La JMJ, una recompensa para el joven cristiano
Hoy, dos semanas después de la JMJ, y tras la homilía de un sacerdote aquí en una pequeña parroquia de Oliva, me he puesto a recordar; un paréntesis para valorar, para cerrar los ojos e imaginarme de nuevo cada minuto de aquella intensa e inolvidable semana, para recopilar emociones, palabras…
¿Por dónde empezar?
Por Madrid, que nunca se había visto tan colorida, tan viva, tan radiante. El ir por la calle, por el metro… y a cambio de nada recibir una sonrisa, un “hola, ¿de dónde eres?” Daba igual el idioma, el color de piel o de bandera; éramos todos hermanos, una gran familia. En cada una de esas sonrisas, en cada canto, en cada baile se podía ver una juventud plena, en cada uno de ellos se reflejaba un pedacito de Cristo.
Y esto solo era el principio de algo grande, muy grande que culminaría en Cuatro Vientos.
En primer lugar esa sensación de comodidad, de pertenencia.
Me gusta recordarlo como una recompensa, aún recuerdo que no paraba de pensar: “no estoy sola, no soy la única “tonta” que pasa las tardes de los Viernes dando catequesis o que todos los Domingos va a misa”.
En esta sociedad de hoy en día en la que ser cristiano es ir a contracorriente fue un encuentro, una sensación de unidad, una dosis de fuerza para, como dijo el Papa, “Llevad el conocimiento y el amor de Cristo por todo el mundo”.
Algunas de las cosas que más me fascinaron fueron el silencio, y sobre todo la fe. Nunca se me olvidará: ya con la tormenta encima y sin refugio “estable”, oí a alguien gritar: “!ahora es cuando hay que demostrar cómo somos los cristianos!” y empezar a cantar, a bailar, a rezar… el que nos había reunido era mucho más grande que una tormenta.
Y ahí fue dónde se demostró al mundo una juventud cristiana, creyente, entregada, valiente, incansable, feliz.
Por último, expresar mi admiración y sobre todo asombro por el Papa Benedicto XVI, ya que la JMJ ha servido, en parte, para desmentir la imagen que cualquier joven o adolescente podría tener sobre él: un Papa serio, mayor e incluso algo distante.
Por el contrario, hemos podido conocer a un Papa preocupado por la juventud, dispuesto e interesado en nosotros tanto a nivel personal, como social (No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él); era un Papa Joven.
Yo personalmente puedo afirmar que las palabras de Benedicto XVI me llegaron mucho más de lo que hubiera podido pensar; ahora sí podía enorgullecerme de seguir a Cristo y pertenecer a la Iglesia; el miedo al que dirán fue sustituido por una sensación de fuerza, apoyo de miles de jóvenes en todo el mundo y sobre todo de Él.
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Da gusto leer esta columna. Magnífico Inma.
¡Bravo Inma!. ¡Esta es la juventud del Papa!.
qué bonito! saludos desde zurich!
Bravo Inma!
Gran estreno en SJD!
Precioso lo que cuentas, y llamativo lo bien que lo cuentas.
Qué gran periodista serás Inma!
Inma, lo que es una recompensa para los “no tan jóvenes cristianos” es ver cómo los jóvenes venís pisando fuerte, como tú dices: creyente, entregada, valiente, incansable, feliz. Sois la Iglesia siempre joven, el mensaje de Jesús siempre novedoso, la entrega siempre a flor de piel. Créeme cuando te digo que no eres tan tonta y que recordarás esta JMJ toda tu vida, que será para tí una luz en lo alto.
Enorabuena y un abrazote.
Me ha encantado el articulo. La pena es que no me pude venir a lo del papa me hubiera gustado. Tenía un compromiso familiar el cual no podía dejarlo.
Precioso testimonio Inma! Muchas gracias por compartirlo! Necesitamos compartir esta alegría, y lo haces encima con un estilazo increíble! Espero seguir “leyéndote” por aquí, me gusta mucho!
Enhorabuena Inma por tu gran artículo ! se ve de quien has sacado los genes de la escritura !! Un abrazo
Qué pasada Inma¡ Gracias un beso enorme.
Muchas gracias por este testimonio. Es increíble porque, a pesar de haber leído innumerables experiencias, cada una es nueva, diferente, hermosa, gratificante… esta es la belleza que refleja el ser humano cuando responde a su verdad de ser “imago Dei”, imagen de Dios.