Pasajes preferidos: las bodas de Caná
Una de mis lecturas favoritas de la Biblia es la de las bodas de Caná. Leemos en el capítulo 2 de San Juan:
“En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino y la madre de Jesús le dijo: “No les queda vino”. Jesús le contestó: “Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora”.
Su madre dijo a los sirvientes: “Haced lo que Él os diga”.
Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dijo: “Llenad las tinajas de agua”. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó: “Sacad ahora, y llevádselo al mayordomo”. Ellos se lo llevaron.
El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: “Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú en cambió has guardado el vino bueno hasta ahora”.
Así, en Caná de Galilea, Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él”.
Este bellísimo y corto pasaje contiene muchos elementos de la revelación que por limitaciones de espacio no es posible desarrollar aquí. Voy a centrarme en hacer unas breves reflexiones sobre el papel que juega la Virgen María.
En tiempos de Jesús las bodas duraban varios días. Era costumbre que los invitados acudiesen desde diversas partes del país y se alojasen, bien en la casa de los anfitriones, bien en las de sus parientes, bien en posadas, y mientras se celebraban las nupcias, los huéspedes eran alimentados copiosamente. El hecho de que se quedasen sin vino hubiera puesto en un grave aprieto a los novios y sus padres ante sus parientes, amigos e invitados.
La Virgen María nos da una muestra de delicadeza, de estar pendiente de las cosas. Podemos imaginar el ir y venir de los sirvientes inquietos y preocupados (“se está acabando el vino”; “no va a llegar para todos”; “¿qué hacemos?”).
Ella sabe Quién es su Hijo. A pesar de que durante unos treinta años ha convivido con Él y no se ha manifestado, dentro de su corazón recuerda episodios significativos, como las palabras del Ángel, las del anciano Simeón y la profetisa Ana, así como el extraño suceso en que se perdió, de niño, y tras buscarle le encontraron en el Templo, discutiendo con los doctores de la Ley como uno más entre ellos.
Llena de confianza, y llevada de su afán de ayudar a los anfitriones para evitarles el apuro, se dirige a su Hijo. Con una petición implícita, que casi parece no decir nada; pero Jesús lo comprende perfectamente.
La respuesta que le da a su Madre parece algo dura. Recordemos que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre. Entre otras cosas, no puede mentir. Por lo tanto, lo que le está diciendo a su Madre es que no va a intervenir de un modo sobrenatural para resolver el problema, dado que todavía no es el momento de comenzar a manifestarse.
La actitud de la Virgen nos puede parecer sorprendente, pues da la impresión de que no hace caso a la negativa de su Hijo. Se incorpora, se acerca a los sirvientes, de algún modo les transmite confianza en que les va a ayudar, los lleva donde Jesús y les indica: “haced lo que Él os diga”.
Podemos imaginar la disyuntiva de Jesús. ¿A quién hace caso: al Padre, o a su Madre? Pues de su respuesta anterior no podemos deducir otra cosa que su intervención en esa circunstancia no estaba dispuesta por el Padre.
Lo que ocurre en realidad no lo sabemos, pero podemos aventurar algo que no es fácil de explicar; podemos decir que, en cierto modo, María consigue “cambiar” la voluntad del Padre.
Vamos a intentar aclarar esto. Naturalmente Dios sabía perfectamente lo que iba a ocurrir, y no hubiera podido pasar sin su aceptación. Pero podemos pensar que lo que Él quería era precisamente verse “doblegado” por la Virgen. Dios Padre esperaba ese gesto de petición humilde y confiada para indicarle inmediatamente a Dios Hijo que sí, que llevara a cabo el milagro de la conversión del agua en vino y comenzase su vida pública.
Un mensaje fundamental para todos nosotros es que aquel que acepta plenamente la voluntad de Dios puede ser capaz a su vez de conseguir que Dios haga lo que le pide. Esto de hecho lo han conseguido muchos santos a través de la historia, como por ejemplo Santa Teresita de Lisieux con la conversión de su primer redimido, el célebre asesino Pranzini.
“Haced lo que Él os diga”. Estas palabras nos las dirige la Virgen hoy también a nosotros. Para que Jesús resolviera el problema de los novios fue preciso que los sirvientes llenaran las tinajas de agua, cosa que hicieron a pesar de que seguramente les pareció un gesto inútil. Esto es una gran enseñanza para nosotros. A veces Dios nos pide cosas que nos parecen incomprensibles e injustificadas.
Pero es que Él quiere que pongamos de nuestra parte eso que a lo mejor nos puede parecer absurdo, para luego Él intervenir y hacer el milagro. Como pasó en la primera multiplicación de los panes, donde era evidente que los cinco panes y dos peces aportados por un muchacho eran ridículamente insuficientes para alimentar a los miles que se habían juntado.
Dios tiene siempre en sus designios un papel que espera que realicemos, pero lo deja a nuestra elección.
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Como todas tus columnas sobre pasajes de la Biblia: magnífica.
Además, concidimos muchos en los “pasajes preferidos”.
Me encanta tu profundizaión en momentos de la vida de Jesús que, de por sí, son preciosos.
Muchas gracias.