TESTAMENTO DE UN MONJE PIRÓMANO
El pasado 22 de abril falleció en Fukushima el monje zen Hayashi Yooken, quien en 1950 incendiara el Pabellón de Oro de Kyoto, por lo que fue condenado a 7 años de prisión y a ostracismo de por vida. Este escrito fue encontrado en su celda entre sus escasas posesiones.
Me llamo Hayashi Yooken y tengo ochenta años. A los 13 fui admitido como novicio en un templo Kyoto. Mi madre se suicidó cuando yo tenía 19 años, arrojándose a la vía del tren después de conocer que el hijo que ella había engendrado había violado el gimu y el giri (1). Cumplí una leve pena de cárcel hasta los 25 años, y desde entonces cumplo otra pena, ésta cruel y despiadada: vivir estando oficialmente muerto, para que nadie pueda hacer de mí una celebridad. Me hubiera gustado poder poner fin a mi sufrimiento acabando con mi vida como tantos de los que me han precedido también en el camino de la vida y de la desesperanza, pero jamás hubiera podido expresar, como ellos, mis motivos a un mundo para el que no existo desde que, en el año 24 del período de la paz ilustrada, prendí fuego al Pabellón de Oro (2).
Mi tartamudez y mi raquitismo me hicieron amar la belleza desde mis primeros años, y pronto acabé amando el dorado templo con una pasión que jamás podría conceder a ningún ser vivo. Pero la belleza puede convertirse en un tormento para el alma, como dijo Mishima (3), y la pasión, en un veneno de consecuencias impredecibles. El hombre que ama un objeto equivocado, sean los placeres sensuales, sea su propio gozo o su propia paz interior, añade a los sufrimientos naturales procedentes del dolor -nacimiento, enfermedad, vejez y muerte- un ansia que le acaba destruyendo (4). Sin saber cómo, el hombre se va haciendo presa de sus pasiones y en ellas encuentra el vacío y la desesperación, el bonyaroshita fuan, el sombrío desasosiego de Akutagawa (5).
El mundo que estoy cercano a abandonar no ha querido aprovechar la oportunidad de llevarse mi vida junto con la de los 14.000 de mis vecinos de Sendai cuyas existencias ha barrido el mar enfurecido o sepultado la tierra que tiembla. En cambio, ha querido obligarnos a los que ha dejado vivos, y sobre todo a los miles de familiares y amigos de los muertos, y a todos los que tenían alguna propiedad o interés en la franja de 2 li (6) que ha quedado devastada por la fuerza incontrolada de la naturaleza, a plantearse qué tienen que purificar en sus almas. Ahora mis convecinos sufren por el apego a sus vidas, a sus familiares, a sus proyectos, del mismo modo que mi pasión por la belleza del Pabellón ha sido la fuente del dolor de mi vida. E igual que mi corazón ha conocido la desesperanza, así los suyos sufren por haber puesto sus afanes en tesoros que se puede llevar el agua en un instante.
¿Es acaso la naturaleza perversa, o está movida por un Poder que desea mal al hombre? Algo en el alma nos dice que la Naturaleza en su orden es intrínsecamente buena, aun en sus dramáticos ajustes. ”La naturaleza es bella —dice Akutagawa—, porque viene a mis ojos en los últimos momentos”. Cuando hace un año el terremoto de Puerto Príncipe sepultó a un país entero y miserable, Occidente se preguntaba “¿dónde está ahora tu Dios?”. Sin embargo, de entre los escombros se levantaron las gentes para cantar y alabar a ese su Dios, sublimando su sufrimiento, de igual modo que nosotros entonamos namu amida butsu, ”honor a la luz infinita” (7).
Ignoro si en mi larga vida de meditación he encontrado la iluminación que hiciera de mí un buda, un conocedor. Pero después de nueve veces nueve años (8), no puedo sino estar de acuerdo con Kawabata en que por más alejado que uno pueda estar del mundo, el vacío no es una forma de iluminación (9). Si así fuera, la muerte sería la respuesta a la vida, pero como escribió en Mil grullas, la muerte, simplemente, interrumpe la comprensión. Mi pasión me lleva una y otra vez de vuelta a las cenizas del Pabellón de Oro, donde creí haber matado, como en un tsunami, mis afectos desordenados, y donde a la vez me encontré con el sombrío desasosiego del vacío absoluto.
