Pequeñas historias de un Papa

 “Mi pequeño homenaje pretende recordar y reproducir algunas anécdotas, quizá alguna muy conocida, pero que nos muestran cómo era este gran Santo.”

No voy a extenderme en demasía sobre las emociones, sentimientos, y circunstancias de la Beatificación de S.S. Juan Pablo II , pues comprobar cómo “media” Polonia estaba en Roma ese día, cómo banderas de todo el mundo, se alzaban aquí y allá cuando encontraban un pequeño hueco entre la multitud que, en algunos momentos, impedía materialmente incluso desmayarse o sentarse en  el suelo,  a pesar de la temperatura y del “calor humano” en las plazas de Roma, y no sólo en San Pedro o en la Vía de la Conciliación. 

He asistido a manifestaciones, concentraciones, romerías, eventos de distinto tipo, pero puedo asegurar, que como ese día en Roma, no tengo otra referencia semejante en cuanto a asistentes a un acto, pues aunque fuese ante una pantalla en la “Piazza del Risorgimento”, a la vista de la cúpula de la Basílica de San Pedro, aquello a las cinco y media de la mañana estaba ya lleno de gente.

Era algo que se debía a Juan Pablo II, y que todavía tendrá una segunda oportunidad cuando el Papa de nuestra juventud, de nuestra madurez, de nuestra vida sea proclamado Santo.

¡Cuántas cosas se podrían decir del Papa Magno!, de “Huracán Wojtila” como le llamaron algunos periodistas.

Mi pequeño homenaje pretende recordar y reproducir algunas anécdotas, quizá unas no son muy conocidas, pero que nos muestran cómo era este gran Santo,  perdón si no soy muy correcto con arreglo a los cánones .+

¿Por dónde empezar?. Creo que por una anécdota sobre un tema que a él le hubiese gustado recordar y que siempre en la vida de todo hombre se plantea; la vocación. Decía el Papa, futuro Santo: “Mi vocación es un misterio incluso para mí”. “¿Cómo se pueden explicar los caminos de Dios? Y en cambio, sé que en cierto momento de mi vida percibí claramente que Cristo me decía lo que había dicho ya a miles de personas, antes que a mí ‘¡Ven, y sígueme!’. Era evidente que lo que sentía en mi corazón no era ni una voz humana ni una idea mía. Cristo me estaba llamando para que le sirviese como sacerdote”.

Y realmente, encontró su vocación en el servicio a Dios y a los hombres pues tal y como decía: “nada tiene más importancia para mí o me causa mayor alegría que celebrar a diario la misa y servir al pueblo de Dios en la Iglesia. Y eso es así desde el mimo día de mi ordenación como sacerdote. Nada lo ha podido cambiar en ningún momento, ni siquiera el hecho de ser ahora Papa”.

Esa certeza, esa coherencia de vida, se ve reflejada en otra anécdota  cuando ya enfermo, durante el transcurso de su última Semana Santa, respondió de la siguiente manera a un cardenal que le sugirió que no se  agotase con los esfuerzos que hacía: “Si Jesús no descendió de la cruz, ¿por qué debería hacerlo yo?”.

Hay quien ha dicho que hay  “tres secretos de Juan Pablo II en el Vaticano”  y que son unas manifestaciones de la personalidad del futuro Santo. Así, por expreso deseo de Juan Pablo II, se reservó la Capilla del Santísimo, vecina de la de San Sebastián donde hoy descansan sus restos mortales,  únicamente para rezar al Santísimo expuesto en la Custodia, sin que se puedan hacer visitas turísticas y fotografías, para que, únicamente, se adore a Jesús Sacramentado mediante su contemplación y la oración. Ello demuestra el Amor del Papa Magno a la Eucaristía.

Otro de sus “Secretos” está en los muros que unen las columnas de San Pedro con la Basílica, es un Vía Crucis cuyas estaciones de la Pasión y Muerte del Señor son de bronce y que nos muestran ese Camino de Cristo semejante al del Papa Juan Pablo  pues nos muestran dos preocupaciones fundamentales en su pontificado: la preocupación por el hombre y la conciencia de que sólo el Amor de Dios, vencedor de la muerte, puede redimir su sufrimiento. Recorriendo ese Vía Crucis se comprende el sentido de la compasión de Cristo, que hace suyo el dolor humano, y vence la desesperanza.

