San Francisco de Asís en el Madrid Arena

Una de las cosas que he podido hacer en este verano fabuloso que acaba de terminar es haber asistido a la ópera San Francisco de Asís, Escenas franciscanas, del compositor Olivier Messiaen, en una de las cinco representaciones que ha hecho el Teatro Real en el Madrid Arena.

La ópera San Francisco de Asís es grandiosa, difícil y maravillosa. Según su autor, no es una ópera sino un espectáculo musical. Fue escrita por Messiaen entre 1976 y 1983, y está considerada internacionalmente como una de las grandes obras musicales del siglo XX.

Las cifras de esta obra marean: su representación dura seis horas, cuatro horas y media de música y una hora y media de descansos. La orquesta y el coro forman parte de la escena (no hay foso), con 110 instrumentistas y un coro de 120 personas. Nunca he visto tantos violines, violas, contrabajos, metales, maderas, teclados y percusionistas juntos. Había instrumentos de percusión europeos, latinoamericanos y orientales. Se podía ver una marimba, un glokenspiel, un vibráfono… ¡había hasta tres ondas de Martenot!.

Y presidiendo el escenario, una enorme cúpula tendida, de acero y cristal, de 14 metros de profundidad y 22 toneladas de peso. El interior de la cúpula estaba revestido de vidrieras al estilo gótico, que cambiaban suavemente de color al ritmo de la música, gracias a los 1.400 fluorescentes instalados en su interior.

Como contraste, el resto de la escenografía no podía ser más sobria: una pasarela elevada, de acero, con rampas, que rodeaba a los músicos, y una gigantesca jaula de pájaros con 20 palomas blancas en su interior, por supuesto vivas y zureando de vez en cuando. En esa pasarela se movían tan sólo nueve personajes y algunos de ellos con intervenciones muy cortas. El vestuario era mínimo: hábitos de franciscano, una túnica para el ángel y un traje sencillo para el leproso.

La ópera es fiel a su título. No es una biografía de San Francisco, sino una representación de algunas escenas de su vida, en tres actos y ocho escenas. No hay una trama argumental pero sí hay un hilo conductor: el misterioso e inexorable itinerario de la Gracia de Dios, que lleva al pobrecillo de Asís a ser santo. La primera escena, donde se puede ver a San Francisco con el hermano León, con la orden ya fundada, comienza con dudas y miedo. La última escena termina con la muerte de Francisco. Pero no se queda ahí. Un impresionante coro, que representa la voz de Dios, nos habla de la resurrección, la Gloria y la Alegría.

La musicalidad no es fácil. No hay melodías, ni obertura, ni interludios, ni grandes piezas sinfónicas independientes, ni arias, ni conjuntos vocales. No hay estructura de ópera… ¡en una obra tan larga!. Además, el ritmo es de extrema complejidad, con diferentes leitmotive rítmicos que se repiten casi de forma imperceptible asociados a los personajes.  Es la obra de un profesor, maestro y analista musical, que se definía a sí mismo como ritmicista, antes que músico. Como ornitólogo, antes que ritmicista. Como católico, antes de ornitólogo. Esta complejidad alcanza niveles alucinantes en el sermón de los pájaros de la escena sexta.

El resultado, en semejante maratón musical, podía ser desasosegante o incluso aburrido. De hecho, se veían numerosas deserciones de público aprovechando los descansos. Pero no. Todo ello te sumergía en un lugar sin tiempo, sin espacio, dominado por la cúpula de colores y por una música sobrenatural que te atrapaba de forma inexplicable. El acto más largo, de casi dos horas no se hacía para nada largo.

¿Dónde estaba el secreto?. ¿En la música arrebatadora, envolvente, dulcísima? ¿En el virtuosismo de las voces solistas?. ¿En la hipnótica cúpula de colores cambiantes, cuya transición no se podía percibir? ¿En el inmenso coro que representaba la voz de Dios?

Confieso que las intervenciones de la única mujer solista, la soprano Camilla Tilling, como ángel que lleva el mensaje divino a Francisco, ponían la carne de gallina por su indescriptible perfección. Es lo que uno puede imaginarse como lo más cercano a una voz celestial, que horadaba el tremendo espacio del Madrid Arena como un foco brillante en la noche. También puedo decir que la escena de la curación del leproso, donde Francisco abraza, a pesar de su repugnancia, a un desesperado enfermo de lepra, es de lo mejor que he presenciado en una ópera, por su sensibilidad, humanidad y maravillosa coreografía. La escena de los estigmas es sobrecogedora, y resultaba sorprendente comprobar cómo al barítono Vicent Le Texier no se le quebraba la voz tras cuatro horas y media de solos, la mayor parte de ellos ¡de rodillas y con los brazos en cruz!.

Todo eso ayudaba, pero el secreto que producía la magia de esa noche era, para mí, el libreto escrito por el propio Messiaen. La original y profundísima espiritualidad franciscana se vertía fiel en cada palabra de Francisco, en cada escena, tamizada por el corazón creyente del autor. Era una obra musical, sin duda, pero era más una obra mística, un canto al amor a Dios a través de las criaturas. Un canto al camino de santidad, a la perfecta identificación con Cristo. Un canto a la Cruz, a la Alegría, a la Redención, a lo esencial del hombre, que es despojarse de todo y abrazar sin reservas la Verdad y el Bien. Un libreto para rezar, escrito por un hombre de fe.

No estábamos en un templo, pero a través de la música, la escena y, sobre todo, del texto, se intuía lo invisible, lo indecible, lo santo, el milagro. “Soy Yo, soy Yo, soy Yo, Yo soy el Alfa y el Omega… Soy Yo quien ha pensado lo visible y lo invisible, los ángeles y los hombres, todas las criaturas vivas..” Fue una experiencia musical, pero también religiosa. En palabras del autor “en Tu Música VEREMOS la música. En Tu Luz, OIREMOS la Luz”. Sin lugar a dudas, en la música de Messiaen intuimos en el Madrid Arena la inefable Música de Dios.

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Comentarios (2)

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  1. pedro de benito dice:

    Sr. Font: todo lo que puedo decir es que, si lo hubiera leído antes, no me lo hubiese perdido. Aunque la referencia quehaces es tan buena que ya se disfruta bastante.

  2. Félix Mansilla dice:

    Siempre he sabido que la música nos acerca a Dios y Santiago, que tanto reza y tanto canta, ha plasmado con maestría en su hermosa crónica esta certeza, que se vive en lo más profundo del alma, donde Dios nos habla, donde su Palabra resuena y donde el eco de su Belleza se hace canción o poesía.

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