El otro día cogí un taxi

El otro día cogí un taxi. Las conversaciones en los taxis son siempre igual de variadas: el tiempo,  la noticia del día, ¡uy qué mal está el tráfico!, te subes y no esperas nada más que llegar  a tu destino lo antes posible.

El otro día cogí un taxi. Pero esta vez no iba a ser una carrera cualquiera sino que, por raro que parezca, recordé en  el corto trayecto, gracias al taxista, el sentido de mi vida.

-         ¡Qué buen día hace hoy!  - prácticamente siempre empieza el taxista la conversación-.

Pero, ciertamente, esta vez no era un decir, porque era un magnífico día. No sólo era un buen día por el maravilloso sol y los 25 grados en pleno invierno, sino porque verdaderamente el día no pudo ser más perfecto. Para que os hagáis una idea me jugaba el puesto de trabajo en una conferencia. Esa misma mañana justo antes de salir, cogí una cruz, una cruz muy importante para mí, pequeñita, que me metí en el bolsillo, y recé: “no me dejes sola”. El día salió entonces perfecto (¿casualidad? No lo creo).

Aún así, yo que iba pensando en mis cosas, pensando que en el día Dios me había regalado bastante, el taxista siguió hablando.

-         ¿Sabe usted? ¡Qué suerte tenemos! Porque tenemos de todo, yo tengo la suerte de ser taxista, y soy muy feliz.

Empecé a prestar atención, ya que para una conversación interesante que hay en un taxi…

-         ¿Puedo hacerle una pregunta personal?

Eso ya… no me hizo tanta gracia, pero ¿Qué vas a contestar? Posiblemente no tuviera importancia alguna así que asentí.

-         ¿A que es usted cristiana? Vamos… que…. ¿A que usted cree en Dios?

La sorpresa no pudo ser mayor, es más, me pareció tan sumamente surrealista que apenas pude contestar.

-         ¡Lo sabía!, lo sabía desde que montó en el taxi, es que esas cosas se notan, ¿sabe usted? Yo también creo en Dios.  Y Dios te ha regalado este día, a ti, y hay que estar agradecido por todo lo que nos da y no nos damos cuenta. Que haya cogido este taxi no es casualidad. (…) Porque Dios nos dijo “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

 

Esa misma mañana le había pedido al Señor que no me dejase sola y ahora, a través de un taxista me recordaba que no lo estaba, ¿podría estar sucediendo de verdad?

 

Llegamos al destino.  Dios en los demás, ¿podría demostrarse mejor? Aún escribiendo esta columna me parece mentira que me pasara a mí, Dios vino a mi encuentro, y aunque había respondido a mi plegaria de la mañana con creces no dejó que se quedase ahí, quiso que me quedase claro: Él está conmigo, con todos nosotros, todos los días. 

 

Ahora Le tocaba acompañar a otro. El taxista se quedó mi cruz.

 

 

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Comentarios (6)

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  1. pati linares dice:

    Qué pasada!!! Pero si es que verdad!!! Si es que es ASÍ…

  2. MGA dice:

    ¡Un artículo muy bueno! Entretenido y divertido. Es cierto que en el día a día Dios nos habla de muchas maneras. Solo hay que saber interpretarlas. ¡Enhorabuena!

  3. Federico Deleña dice:

    Dios está en todas partes. Hasta en los taxis… y todos nosotros podemos ser “otros Cristos” para los demás, con una palabra, con un gesto, con una sonrisa… solo en el cielo sabremos el inmenso bien que hemos hecho con esos pequeños actos.

  4. Mota dice:

    Fresco. Directo. Rápido.

    Muy bueno, Ania.

    Y toda la razón. Qué gusto da cuando reconoces a Cristo en aquél que, ni de lejos, te lo esperabas.
    En los que te lo esperas, también. Y mucho.

  5. Ania dice:

    Gracias por vuestros comentarios ! La verdad es que cuando vives situaciones así te das cuenta de que Dios sale a tu encuentro, sin más, en los lugares menos esperados. Me alegro de que os haya gustado.

  6. Floren dice:

    Y es que Dios está aquí, tan cierto como el aire que respiro… Aunque suene a canción, que lo es es verdad, sólo con abrir los ojos del alma, ¡si!, ¡lo he dicho bien!, ¡¡los ojos del alma!!, se le ve. Eso es una experiencia de vida, sincera y verdadera.

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