¿Era virgen la Virgen?

La maternidad virginal de María ha suscitado numerosas discusiones a lo largo de la historia. Todavía hoy mucha gente piensa que es más bien una creencia piadosa que un hecho histórico. 

Los argumentos son variados. Entre ellos, la imposibilidad natural de concebir sin mediar una unión física (al menos en aquella época, anterior a la fecundación in Vitro). La respuesta evidente a esta objeción reside en la omnipotencia de Dios. Si partimos de la base de un Dios todopoderoso, ¿qué dificultad podemos encontrar en el hecho de que, a la hora de encarnarse, lo haga como un diminuto embrión en el vientre de su Madre? ¿Es que nos parecería más “sencilla” una encarnación realizada directamente en un hombre hecho y derecho?

Hay quienes defienden que es imposible mantener la virginidad al dar a luz. De tal modo que, aun aceptando una concepción virginal, el paso del Niño por el canal del parto habría tenido como consecuencia la ruptura del himen, o la pérdida de la señal física de la virginidad, a pesar de no haber mantenido nunca relaciones. 

Aquí podemos apelar nuevamente a la omnipotencia del Señor. En primer lugar, es comprensible que Dios quisiera mantener a su Madre intacta, porque ello representa el signo visible de la integridad moral. Y en segundo lugar, podemos otra vez preguntarnos: ¿qué es más difícil, que un Dios se haga hombre, o que una mujer pueda seguir virgen después de un parto? No supone ningún asco a la doctrina el recurso de modo pasajero, por parte de quien ha creado el universo, a su superioridad sobre la materia para evitar esa consecuencia. 

Otro argumento algo más fino lo presentan quienes aluden a las propias Escrituras, que hablan de “los hermanos de Jesús”. Si Jesús tenía “hermanos”, lógicamente su Madre había tenido más hijos, arguyen. Recientemente leí un libro de un afamado autor protestante que calificaba de “patéticos intentos” de la Iglesia Católica de defender la virginidad de María.

Tristemente, lo que en verdad resulta a veces patético es la enorme ignorancia de quienes tienen la pretensión de saber sobre algo. Para cualquiera que conozca las culturas orientales, específicamente los pueblos del Medio Oriente, es sobradamente conocido que los parientes próximos se llaman entre sí “hermanos”. Un sacerdote escribió en un artículo reciente acerca de una visita a la India, cómo un chico joven le avisó de que se acercaba “su hermano”, y él se extrañó al ver venir a un hombre de avanzada edad. Luego supo que era el hermano del padre del muchacho, es decir, su tío. 

Entre los judíos era común referirse a los primos como “hermanos”. La misma palabra hebrea designa ambos grados de parentesco. Por lo tanto, el hecho de que en la Biblia se aluda a los “hermanos” de Jesús debemos leerlo hoy como los “primos”. Démonos cuenta adicionalmente de que si la Virgen hubiera tenido otros hijos y los seguidores de Jesús hubieran querido presentarla como madre virginal, habrían omitido estas referencias, que por otra parte hubieran sido conocidas por los contemporáneos, dada la proximidad entre las fechas de los primeros textos escritos de los Evangelios y los hechos relatados.

Los propios testigos pudieron leer (o al menos, si no eran literatos, escuchar la lectura) sobre los hechos de los que habían sido testigos presenciales. Como sabían perfectamente a quién se referían estas alusiones a los “hermanos”, no había ninguna necesidad de ocultarlos.

Aun otros proponen que san José, casi con toda seguridad, hizo uso de sus prerrogativas conyugales. Aquí podemos considerar dos cosas: en primer lugar, la probablemente importante diferencia de edad que les separaba (dado que San José ya había fallecido cuando la crucifixión).

Pero la principal es el mensaje que recibe del ángel en sueños: “no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo” (Mt 1, 18-24). Es bastante razonable pensar que un varón que es informado de un hecho de tal trascendencia es capaz de darse cuenta de que su mujer tiene un destino diferente del de las esposas corrientes y debe ser tratada de otro modo, por ejemplo reverencialmente, y por supuesto respetada en su voluntad de permanecer virgen.

El uso del apelativo “primogénito” referido a Jesús podría indicar según algunos que hubo otros “post-génitos”. Sin embargo, un hijo único sigue siendo el primogénito, y no se sigue necesariamente que tenga hermanos menores. La denominación también indica un respeto especial, característico del pueblo israelita, que asocia a la primogenitura unas particulares características, derechos y obligaciones.

En fin, la virginidad de María se basa en la maternidad divina y en una voluntad de Dios de preservarla de toda posible impureza, consagrándola a la altísima misión encomendada. Lo que aquí subyace es un bellísimo misterio de amor. Siempre habrá quienes rechacen esta realidad, por muchos argumentos que se les presenten.

Volvamos para terminar al pasaje de la Escritura que se refiere a los “hermanos” de Jesús (Mc 3, 31-35):

Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: “Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera”. Él les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos.  Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre“.

La revelación especial para nosotros es que estamos llamados a ser verdaderos hermanos de Jesús, en tanto que hijos adoptivos del Padre, y lo seremos en la medida en que nos parezcamos a su Hijo (haciendo la voluntad de Dios; escuchando Su palabra y cumpliéndola). Realmente todos hemos recibido inmerecidamente la filiación divina, y junto a ella además Jesús nos ha regalado a su Madre, como acertadamente ha interpretado el Magisterio en la Tercera Palabra que pronunció en la Pasión (Madre, ahí tienes a tu hijo; ahí tienes a tu madre).

Estos son grandes privilegios. Ojalá seamos dignos de recibirlos y profundamente agradecidos por unos dones tan desproporcionados e inmerecidos.

