A Dios rogando y con el mazo dando
En mayor o menor medida, la profesión de cada uno conforma su forma de vida. El ejército es un buen ejemplo. No existe un curso acelerado de “aprende a ejercer cierta profesión”… Ni existe una guía para leerse que indique trucos para ser el mejor profesional de algo. Es cierto que nos preparamos estudiando la carrera por ejemplo. Pero es sólo durante con los años de ejercicio, y sin darse cuenta, cuando la persona puede ir aprehendiendo. Se pueden extraer varias implicaciones:
- importan mucho los hábitos/ costumbres.
- seguro que durante los años de ejercicio se presentan ocasiones donde el sujeto decide si obrar (profesionalmente) bien o mal.
Con el paso de los años los hábitos se habrán convertido en determinados casos en virtudes y otras en vicios. Parece lógico pensar que cuantas más virtudes haya desarrollado el sujeto mejor profesional será (que no tiene por qué ser sinónimo de tener más éxito).
¿Y en la vida cristiana? Es algo que configura mucho nuestra vida, ¿no? Sobre este tema voy a hacer una reflexión un tanto naif. Pensando sobre la vida de fe, entiendo que ocurre lo mismo. Recibimos una formación y una educación cristiana y estamos en el mundo. Tenemos una vida que vivir: unos prójimos a los que amar, una vocación que completar, unas obligaciones con las que santificarnos. Por tanto parece que cada día se nos presenta la ocasión de obrar bien o mal de acuerdo a lo aprendido.
Además el camino que vamos recorriendo nos condiciona, nos puede ayudar a obrar mejor y mejor y así vivir cada vez mejor. Por tanto parece que para poder decir completamente: “yo soy cristiano”, es necesario tratar de llevar costumbres cristianas desde hoy y: amar al prójimo; ser muy celoso de lo que me pide Dios y fiel cumplidor de mis obligaciones desde ya. Parece que si pretendo ser seguidor de Cristo, tengo que tratar de vivir como Cristo desde ya. Si no criaré vicios que me harán más difícil seguirle. Además toda la lista de tareas anteriores la llevaré como una carga en vez de cómo una fuente de felicidad y liberación.
No basta solo con decir soy cristiano. El paso complicado viene al comprometerse a vivir como tal. Reza el dicho: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Así con el paso del tiempo, con la constancia y el ejercicio, todo parece indicar que Cristo va trazando marcas en nuestra vida que son difíciles de borrar. Poco a poco, sin darnos cuenta. Ahí parece que está también lo deslumbrante de la vida cristiana, ¿no?
Esta reflexión me conduce a pensar la cantidad de bondades que dejo para mañana, “ya llegará la virtud por si sola”. Pensando en establecer un orden de prioridades. El lugar preeminente lo ocupa el amor tal y como dice S. Pablo. ¡Y cuánto se falta a la caridad! ¡Cuántas veces al día puedo amar más y mejor a mi prójimo y renunciar más a mi mismo! ¡Cuánto más feliz sería cada día si fuese consciente del amor que Dios me tiene! Es difícil, pero, es lo que me toca si quiero ser cada día mejor cristiano. Lo pido como gracia: no dejar vivir la caridad para mañana. En teoría se nos debe reconocer por el amor que nos tenemos… ¿es así? ¿Quién podría la mano en el fuego ahora por esto?
Para continuar la reflexión pensamos en las vidas de grandes santos que han tenido vidas de espera… La tentación constante es la contraria, desesperar, mirar hacia otro lado, no levantarse. También le pido al Señor paciencia, que me ayude a ver todas las pruebas que puedan llegar como una gracia.
Para terminar la reflexión, vivir la vida de fe no es una profesión cualquiera, ni es una profesión humana. En lo mundano, cada caída es mortal. Sin embargo en la vida de fe siempre tenemos la ocasión de recomenzar y poner el contador a cero. ¡¡Qué gran suerte!!
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Se me ocurren dos comentarios. El primero es que hay quien cae en la tentación de separar trabajo y fe, vida pública y privada, manteniendo incluso códigos de comportamiento distintos en cada esfera. Como si estuviera protagonizando dos papeles en sendas representaciones. Sin embargo, estamos llamados a la unidad de vida. Como digo a veces, la “fractura” nos presentará “factura” (la del psicólogo, cuando nos hayamos vuelto totalmente chalados). Especialmente los cristianos estamos llamados a comportarnos como tales en todos los ámbitos de nuestra única vida: laboral, familiar, íntima, social, política…
El segundo comentario es que me he acordado de Santo Tomás de Aquino, que explica cómo nuestros actos no sólo tienen un efecto externo, sino también sobre nosotros mismos. Por esto se puede adquirir una virtud o un vicio a través de la repetición de actos virtuosos o viciosos, respectivamente. Si yo ante una situación actúo con justicia o paciencia, seré un poquito más justo o paciente. Y a la inversa también, naturalmente. Mediante la reiteración de los actos mi propio ser incorpora y hace suya su naturaleza moral (buena o mala), hasta que llegamos a convertirnos en personas justas o injustas, pacientes o impacientes. De alguna manera, nos configuramos a nosotros mismos gradualmente.
La consecuencia buena de esto es que no tengo que desanimarme si soy impaciente o tengo un vicio: sé que (al menos en teoría) puedo intentar adquirir la virtud a través de mis actos. “Solo” necesito emplear mi voluntad…