El tercer “Secreto” del Papa Juan Pablo II está bien a la vista de todos, pues así quiso que se mostrase, es la imagen de la Virgen, Madre de la Iglesia, en un  mosaico, que está colocada debajo de uno de los balcones de la Secretaría de Estado del Vaticano, que se puede contemplar desde cualquier lugar de la Plaza de San Pedro. En la parte inferior del mosaico, en una esquina,  aparece el escudo del Papa Juan Pablo II, pero sin las llaves de Pedro y sin la Tiara Papal, y con su lema: “Totus Tuus”. Así quiso que María apareciese dentro de la gran familia de la Iglesia como la Madre de todos.

Por último  repetiré una anécdota, bastante conocida, pero que a mi personalmente cuando la leí me emocionó. Un sacerdote de Nueva York a la entrada de una parroquia de Roma, se encontró con un pordiosero y tras mirarlo durante un momento, se percató que aquella cara le era conocida. Era un compañero del seminario, que había sido ordenado como sacerdote el mismo día que él. Al reconocerle y presentarse a el, el pordiosero le contó cómo había perdido la fe y su vocación. 

Al día siguiente, aquel sacerdote norteamericano, asistió a la Misa privada del Papa. Como existe la costumbre de que los asistentes, al final de la Misa se acercan a saludar al Santo Padre, impulsivamente, el sacerdote, se arrodilló ante Juan Pablo II y le rogó que rezara por su antiguo compañero de seminario, contándole brevemente la situación tan triste en que su compañero de seminario y de ordenación se encontraba.

Al día siguiente, recibió la invitación del Papa para cenar con él, rogándole que llevase a su compañero, en ese momento mendigo en las calles de Roma. El sacerdote fiel a aquel ruego del Papa , buscó a su compañero y tras convencerle, le llevó a donde se hospedaba para que se lavara, aseara y prestarle un traje con el que poder asistir a aquella cita. Con el se fue al Vaticano y cenaron con Su Santidad .

Al terminar de cenar,  el Papa rogó al sacerdote que les dejara solos. En ese momento Juan Pablo II pidió al mendigo que le escuchase en confesión. Aquel hombre, tremendamente impresionado, le dijo que ya no era sacerdote, pero el Papa le contestó:   

“Una vez sacerdote, sacerdote siempre”.”Pero estoy fuera de mis facultades de presbítero,” respondió el mendigo. Y el Papa le contestó:“Yo soy el obispo de Roma y me puedo encargar de eso”.

El hombre escuchó la confesión del Santo Padre y llorando,  pidió  al Vicario de Cristo que escuchara su propia confesión. Después de confiarle toda la bajeza y corrupción de su vida pasada y de que fuesen perdonados sus pecados, lloró amargamente, arrepintiéndose de esa vida. El Papa le preguntó en qué parroquia había estado mendigando y como Obispo de Roma  le designó asistente del Párroco de la misma y encargado de los mendigos.

Filed Under: Portada

237 Visitas



Comentarios (4)

Trackback URL | RSS Feed de comentarios

  1. belmon dice:

    No sé si somos conscientes de la importancia histórica y espiritual en la vida de la Iglesia, de JP II. Está en la línea de los papas apodados ‘Magno’. Fue toda una oportunidad haber podido estar allí, en Roma, siendo testigo de todo lo que JP II suscitó. Mereció la pena. Un abrazo.

    • Floren dice:

      Si Jose Antonio y no sólo de la Iglesia y de esta Civilización.Muchos fuimos “marcados” por él , crecimos con él y lo que para mi, al menos, es muy importante, nos llevó a Él, pues abrimos el corazón y Él penetró como un torrente, y a pesar de las “sequías” del alma, ahí está, dando de ese agua de Vida, por la que no se tiene sed.

  2. Mota dice:

    Gracias Floren por esta columna tan entrañable.

    Aunque conocía la historia del mendigo, de nuevo, me he vuelto a emocionar al recordarla.

    ¡Qué grande es Juan Pablo!

  3. Ania dice:

    Floren me uno al “gracias” de Mota por esta columna, yo particularmente no conocía la historia del mendigo ni algunas cosas más que has escrito, ¡me ha parecido muy interesante!

Dejar un comentario