Y yo, ¿Debo ser catequista?
Todo tiene un por qué y un para qué. Nada es casualidad. Vivir no es dejarse llevar por la corriente, es escuchar atentamente lo que Dios susurra en tu corazón.
Nunca pensé ser catequista. Recuerdo aquel camino de Santiago en el cual sólo escuchaba de forma permanente dos preguntas a mis compañeros de camino: “Ania, ¿tú eres catequista?” y la segunda “¿¿por qué no??”. Esas preguntas no me incomodaban en absoluto, al fin y al cabo no pensaba ser catequista; no me llamaba la atención y tampoco era algo que formara parte, en un principio, de mi plan de vida; además todos lo saben: siempre estoy muy ocupada.
Sin embargo si me inquietó que la pregunta se hiciese fuerte en lo más profundo de mi ser sin quererlo ni esperarlo. “¿¿por qué no??”. Era inquietante porque no me veía obligada ni presionada en mi decisión ya que las preguntas de los caminantes no tenían ningún tipo de interés de fondo y de hecho la gran mayoría ni siquiera eran de mi grupo cercano. Era inquietante porque la idea, a pesar de que yo intentara impedirlo a toda costa, fue cobrando fuerza hasta darme cuenta de que no era una simple idea: era una llamada. Era inquietante porque no sabía a qué iba al camino de Santiago, no conocía a casi nadie y tenía planes aparentemente mejores para el verano, y de repente todo cobró sentido.
Tras rezarlo y meditarlo comprendí que era mi vocación ser catequista. Y sí, digo vocación que como bien define la RAE es la “Inspiración con que Dios llama a algún estado”, no decidí ser catequista porque “es lo que tocaba”, “no sé, me lo pidieron y dije que sí no sé por qué”. No. Soy catequista porque así cumplo la vocación a la que soy llamada por Dios (no soy llamada por mí misma ni por mis amigos, me llama Él).
Y ahora que soy catequista puedo decir que es un gran regalo a recibir porque la fe, a diferencia de lo material, cuando se comparte no se divide sino que se multiplica; “Porque es dando como se recibe” apunta San Francisco de Asís. Y si algo he aprendido dando catequesis es que es infinitamente más grande lo que recibes de los catecúmenos y del Espíritu Santo que lo que tú eres capaz de aportar “no es preocupéis de cómo o qué vais a hablar (…) porque no seréis vosotros los que hablareis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros”. (Mt 10, 19-21). Es absolutamente increíble sentir tan cerca a Dios cuando estás con ellos, como dice aquella canción de la congregación mariana de Schoenstatt: “Maravillas hizo en mí, mi alma canta de gozo pues al ver mi pequeñez se detuvieron sus ojos…”
Siempre recuerdo una frase que dijo un catequista hace tiempo… “Sí, serán lo que quieras, pero son tus niños y te han tocado, y ahora tienes que quererlos”. Y es verdad. Tienes que quererlos. Así de impactante a la vez que sencillo. Si decides tomar este camino debes entregarte por aquellas personas que van a recibir de ti, debes dedicarles tiempo, debes preocuparte por ellos. Sólo así serás un verdadero catequista. Sólo así cumplirás realmente tu vocación. Sólo así te acercarás a Dios.
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Qué grandes tiempos aquellos de catequista de Confirmación.
En cuanto al texto de Mateo que reflejas, lo pudo vivir directamente en unas Convivencias en las que Juan Pedro no pudo ir el viernes noche y le tocaba a un catequista dar la charla de bienvenida.
Yo tenía entonces 20 años recién cumplidos y lleva unos pocos meses de catequista. Era evidente que a mí no me tocaba dar la charla, estando catequistas de solera y con larga experiencia.
El caso es que lo que empezó como una broma de uno de los catequistas “mayores”, finalizó en que me tocó a mí hablar a 80 niños.
Y, efectivamente, no fui yo el que habló, “sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros”.
Me has recordado la voluntad de colaborar en la Parroquia “aunque fuese llevando el botijo” con que yo me brindé ya hace unos años. La verdad es que no suena tan bonito como aquello del Profeta Samuel : “Habla Señor que tu siervo escucha”, pero Dios también sabe “empujar” hacia donde es necesaria tu presencia, tu “transmisión” de Él. No hace falta ser un especialista, sólo llevarle dentro, sentir que es Él el que te desborda, el que te “obliga” en tu abandono a Él, a darte a los demás, a compartir ese sentido de tu vida, ajeno a veces al sentir del mundo. A sobrellevar dificultades, incomprensiones, porque Él está por encima de todos y de todo. Gracias Ania.
Para mí lo verdaderamente difícil de ser catequista es intentar no cobrar protagonismo, sino dejar al Espíritu que se manifieste. Ser instrumento dócil del Señor, para ser verdaderamente Su voz en el desierto. Proclamar que la Verdad existe, frente a un mundo relativista. Evitar el rechazo de los catecúmenos ante un mensaje a veces incómodo o presentado de manera inadecuada.
A pesar de todo, es verdad que siempre se recibe mucho más de lo que se da.
Y es totalmente cierto que es una llamada: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure” (Jn 15, 16)
Federico los catequistas somos simplemente instrumentos del Señor, El nos insta, no nos obliga, a exponer la Verdad , y frente a ella puede haber rechazo aparente, pero como el corazón humano tiene el álito de Dios, en el fondo, cuando todo lo mundano se quiebra y se hunde en la iniquidad de la mentira, la Verdad permanece, la relatividad muere a manos de su propia relatividad. Nosotros sembramos y no esperamos ser segadores, en ellos arrojamos la semilla, y es necesario que el grano muera para que surjan muchas espigas. El Señor de la mies sabrá si arrojamos en buena tierra o si se la comerán las aves del cielo. Por supuesto, lo importante es la humildad para ponerse en manos de Dios.
Con catequistas así, nuestros niños y jóvenes tienen un ejemplo maravilloso de entrega y generosidad. Gracias a todos.
¡¡Un artículo genial!! La verdad es que ser catequista es algo increíble que te cambia la vida. Pero no hay que olvidar, y queda reflejado en el artículo, que es una gran responsabilidad cosa que, por desgracia, algunos catequistas no llegan a asumir. Animo a todos los catequistas a asistir a las reuniones e implicarse con los niños: si no lo hacen se pierden la mejor parte de serlo.