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Comentarios (5)

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  1. Ingrid dice:

    Muy completo este artículo sobre un tema que muchas veces suscita dudas. Me parece que a veces intentamos buscar explicaciones baldías de cosas que son, en el fondo, un misterio. Nos empeñamos en la literalidad de las palabras, dejando de lado algo tan central como esa omnipotencia de Dios que mencionas al principio del artículo. No podemos pretender entender siempre todo con la razón. Hay que dejar espacio para los misterios de Dios.

  2. Mota dice:

    Magnífico artículo Aldabón.

    Muy bien argumentado, muy bien explicado.

    Gracias.

    Muy interesante.

  3. Florentino dice:

    El Dogma de la Perpetua Virginidad se refiere a que María fue Virgen antes, durante y perpetuamente después del parto. La liturgia de la Iglesia celebra a María como la “Aeiparthenos”, la “siempre-virgen”.Si Dios es infinitoen todo incluso en su poder , ¿no sería limitarle a una leyes que Él ha hecho y que Él puede cambiar? ¿No es acaso mutable la ley humana? Pues con mayor razón, Dios Omnipotente puede cambiar las Leyes de la naturaleza que ha creado

  4. Padre Patricio dice:

    Querido don “Aldabón”, no tengo el gusto de conocerte. Ya que no suelo entrar a comentar, pero sí a leer las columnas de san Jorge digital, querría comenzar por agradecerte a ti y a todos los que participais vuestra dedicación. Es un estímulo para todos.
    En esta columna hay alguna cosa que me chirría y evidentemente no es que no esté de acuerdo con el asunto principal: la perpetua virginidad de María.
    Naturalmente se puede recurrir a la omnipotencia de Dios para responder las objeciones. Pero, ¡ojo! Qui nimis probat, nihil probat, o sea, “Quien prueba mucho, no prueba nada” (decía un viejo refrán latino). El misterio de nuestra fe consiente explicaciones más armónicas, más fascinantes, más respetuosas con la eventual objeción sorpresa que, en un hombre no necesariamente malintencionado, puede surgir ante este dato.
    Lo digo a modo de puntos:
    1. La virginidad de María ANTES del parto está relacionada con la CREACIÓN, donde también Adán fue hecho a partir de un principio creatural virgen: la tierra aún sin lluvia. Que Cristo sea concebido virginalmente, dicho con otras palabras, significa que es el nuevo ADÁN.
    2. Uno podría decir: y a mí, ¿qué?
    3. Se podría contestar: que Cristo sea concebido virginalmente indica, entre otras cosas, por ejemplo, que en Él todo adquiere un nuevo comienzo, mejor aún, todo puede siempre una y otra vez adquirir un nuevo comienzo, un nuevo comienzo puro de perfecta compenetración entre el Creador, la tierra y el hombre. Que nunca hay una situación que sea inexorable si el hombre se adhiere, gracias a la fe, a Cristo, el nuevo Adán, donde todo comienza.
    4. Esto siguiente me parece, tal vez, más importante en cierto sentido y me llama la atención que nadie haya reaccionado: ¿qué significa que el hecho de que el parto no rompiera la integridad física de María es un signo visible de la integridad moral de ella? O más adelante, dices que Dios quiso preservar a María de toda impureza. Resulta un poco ambiguo. Pero por eso quiero aclarar que para la fe cristiana el hecho de que una mujer no sea virgen no supone que ha perdido la integridad moral. Dependerá de las circunstancias. Y también viceversa: el hecho de que sea virgen, tampoco significa que sea moral íntegramente. (El bueno de san Agustín decía: “prefiero una casada humilde a una virgen orgullosa”). Si María es virgen después del parto no es porque Dios la preservara de “posibles impurezas”. Un varón y una mujer, unidos en el Señor, no se contaminan por unirse físicamente. Habrá otras razones, sin duda, pero no esa. Y yo creo que hay que buscarlas más por lo que tú mismo apuntas al final de la columna: que María, Madre virgen del Señor, lo es también de todos los hombres.
    5. A Jesús se le llama “primogénito” en más de una ocasión. A secas, cuando se hace referencia al cumplimiento de la ley por la que todo chavalín primogénito tenía que ser presentado al templo (evidentemente, todo chaval judío presentado era el primer hijo y luego podían venir o no más hermanos. En el caso de Jesús no vinieron más). Después, a Jesús se le llama “primogénito de la creación” o “primogénito de entre los muertos”. Aquí, sí es el primero de una familia numerosa, tan numerosa que si por él fuera, querría que no hubiese ninguno de los hombres que no fuese hermano suyo. Él ha abierto la creación a un parto (la resurrección y ascensión) a donde quiere que le sigamos todos sus “hermanitos”.
    6. Bueno, tienes toda la razón cuando explicas qué significa “hermano” y también en el recurso a la omnipotencia divina. Pero no se puede abusar de él. De lo contrario, no habría entonces discurso teológico apenas ni se haría justicia al modo tan humano y trabado con el que Dios nos ha salido al encuentro.
    7. El tema da más de sí. Y no hemos apurado las razones.
    Hay un libro de Ignace de la Potterie, “María en el misterio de la alianza”, BAC 533, Madrid 1993, recomendable. Trata abundantemente del tema en la I Parte.
    Un fuerte abrazo,
    Patricio

    • Aldabón dice:

      Querido Padre Patricio, muchísimas gracias por estas precisiones con las que estoy plenamente de acuerdo. Uno intenta con su mejor voluntad presentar las cosas, pero no siempre salen perfectamente… :-)
      Probablemente no es tan importante buscar muchos argumentos cuanto aceptar y contemplar con humildad y asombro el profundo misterio de amor que subyace a la virginidad perpetua de María.
      Un abrazo.

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