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Un país. Una nación. Un atentado.
Una década.
El perdón. La ciudad despierta. La ciudad, bañada en su bandera, en la bandera de su nación, que abraza y acoge a tantos que vinieron persiguiendo un sueño, se despierta cantando. En cada esquina de Central Park se escuchan coros que perdonan en cada pp y que animan a mirar hacia delante en cada ff.
La parada de Wall Street del metro está llena y no se oye un alma. Uniformes de distintos cuerpos, algunos con sus familias, otros con sus compañeros, recuerdan a los que perdieron con el orgullo patriótico que aquí tildaríamos de fascista.
Ondean banderas en las manos de los niños, de los militares, de los bomberos, de los extranjeros, de los vendedores de perritos calientes… Todo el World Trade Center reza. Cada barrote de la verja del cementerio tiene un lazo con un nombre. Cada corazón de Nueva York tiene muchos lazos prendidos al corazón.
Y el evangelio lanza su mensaje oportuno: “hasta setenta veces siete” y toda la Iglesia se levanta durante la homilía, une sus manos y reza un Ave María a la Virgen por el perdón de los terroristas. Cada confesión, su rito. Cada comunidad, su pancarta por la paz, su oración y plegaria.
Desde Brooklyn, mirando Manhattan, dos torres de luz donde una vez estuvieron las torres gemelas, que apuntan al cielo, como si fueran el camino al Padre de todos los que allí dieron la vida.
Una nación con un corazón ancho y patriótico, orgulloso de ser quién es. Una lección de caridad bien entendida. Ojalá viéramos nuestros valores identificados con la bandera más a menudo, con más orgullo y más hondura. Ojalá se respetara y honrara a nuestras víctimas como se hace allí. Ojalá se rezara con la fe con la que rezan estos hombres americanos orgullosos de serlo.
En Nueva York, el 11 de Septiembre de 2011, se escuchaban, si atento, los grillos al anochecer…
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Magnífica narración. Leyendo parece que uno estaba presente. Efectivamente esa es la mejor América. Imposible dominar la sensación de envidia, pero no se puede caer en el derrotismo. Gracias a Dios, también en España muchos tenemos valores parecidos, aunque muchas veces estén como dormidos, latentes. Nosotros estamos llamados a despertarlos.
América nunca se ha avergonzado de su religiosidad. “In God we trust” lucen sus billetes y sus monedas. El Presidente cada año dirige una oración institucional invitando a líderes poíticos del mundo (incluso se ha producido el prodigio de que alguno ateo ha rezado con él hace poco). La oración pública se vive como algo natural.
En nuestro país la situación es diferente. Un laicismo radical y anticlerical procura relegar la espiritual a lo estrictamente privado. Ridiculiza y margina, pretendiendo incluso silenciarla, a la Iglesia y su mensaje.
Por otra parte, creo que nadie puede decir que no somos una gran nación. A pesar del desprestigio internacional al que nos han llevado nuestros indignos gobernantes, España es un pueblo recio, sabio, que sabe estar cuando hace falta. Me acuerdo de la manifestación inmediatamente posterior al atentado de Atocha (nuestro 11-M). De manera espontánea, millones salimos a la calle en defensa de nuestra libertad, en repulsa de un cobarde y repugnante atentado, en solidaridad con las víctimas… con serenidad, firmeza, dolor contenido, con el gran señorío de ser español.
Gracias Simeón.
Nos has llevado por unos momentos al World Trade Center.
Impresionante.