Una fiesta para un mundo herido

La Jornada Mundial de la Juventud de Madrid ha sido una tremenda fiesta. Una fiesta de juventud y de vitalidad, de jóvenes comprometidos y que saben celebrar la vida. Esta JMJ se celebraba en un país y en un continente resquebrajados por la crisis económica y social. Y algo conmovió al mundo: la esperanza, la alegría y la presencia comprometida de los jóvenes.

            El teólogo Harvey Cox decía que “no hay motivos para que los que saben gozar de la vida puedan al mismo tiempo comprometerse con el cambio social, y los que pretenden cambiar el mundo no tienen por qué ser tristes y ascetas” (Las Fiestas de Locos, 1969).

            Somos jóvenes y somos protagonistas de este tiempo: una depresión económica mundial que está hundiendo más a los que ya eran pobres; unas democracias que no convencen; un vacío existencial que es el medio en el que se mueven los hombres y mujeres de hoy.

            Estamos aquí y ahora. Y escuchamos fuertemente la llamada a socorrer, a allanar los caminos al Señor, a poner nuestra vida en juego, a actuar… Pero eso no nos impide celebrar que, aunque queda mucho por hacer, los objetivos por los que luchamos se alcanzarán totalmente. Y eso hará más eficaces nuestras acciones. También en palabras de Harvey Cox, “Los radicales serían más eficaces si, de vez en cuando, se permitieran vivir -aunque sólo fuera ocasionalmente- como si todos los objetivos por los que luchan hubieran sido totalmente alcanzados” (Las Fiestas de Locos, 1969).

            Esta actitud esperanzada y a la vez comprometida de los jóvenes cristianos ha conmocionado al mundo. Esa esperanza sólo nos la da la fe. Así es. El secreto de un millón de jóvenes que fluía por las calles de Madrid era éste: que en el Señor está nuestro origen y nuestro destino, que Él es nuestra Promesa y no se dejará ganar en generosidad. Que no ignora el sufrimiento: que lo escucha, lo hace suyo y lo vence. Que no deja de llamarnos y nos conducirá siempre hasta Él. Esa era la esperanza que iluminó Madrid, que supo elevarse por encima de las crisis y las heridas y fue luz para el mundo. Y una luz que no se apaga.

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¿Quién es Loreley? Loreley es el nombre de una peña situada a la orilla este del Rin, cerca de Sankt Goarshausen. Su nombre designa al tramo más estrecho y profundo del río legendario. Desde la Edad Media existen referencias a su utilización como marca en los caminos. Y también, historias y lamentos acerca del peligro que corrían quienes navegaban por el Rin y a ella se acercaban. Por aquellas tierras, ricas en mitos e historias, se propagó la noticia de que una sirena habitaba en la roca. Orientaba a los pescadores, que obtenían una pesca abundante. Pero muchos también naufragaban, cautivados por el embrujo de sus cantos. Los grandes autores del romanticismo alemán escribieron versos a la sirena Loreley, como Heinrich Heine en 1824. Yo, que de sirena tengo poco, en cambio sí quisiera interpretar mis cantos desde la roca en que me siento. Desearía que pudieran ayudar a quienes los escuchan a obtener una pesca abundante. Soy consciente de que si alguien tratara mis palabras como verdades absolutas, podría naufragar. A veces yo he sido la primera. Pero permanezco en mi puesto. Interpreto mis cantos de sirena. Y me esmero por llegar a quien los escucha. Mi formación es económica y jurídica, y ambos enfoques están siempre presentes en mis ideas. La cultura es una de mis pasiones. No como saber acumulado, sino como manera de mirar la vida. Disfruto con el arte, en todas sus formas. También con las humanidades. Soy conciliadora en el conflicto, y me gusta opinar. Lo social jamás me es indiferente. Y quisiera comportarme como cristiana cuando escribo. Este deseo exige mucho de mí. Me obliga a reconocer, con franqueza, mis fallos; a expresar mis anhelos; a no callar; a callar a veces; a denunciar; a alabar; a preguntarme; a leer; a disfrutar; y a permanecer en esta Roca, entonando mis cantos de sirena.



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