Verborrea religiosa

¿Homilías insulsas, aburridas, vacías de contenido y con un lenguaje poco actual? Los tópicos y los estereotipos en el lenguaje religioso están a la orden del día. Pero estos defectos de forma y contenido no afectan sólo a los curas, sino a todos los que por el bautismo nos hemos configurado con Cristo-Profeta y que tenemos la responsabilidad de transmitir la fe. Es fácil criticar una homilía, pero ¿cómo respondemos cuando critican a la iglesia en el trabajo, en las aulas o en los círculos de amigos?

El lenguaje pseudo-piadoso con el que nombramos mucho a Dios, repitiendo frases y conceptos aprendidos, ya no son suficientes. Sin darnos cuenta, cerramos el paso a la novedad siempre nueva de la Palabra de Dios. Ese lenguaje piadoso prefabricado y heredado en esquemas culturales religiosos, suplanta a la Buena Noticia que es el Evangelio de Jesús. La ‘verborrea religiosa’ impide la nueva vida interior que el Espíritu quiere ‘alumbrar’ dentro de cada persona.

La ‘verborrea religiosa’ simula devoción, y con frecuencia, tiene éxito inmediato en los círculos de las personas habituadas a ese lenguaje piadoso y espiritualista, pero fomenta el vacío de Evangelio e incapacita para escuchar y descubrir la novedad de Jesús que rompe la rutina y las ‘inercias religiosas’ que a tantas conciencias esclavizan.

La verborrea religiosa, ese lenguaje religioso estereotipado, tiene el infalible poder de esterilizar no sólo cualquier homilía sino cualquier conversación con personas no familiarizadas con la vida de la Iglesia, que lejos de atraer, provoca distancia y rechazo. En cambio la novedad de Jesús, que siempre es presencia cercana y liberadora, resulta cada día más atrayente y necesaria porque sabe a verdad, y nos humaniza, en contraste con todo el clima viciado por los poderes fácticos y mediáticos del sistema dominante que envuelve nuestras vidas en la falsedad y en la mentira que nos deshumaniza.

Y para todos, curas o laicos, esto tiene mucho que ver con el arte de escuchar: quien no sabe escuchar detenida y pacientemente a los otros, hablará al margen de los problemas reales, y al final ni se dará cuenta de ello. El que no dedica tiempo a escuchar a los demás olvidándose de sí, no encontrará tiempo para escuchar a Dios, ni sabrá escucharle. Sólo se encontrará a sí mismo y sólo hallará tiempo para su palabrería y sus necesidades o proyectos personales. También ante Dios no hará otra cosa que hablar escuchándose a sí mismo.

Y así se introduce un germen de muerte en la vida espiritual, que hace que todo lo que dice termina por no ser más que verborrea religiosa.

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