¿Sabía Jesús Quién era?

Entre ciertos teólogos y no pocos creyentes circula la idea de que Jesús, durante la mayor parte de su vida, no fue humanamente consciente de ser el Hijo de Dios. Para algunos, este conocimiento se produciría en el bautismo en el Jordán. Para otros, en la oración de Getsemaní. Según argumentan, la presencia divina estaba oculta a la presencia humana.

 

Sin embargo, esta interpretación no es consistente con la Sagrada Escritura. En el Evangelio según san Lucas encontramos el episodio del Niño perdido y hallado en el Templo (Lc 2, 41 ss.). Las familias israelitas tenían la costumbre de peregrinar al menos anualmente a Jerusalén.

 

Este viaje se hacía en grupos numerosos, unidos a caravanas, y era corriente que los varones y las mujeres formasen dos grupos separados, con los niños normalmente acompañando a estas últimas. Jesús, por ser ya un mozalbete, podía ir con San José o con la Virgen María.

 

Por eso no se preocuparon ni lo echaron en falta, hasta que, en un descanso se juntaron ambos adultos y se dieron cuenta de que el chico no estaba con ellos. Tras buscarlo regresan a Jerusalén, y lo encuentran en el Templo, discutiendo con los doctores de la Ley, asombrándoles por sus preguntas y su inteligencia. Cuando le reprenden por haberse ausentado sin avisarles, Jesús responde: “Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”. En otras traducciones se habla de “los asuntos de mi Padre”.

 

En todo caso queda claro que Jesús se está refiriendo a Dios, que es Quien habita en el Templo, como su Padre. Quizá hoy a nosotros no nos dice nada especial esta manera de aludir a Dios. Pero entre los judíos, criados en un temor reverencial a Yahvé, no era frecuente emplear este apelativo. Y mucho menos a título personal. Sin embargo, esto es lo que hace Jesús de modo consistente en todos los momentos en los que alude a Dios.

 

Incluso en algunos casos distingue entre la relación de filiación que tiene Él y la que tenemos nosotros: “subo a Mi Padre y a vuestro Padre” (Jn 20, 17). Puesto que Él es el Hijo engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre; mientras que nosotros somos criaturas, elevadas a la categoría de hijos de Dios por adopción.

 

Podría objetarse que no parece tener mucho sentido que alguien que sepa que es el Verbo encarnado se dedique a vivir una vida oculta, oscura, casi anodina, durante más de treinta años, máxime si tenía la misión de redimir a la humanidad. De haberlo sabido, seguramente se hubiera puesto manos a la obra.

 

Pero la realidad es otra. Precisamente porque viene a redimirnos, Jesús vive treinta años de vida oculta. Jesús nos redimió con cada segundo de su vida, desde que se hizo un diminuto cigoto en el vientre de María. Una de las enseñanzas de esos largos años es que la vida ordinaria es el lugar y la ocasión donde tenemos la oportunidad de cumplir la voluntad de Dios y de santificarnos. Las pequeñas renuncias, el “minuto heroico”, los actos anónimos, los gestos cotidianos, son todos ellos momentos de Dios.

 

Ya en el Concilio de Toledo (años 400-447), se define el Símbolo “Quicumque” (“Es necesario para la eterna salvación creer también fielmente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y hombre…”). Y en el Concilio de Calcedonia (451) se desarrolla el concepto (… “Nuestro Señor Jesucristo el mismo perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en la humanidad… que se ha de reconocer en dos naturalezas: sin confusión, sin cambio, sin división sin separación, en modo alguno borrada la diferencia de naturaleza por causa de la unión, conservando cada naturaleza su propiedad y concurriendo en una sola persona”).

 

Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. No es que esto no se creyera anteriormente, sino que las herejías de la época propiciaron una declaración solemne por parte de la Iglesia. Las desviaciones de la doctrina no son algo exclusivo de nuestros días. Siempre ha habido, y seguirá habiendo, personas “originales” que deciden que saben más que el Papa y los Obispos reunidos en Concilio, más que los Padres de la Iglesia y más que dos mil años de Tradición.

 

Afirmar que Jesús no sabía que era el Verbo encarnado carece de fundamento. Y no añade nada que sea decisivo para nuestra salvación. Una posible razón de plantear esto podría ser el reducir de alguna manera la figura de Jesús. Sería una especie de títere, una marioneta manejada hasta el último momento, en que pudo aceptar su destino casi a regañadientes.

 

Jesús demuestra un conocimiento de lo que le espera al final de su vida en la tierra en varias ocasiones. Por ejemplo, en el camino de Cesarea de Filipos (Mc 8, 31) les explica a sus discípulos que tendría que padecer y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día, momento en que San Pedro le reprende y Jesús reacciona violentamente (vade retro, Satana).

 

En el episodio de la expulsión de los mercaderes del Templo, cuando le piden una justificación de su conducta (recordemos que Jesús toma un azote y los echa violentamente, tirando las monedas, volcando las mesas…), les responde diciendo: “Destruid este Templo y en tres días lo levantaré”, refiriéndose, naturalmente, no al edificio, sino a su propio cuerpo.

 

Y en la Carta a los Hebreos, de modo inequívoco: «Por eso, al entrar en este mundo, [Cristo] dice: No quisiste sacrificio y oblación; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo [...] a hacer, oh Dios, tu voluntad!» (Hb 10, 5-7).

 

Parece claro que Jesús sabía, desde el instante de su concepción en el seno virginal de María, que era el Verbo, el Hijo de Dios, y que se hacía hombre cumpliendo la voluntad del Padre con el propósito claro de la Redención. Creer lo contrario no se ajusta a lo revelado en la Sagrada Biblia.

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Comentarios (2)

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  1. Ingrid dice:

    Federico, muy profundo y documentado tu  artículo, como todos los que contribuyes a SJD. Gracias.  Mis escasos conocimientos no me dejan hacer un comentario sólido así que prefiero usar tu artículo para meditar.

  2. Ana dice:

    Federico, yo también me remito a lo que dice Ingrid sobre tu artículo.En esta Semana Santa en la que me es difícil acceder a una Capilla, salvo Misas de Domingo de Ramos y Resurreción ya en Madrid, las columnas de SJD me ayudan a meditar, pensar, informarme. En definitiva a orar, porque cada renglón te lleva a ello.
    Gracias por tu colaboración.

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