Estas son las razones de mi fe

Alguna vez me he preguntado cuáles son las razones de mi fe. Resumiendo, puedo dar cuenta de las siguientes:

El haber nacido en el seno de una familia cristiana. Si hubiera nacido en otro país o en otra cultura, probablemente profesaría otra religión. Esto es lo que mis padres me han transmitido, la creencia en un Dios todopoderoso y providente; y la religión católica, con su liturgia y sacramentos.

El haber acudido a un colegio que, aunque laico, confirmó esa transmisión de valores.

Durante mi adolescencia pasé una etapa de “ateo racionalista”. Desde la osadía de mi ignorancia, de un modo presuntuoso sostenía que la ciencia iba quitando terreno a lo que yo consideraba superstición, y que llegaría un momento en que la religión quedaría superada. Pero en el fondo de mi corazón yo sabía que Dios me amaba. Aunque dejé de ir a misa durante varios años, Él no me olvidó. Seguía llamándome. Un día, sin saber muy bien por qué, entre en la iglesia de los Jesuitas de Serrano y me confesé, tras años sin practicar. Aun así esto no supuso una total conversión, pues seguí con una inercia o un lastre, porque cuesta morir al hombre viejo. Pero fue un principio.

Posteriormente conocí a la que sería mi mujer, miembro de un movimiento donde se vivía la fe en profundidad. Mis primeros ejercicios espirituales supusieron un verdadero aldabonazo, el principio de la conversión del corazón. A partir de ahí empecé un camino de formación y de conocimiento de la Palabra y de la verdad revelada.

Ahora soy un creyente convencido. No creo solo por tener una fe heredada; yo mismo he podido verificar la coherencia de la religión cristiana, incluso la consistencia que tiene con el conocimiento científico.

La fe, que pertenece a un ámbito distinto del de la razón, tiene sin embargo elementos racionales.

Por ejemplo, el hecho de existir. ¿Por qué hay algo en lugar de nada? No hay explicación científica a este hecho, puesto que la ciencia no estudia el por qué, sino el cómo. La ciencia conoce las cuatro fuerzas que rigen el universo físico. Y ese conocimiento desvela que el universo tuvo un inicio, un comienzo. Qué hermosa manera de confirmar lo que profesamos en el Credo: un Dios creador, por cuya iniciativa surge de la nada todo un cosmos.

Otro ejemplo: la figura de Jesús. Ningún historiador serio duda de su existencia real. La respuesta a la pregunta sobre quién es Jesús es clave para todo ser humano. La historia nos dice que vivió en una remota colonia del imperio romano y que fue crucificado. ¿Cómo un personaje así pudo dar origen a una religión que ha durado más de 2000 años? En vida, creó un movimiento cuyos seguidores contaban con un triunfo mesiánico terrenal. Creían que Jesús iba a liberar a Israel del yugo de los romanos y a establecer un nuevo gobierno, en el cual ellos querían ser los primeros ministros. Sin embargo, muere en una cruz como la muestra más rotunda del fracaso humano de su iniciativa.

¿Cómo pudieron sus seguidores después tener tanta fortaleza como para iniciar un movimiento masivo de conversión a la nueva religión? ¿Cómo unos hombres toscos, incultos y sencillos, pudieron sobreponerse a la muerte humillante de su líder?

Solo cabe una posibilidad. Y es que verdaderamente resucitó. Si Cristo no hubiera vuelto a la vida, los apóstoles se habrían dispersado, habrían regresado a sus oficios de pescadores, recaudadores, etc., y todo habría quedado en una interesante pero fracasada aventura.

Lo hermoso de creer es que todo encaja. Cuando no se tiene fe, se aprecian aparentes contradicciones, como por ejemplo un desastre natural como un maremoto o un terremoto, con cientos o miles de víctimas. Para un ateo estos acontecimientos no tienen significado, son fruto del azar o de la fatalidad y le confirman la inexistencia de Dios. Pero para un cristiano, incluso ante la mayor tragedia se puede entrever un misterio de amor subyacente y que le proporciona un sentido profundo. Dios nos ha creado con una meta clara, con un propósito definido: alcanzar la vida eterna. El cielo. Como decimos en la Eucaristía, la plenitud eterna de la gloria de Dios.

Cuánto nos cuesta comprender esto. Solo conocemos esta vida, y es muy hermosa y llena de atractivos, junto a sus dramas y sufrimientos. Pero estamos llamados a una existencia de plenitud, de felicidad infinita, insertos en el amor de Dios para la eternidad.

Ante esto, cualquier sufrimiento terreno adquiere su propia medida. Y si añadimos la revelación que nos explica que la manera de redimir el pecado es a través de la cruz, encontramos de nuevo ese cuadro coherente, ese encaje que, aunque misterioso, nos permite aceptar la voluntad de Dios.

La fe se alimenta. Principalmente de la oración. De la lectura de la Escritura, la Palabra de Dios. Y de la frecuencia de sacramentos. Y se hace vida. Una fe no vivida, una vida inconsecuente con la fe, demuestran una realidad distinta de lo que uno se piensa (Mt 7, 21-23: “No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán aquel día: ‘¡Señor, Señor!, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’ Pero yo les responderé: ‘No os conozco; ¡apartaos de mí, malvados!)’”.

En resumen, creo por un don gratuito de Dios. Creo firmemente en la resurrección de los muertos. Tengo la esperanza de resucitar para la vida eterna, gracias a los méritos de la Pasión de Cristo. Y mientras llega el momento, intento amar en la medida de mis posibilidades, que son pocas pero con la gracia de Dios van mejorando.

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Comentarios (2)

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  1. Mota dice:

    Gracias Aldabón por compartir ese aldabonazo recibido.

    Gracias por este testimonio vital de tu conversión, profundización y vivencia de la fe en el Señor y en la Iglesia. Y dentro de ella.

    Es importante -cada vez más- dar razones de nuestra fe.

  2. Floren dice:

    Da gusto leer las conversiones que se producen en la vida de cada uno de nosotros. Dios conoce nuestro interior y lo que a ojos de algunos parece algo sin mérito, nosotros, protagonistas de toda nuestra historia lo juzgamos de otra manera porque la hemos “sufrido”, porque el “decubrimiento” de Cristo llega de una manera distinta a cada uno. En lo que si coincidimos, es que Él por medio del Amor, da sentido total a nuestra vida.

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