El cristiano no puede estar amordazado
¿Es la Iglesia un espacio de pensamiento único? ¿Es lugar de encuentro entre distintas ideas?
¿Es deseable expresar el disentimiento? ¿Es deseable disentir?
La Iglesia, que es una, es católica y es universal, está llamada a ser un espacio de unidad y de diversidad. Lo que es difícil es conjugar a veces estas dos facetas. Ayuda mucho la máxima del concilio Vaticano II, inspirada en San Agustín: “Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo”.
Muchos añoran que la Iglesia sea un refugio en una sociedad caótica, donde las minorías han tomado la palabra y el discurso público se ha vuelto confuso, complejo, farragoso. Así, las parroquias y los movimientos cristianos serían lugares donde descansar de la pluralidad de puntos de vista y donde abrazar una única forma de pensar, que evita los conflictos y apacigua a sus miembros.
Cuando concebimos así nuestra manera de estar en la Iglesia nos escandalizamos si encontramos un cristiano que no encaja en nuestro modelo de pensamiento. Al llegar a este punto es cuando conviene reexaminar nuestras convicciones y distinguir lo necesario y lo dudoso, para poder descubrir lo que nos une en lo necesario; para expresarnos con libertad en lo dudoso; para que la caridad nos guíe en todo.
Una mirada al pasado puede ser clarificadora. Dice Luis González-Carvajal que «en la Iglesia antigua y medieval la clarificación doctrinal nunca implicó suprimir el rico fenómeno de las escuelas teológicas, que no disimulaban la competencia entre ellas; pero era una competencia leal que enriquecía al conjunto de la Iglesia y a cada una de las escuelas en particular. [...] Esta diversidad no provocaba nerviosismo en las autoridades de la Iglesia porque -como dijo el Concilio Vaticano II- la cultura (y también la teología) “tiene siempre necesidad de una justa libertad para desarrollarse”. Por tanto, “debe reconocerse a los fieles, clérigos o laicos, la justa libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer humilde y valerosamente su manera de ver en los campos de su competencia”».
Naturalmente, hace falta una autoridad última capaz de decir la última palabra. Y por supuesto que la lealtad y la fidelidad a la Iglesia deben presidir nuestro actuar. Pero también entre cristianos, con caridad, deben ser ciertos los conocidos versos de Quevedo:
«No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca, ya la frente,
ye representes o silencio o miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?»
(F. de Quevedo. Epístola Satírica y Censoria contra las costumbres presentes de los castellanos)
El disentimiento con lealtad a la Iglesia y la corrección fraterna deben guiarnos en el terreno de lo dudoso. Consisten en hablar con la libertad que nos da el Espíritu. Escuchémosle y dejémosle fortalecernos. Sólo así la Iglesia se enriquecerá a través de los diferentes carismas. Sólo así podremos hablar con audacia: la audacia que requiere el Evangelio.
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Muy interesante todo y por encima de mi preparación. Oportuna las cita de S. Agustín, que no conocía, y la del Vaticano ll. Y claro que fidelidad y lealtad a la Iglesia; y a la existencia de alguien que tiene la última palabra.
El problema es, creo, que algunos flojean precisamente en esto último. Y hay casos que se dejan dominar por el orgullo o la soberbia, (es mi opinión y sin remontarnos a Lutero). Se estrellan y despotrican sobre la Iglesia.
El caso es que yo he visto el recodo del Rin donde esta la peña de Loreley, señalada con una bandera. La corriente es fuerte, hace remolinos y las embarcaciones de otros tiempos naufragaban. Hoy, con mejores barcos, propulsión mas potente, se puede navegar sin peligro alguno. También la Teología tiene que ser segura, tomando precauciones elementales, pienso yo.
Verdad en todo lo que dices, Loreley.
Magníficamente resumido en la gran frase de San Agustín.
Pero, como apuntas, lo difícil es el equilibrio.
La mayor tentación de una persona religiosa, más aún en el caso de curas y/o teólogos es “enseñarse a sí mismo”, en vez de enseñar a Cristo.
Efectivamente, el equilibrio es complicado. El disentimiento y la corrección fraterna deben estar inspirados por el Espíritu. A un cristiano sólo le cabe hablar como un pobre servidor del Evangelio: eso es lo que somos.
Si nos falta la audacia para hablar con verdad y con caridad, como pobres servidores del Evangelio, entonces estaremos defraudando el camino del seguimiento de Cristo.
Ser cristiano y católico no significa abstenerse de cuestionarse, de preguntar a otros, de aprender, de equivocarse y rectificar… siempre con caridad, sin olvidar la unidad en lo esencial, sin renunciar a la libertad en lo dudoso.