Colonialismo cultural
Durante el pasado fin de semana con “puente” incluido, por la fiesta de Todos los Santos, he podido verificar que, mal que les pese a los antiamericanistas, somos una colonia cultural del imperio yanqui. Eran manadas de niños, adolescentes y jóvenes disfrazados, pintarrajeados, bastantes de ellos atiborrados de alcohol, los que se desplazaban por las calles de Madrid, gritando “¡truco o trato!”, que siempre me ha parecido una paupérrima traducción del “trick or treat” anglosajón.
Que me perdonen los fans de “Halloween”, pero me parece lamentable. No es una tradición hispánica ni cristiana. Supongo que la cosa sería iniciada por los centros comerciales, que ven en esto, como en casi todo, una oportunidad de negocio, pero lo que me parece asombroso es la aceptación casi generalizada por parte del pueblo. Hasta en los colegios se fomenta el disfrazarse y celebrar la dichosa fiestecita.
Quizá se trate de una adaptación de nuestro Carnaval, con entierro de la sardina incluido, que es mucho más castizo, pero me temo que en el fondo caemos en imitar aquello que vemos en las películas, dibujos animados, cómics, series de TV, etc. de factura americana.
En casa nos hemos resistido desde el principio a adoptar esta tradición foránea. Una de nuestras hijas nos contó que en el colegio conversaba con una compañera suya explicándole que no nos gusta esta celebración pagana, lo que provocó gran extrañeza en la otra niña, y que lo que realmente hay que celebrar es el gozo por los innumerables fieles que están ya en el cielo, además de rezar por los que están esperando en el purgatorio. Nosotros la felicitamos por su valentía en defender la fe cristiana y rechazar el colonialismo.
A ver si alguien más se anima…
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El problema, a mi modo de entender, salvo que alguien con esa pátina de “buenismo” que todo lo pretende tapar, me diga lo contrario, es un problema que, como apuntas, lleva como excusa a celebraciones etílicas, gamberradas y molestias en los mayores, y ello proviene de que en los colegios, religiosos en muchísimos casos, -tomen nota los padres, colaboradores necesarios y obligados a semejantes cosas por aquello de la emulación de la tontería- se hacen eco y se esfuerzan en disfrazar a criaturas inocentes de terroríficos idiotas, diablillos estúpidos o fantasmas penosos. Eso si, luego que no aparezcan sus caras “normales” en cualquier fotografía porque afectan a sus derechos. Lo que afecta a sus almas y a su educación religiosa o si se me apura, ética o moral se ve que eso requiere esfuerzo y no “mola”.