Una alegría desbordante
Esa fue mi principal sensación durante los cuatro días centrales de la JMJ, y ése es mi principal recuerdo: una alegría que desbordaba, que contagiaba, que hacía VIVIR.
Los días previos a la JMJ estaba en Ribadesella (Asturias) con mi familia política y mi mujer e hijas. Allí descanso, disfruto, hago deporte (sobre todo tenis), voy a la playa, leo, rezo, estoy con amigos…en fin, un verano muy agradable y muy entretenido.
Sin embargo, ni siquiera sentí la típica pereza previa que suele surgir en estos casos. Algo me decía que iba a ocurrir algo grande. Como así fue.
Cogimos el avión desde Santander a mi primera hora de la mañana mi mujer, mi cuñada y yo. Fue llegar a Barajas y comenzar a sentir el calor y el ambientazo de los peregrinos católicos.
Madrid era a la vez “la de siempre”, y a la vez irreconocible. No había casi nadie (de los habitantes) y estaba llena (de peregrinos). Se respiraba la alegría, el buen humor, la generosidad, la fuerte atracción de una fe vivida y compartida.
Tras pasar por la parroquia y ver a nuestros amigos y cura sanjorginanos, llegó el primer contacto con el Papa. Le esperábamos cantando y bailando en Prínciper de Vergara, casi en llegando a la Plaza de República Dominicana.
Pasó, y ya entonces pude comprobar que iba a ser una JMJ muy especial.
Como no puedo narrar todos los momentos tan intensos vividos en esos días, me quedaré con uno: el espectacular silencio en la exposición del Santísimo en la Vigilia de Cuatro Vientos.
Tras unos minutos de euforia por la lluvia, el viento y la imponente resistencia del Papa –con una juventud entregada que no paró de bailar, cantar y sonreír-, toda esa ingente cantidad de personas (menos de 25 años la gran mayoría de ellos) se recogió, en un silencio sepulcral, ante la presencia real de Jesucristo en la hostia sagrada.
Unos arrodillados, otros de pie, los que menos sentados. Solo Él puede hacer callar y centrar el corazón de esos dos millones de jóvenes durante varios minutos. La desbordante alegría pasó a convertirse en profunda oración contemplativa.
Cristo, sin duda, se hizo presente en aquel providencial momento. Absolutamente conmovedor.
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Efectivamente, Mota, Madrid vibraba de un extremo a otro durante la visita del SS. Fué emocionante ver las calles llenas de jóvenes cantando, con banderas de todos los colores del arco iris, de jóvenes rezando. Y qué decir de “nuestro” recibimiento del Papa en Ppe de Vergara. Fué un buen principio de unos días inolvidables.
Creo que queda magníficamente recogido el espíritu de aquellos días. Ahora, lo dicho. Eso debe ser solo el principio, que ha dado cuerda para rato.
Confieso que todos los testimonios que he leído de la JMJ me han emocionado. Todos. Es la belleza del amor de Cristo que se derrama continuamente sobre nosotros. Es la belleza de la respuesta generosa a ese amor desbordante, por parte de miles y miles de jóvenes y no tan jóvenes. Es la belleza de una fe compartida, de una comunión real en la Iglesia. Es ver que Dios es más fuerte, que el bien supera al mal, que tenemos fundadas razones para la esperanza.