Pero, ¿cuánto tiempo puede pasar hasta que mi deuda quede pagada? ¿se me permitirá vivir de nuevo antes de morir? Mi pobre naturaleza, débil y tartamuda, se rebela contra Kanawata cuando sentenció en Lo bello y lo triste que ninguna ofensa quedará impune, y que toda nuestra existencia nos veremos atormentados por la desazón de lo que pudo ser, así como de los errores que pudimos predecir en aquellos momentos en que ni experiencia ni iluminación nos habían capacitado para distinguirlos. Cuando el hombre comete desmanes no piensa en el tiempo como asentador de sedimentos amargos, y Kanawata tiene razón en decir que el castigo por los propios actos son como una catástrofe natural. Pero ¿no es acaso posible que el hombre pueda volver a nacer?.
Al contemplar ahora el Pabellón reconstruido, mis ojos se elevan hasta el fénix de oro que lo corona y que, a su vez, ocupa el lugar más profundo de su reflejo en el estanque. El fénix que, renacido de sus propias cenizas, de las del buda que custodia y las del propio templo de oro, me grita en lo más hondo de mi ser que tiene que haber un término de misericordia, pues ningún hombre es inocente frente a lo infinito. Deseo con todo el ardor de mi corazón que el fénix, con la muerte que le provocó mi locura, me rescate del fondo del abismo donde se refleje y me devuelva consigo a la vida en el Pabellón renovado, donde el oro que lo recubría antaño se ha multiplicado hasta el infinito (10).
Si pudiera habitar otra vez en el Pabellón, a la sombra de las alas del fénix, en la sala dorada de la tercera planta, junto a las cenizas del buda, el vacío y la muerte de mi corazón estarían entonces redimidos. Sería yo casi otro fénix, que no dudaría en sumergirme en el fondo del estanque a rescatar a todos los que han perdido vidas o haciendas en los tsunamis de la existencia, para invitarles a refugiarse conmigo en el pabellón, aunque ello me costara la vida: pues ya podría dar lo que ahora no tengo, y lo haría en la certeza de que, como un nuevo fénix, volvería a renacer de mis cenizas y habitar en el Pabellón de Oro por años sin término.
(1) En Japón la existencia se concibe tradicionalmente como un sistema de obligaciones contraídas (on) a las que se corresponde de forma existencial (gimu) y práctica (giri).
(2) Es el año 24 del reinado del emperador Hirohito, que corresponde a nuestro 1950.
(3) Yukio Mishima, escritor japonés (1925-1970) que se suicidó haciendo el seppuku y que escribió “El Pabellón de Oro”, recreando la historia de Hayashi Yooken.
(4) Según el budismo, el ansia o deseo es la fuente del sufrimiento. Los cuatro sufrimientos procedentes del dolor en realidad están motivados por el ansia de comodidad y bienestar.
(5) Ryonusuke Akutagawa, escritor japonés (1892-1927) que se quitó la vida después de dejar detalladamente escritos los motivos que le conducían a ello. Sus últimas palabras fueron bonyaritoshita fuan, ”sombrío desasosiego”.
(6) Dos lis son aproximadamente 8 kilómetros.
(7) Un mantra muy utilizado por los monjes zen.
(8) El número 9 tiene gran contenido simbólico en el budismo, pues representa el anuncio de la perfección que es el 10, y por tanto la perfección absoluta, pues en el anuncio de la plenitud está la plenitud, mientras que en ésta está ya el anuncio de la decadencia.
(9) Yasunari Kawabata, escritor japonés (1899-1972), nobel de literatura en 1969. Aunque criticó el suicidio de Akutagawa o MIshima, como si sólo se tratase de una tradición más que no pudiese ignorar, terminó por suicidarse inhalando gas.
(10) Cuando el Pabellón fue reconstruido en 1955, se recubrió de oro no sólo el tercer piso y el fénix que lo remata, sino también el segundo piso, y se hizo con un oro mucho más grueso que el original. Se adoptaron además todas las medidas para prevenir en lo posible un nuevo incendio.
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Hay una cita del eclesiastés que me recuerda a tu artículo “He observado cuanto sucede bajo el sol y he visto que todo es vanidad y atrapar vientos” (Qo. 1,14)que centramos nuestra vida en lo que no es, nos aferramos a los sueños, a lo que nos han enseñado que es lo “importante” y cuando llega la ola nos damos cuenta de que no nos queda nada. Con suerte entonces enloquecemos para ser capaces de volver a lo fundamental, para volver a nacer en Dios.
Creo que lo que tenía este hombre es el síndrome de Stendhal. Pero efectivamente “omnia vanitatis”. Cuando el tsunami se lo ha llevado todo es más fácil volver al “amor primero”, de ahí que el sufrimiento en realidad no lo ha causado el tsunami en sí, sino el apego a las cosas que éste se ha llevado por delante: incluso si son lícitas, no dejan de apartarnos del Amor de Dios…
Impresionante cómo el fénix reproduce la imagen de Cristo muerto y resucitado y cómo nos redime de nuestros pecados, y responde a los anhelos más profundos del corazón humano, y por tanto pecador…