de agua cuando niñas que apenas levantan un metro del suelo lavan allí su ropa y la de sus hermanos? ¿Cómo podría yo cansarme de comer arroz todos los días tras ver el cariño con el que lo cocinan para mí? ¿Cómo podría dolernos la espalda por dormir sobre  esteras cuando  éstas son las camas de los niños que ahora duermen en el suelo para demostrarnos su hospitalidad? Como reza el verso de Guayasamín en la Capilla del Hombre: “Yo lloré porque no tenía zapatos hasta que vi un niño que no tenía pies“.

Siempre me ha llamado la atención la parábola de los talentos, aquella en la que el amo reclama a sus siervos los réditos de las monedas entregadas. No quiero que me suceda lo mismo que al siervo perezoso que guarda bajo tierra sus talentos, no quiero desperdiciar lo que se me ha dado.

Cada uno en su función, en su trabajo, en su vida, habrá de rendir cuentas de lo fructificado sobre aquello que un día se sembró en él. Y la única manera de que ese fruto sea valioso es  ofrecerlo a los demás. “Hacernos cargo de la realidad” -decía Ignacio Ellacuría- “Cargar con la realidad”. La realidad humana de un mundo que, parafraseando a  Terencio,  no puede sernos ajena.

Vicente Ferrer me dijo una vez que darse cuenta de eso suponía haber conseguido fijar el rumbo del viaje y que por mucho que virara el barco y la tempestad te desviase, siempre sabrías dónde regresar. Y de eso se trata a fin de cuentas, de caminar, de mantenernos conscientes, despiertos, de no traicionarnos y de terminar el camino con las manos llenas.

 

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Comentarios (2)

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  1. fedelena dice:

    Es importante ser agradecidos por los dones recibidos, y para eso hay que darse cuenta de que lo son, hay que ser consciente de lo que tenemos. El tremendo verso del que no tenía zapatos me recuerda una anécdota de un hombre que se creía el más desgraciado del mundo porque no tenía más que una manzana que comer. Cuando la terminó, tiró el corazón al suelo y siguió andando. Al volver la mirada vio a otro hombre que lo recogía para comérselo a su vez.
    Hay dones que cuesta especialmente reconocer, pero también lo son y también pueden dar mucho fruto. Por ejemplo, un amigo mío sufrió una caída montando en bicicleta que le afectó el cuello y estuvo varias semanas hospitalizado. Durante ese tiempo en el que ofreció su sufrimiento, un amigo suyo se confesó por primera vez en veinte años.

  2. pedro de benito dice:

    No es baladí el recordar la Comunión de los Santos. Confesamos en el Credo que creemos en ella. Y este misterioso (para mi) autor E.L.S. nos trae ecos de los artículos de Mota y Florentino. Sobre todo: la parábola de los talentos no puede estar mas clara; y viene directamente del Señor.

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