Con el corazón desenchufado
A veces vivimos con el corazón desenchufado.
Esta mañana me he vestido a toda prisa porque llegaba tarde a trabajar. He salido corriendo a la calle, casi sin saludar a Luis, que estaba en el portal de casa. He subido a un autobús. Iba pensando en lo que tenía que hacer. He saludado con un seco “hola” al entrar y me he metido entre la gente, que se apretaba por el pasillo del autobús, intentando no rozarles al pasar y pidiendo perdón con cortesía. Al llegar a un hueco, me he quedado.
He sacado el periódico y he empezado a leer. Me han llamado la atención un par de anuncios, por el peinado y la ropa de las modelos de las fotos. He leído en diagonal los titulares, algunos de ellos trágicos y terribles. Las declaraciones de un político me han irritado profundamente: algunas personas, en cuanto abren la boca, no hacen sino ofenderme. No he querido detenerme en ello porque no tenía mucho tiempo que perder. Iba a llegar a la parada.
He alargado el brazo para salir de entre la gente y me he lanzado corriendo a la calle. Mientras andaba, agobiada porque los tacones se colaban entre las juntas de los adoquines, he mirado un par de escaparates. También me han llamado la atención unos anuncios que han puesto ahora con un montón de chicas en bikini y me he preguntado cómo harán para estar tan en forma. Me he apurado, porque llegaba tarde. He corrido los últimos metros, con los tacones torciéndose a cada paso.
Al llegar, he saludado por encima a los que ya habían llegado. Me he sentado en el ordenador y he estado revisando documentos. Cuando me he conectado a Internet, me he quedado mirando algunas fotos de playas del Caribe, que ponen ahora para que nos animemos a irnos de vacaciones. He seguido trabajando, concentrada.
A mediodía he comido con algunos compañeros. Uno estaba muy irritado por las declaraciones del político en el periódico, y hablaba con violencia. Otra estaba agobiada con su hipoteca. No hemos comentado nada sobre las tragedias que se habían publicado en la prensa de hoy. Sí hemos estado hablando con cierto desencanto de cómo funcionan los bancos, el gobierno, las instituciones.
Después hemos seguido trabajando, concentrados.
Llevo todo el día con el corazón desenchufado. Llevo muchos días viviendo desconectada. ¿Días? Meses quizás… tal vez esto sea lo habitual. Si alguien sufría a mi lado, no me he enterado. De hecho, tampoco me he enterado muy bien de si yo misma estaba sufriendo, estaba feliz o estaba incómoda. No he tenido tiempo para encontrarme con alguien y charlar con espontaneidad. O quizás sí he tenido el tiempo, pero no lo he hecho.
¿Te suena esta historia?
¿También tú vives con el corazón desenchufado?
Necesitamos una afectividad nueva. Una afectividad que no esté forzada ni dominada por los estímulos de las fotos y las vallas publicitarias. Necesitamos una sensibilidad fresca, que no esté atada a ideologías. Nos hace falta un corazón que no esté anestesiado ante el dolor humano. Tenemos que enchufar nuestro corazón de nuevo, para vencer el desencanto.
En palabras de Benjamín González Buelta, S.J.:
“Tenemos que leer con ojos nuevos las plazas y las calles, los periódicos y las pantallas de cine, para poder sentir y gustar el encanto de la humildad de Dios, que nos sirve a todos con una discreción infinita” (Caminar sobre las aguas. Nueva cultura, mística y ascética, Sal Terrae, Santander 2010, p.75).
A Dios no se le han agotado el amor y la imaginación para transformar nuestra realidad. Tal vez a nosotros, sí. Enchúfate a la imaginación inagotable de Dios, a su amor creador y que todo lo renueva. Y asiste al milagro de la nueva creación que ya ha empezado a germinar.
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Estimada María, permíteme que te de una solución que a mi me viene de maravilla y me sirve durante casi el resto del día, me santiguo y rezo o un Ave María o un Padrenuestro al salir de mi casa, antes de entrar en el ascensor. Es maravilloso, de efecto inmediato y de amplia duración. Cuando vuelvo a casa, por el camino rezo y “recupero fuerzas”. Esa es mi práctica para ejercitar el “enchufismo” y “Conectar con Dios”. A veces cuando voy o vuelvo de San Jorge, me encuentro con una pareja de monjas de la Residencia que van o vienen con un carrito de la compra en una mano y en la otra el Rosario, ese es su “secreto” para la felicidad.
CREO QUE MUCHOS NOS VEMOS REFLEJADOS EN ESE DÍA TUYO, LORELEY. LA VERDAD ES UN CANTO DE SIRENA QUE NOS ATRAE IRRESISTIBLEMENTE. LA RECETA DE FLOREN ES EFICAZ, SIN DUDA, PERO EXIGE ADEMÁS UNA ACTITUD ANTE LA VIDA QUE NOS DA TANTA PEREZA CAMBIAR…
Muchas gracias a los dos.
Efectivamente, este relato no es una confesión para pedir ayuda, sino un reflejo de lo que muchas veces es nuestra vida… sólo el relato anodino y vacío de muchos de nuestros días nos hace caer en la cuenta de que lo que vivimos no es lo que deseamos.
En realidad anhelamos vivir “enchufados” a Dios: tener una nueva sensibilidad que convierta nuestra mirada y nuestra palabra en oración, que nos permita reconocer al Señor allí donde esté y sin movernos; sin forzar su entrada con una oración, como si se tratara de un nivel que se superpone a lo que vivimos sin llegar nunca a mezclarse con ello.
Deseo descubrir, a cada momento,“el encanto de la humildad de Dios, que nos sirve a todos con una discreción infinita”, como dice Benjamín González-Buelta.
Lo pido para todos: que el Señor se vuelva intimidad con nosotros, que sea nuestra cotidianidad… y que lo sea no porque recurramos a Él con frecuencia, sino porque nuestros ojos comiencen a VER y descubramos que Él está en cada lugar, en cada hombre y en cada mujer, antes de que nosotros nos demos cuenta, y sin que nosotros tengamos que hacer nada para “llevarlo”.
Me parece que uno de nuestros problemas es que no estamos dispuestos a renunciar a determinadas cosas: un buen puesto de trabajo, un buen sueldo,prestigio profesional, status económico y social, comodidad… y, claro, nos metemos en la vorágine. Acabamos engullidos por la prisa que parece tener nuestra sociedad para ir a ninguna parte. Y así nos va…
Volver al amor del principio.
″Pero debo reprocharte que hayas dejado enfriar el amor que tenías al comienzo” (Ap 2, 1-7).