Nuevos pastores
El día de la Virgen del Pilar estuve en el Cerro de los Ángeles asistiendo a una ceremonia de ordenación de siete presbíteros y tres diáconos.
Presidió la celebración el Sr. Obispo, D. Joaquín María López de Andújar, acompañado, entre otros, del anterior Obispo Auxiliar de Getafe (y ahora de Cádiz y Ceuta), D. Rafael Zornoza, Rector del Seminario durante muchos años y anteriormente párroco de San Jorge. En el templo abarrotado de fieles, muchos de ellos de pie, y sin embargo manteniendo un completo silencio, se siguió con emoción y devoción la preciosa liturgia de la Iglesia en un momento tan solemne como es la ordenación de nuevos pastores.
El Rector del Seminario presenta a los candidatos, y el Obispo pregunta: “¿Sabes si son dignos?”. El Rector responde: “Según el parecer de quienes los presentan, después de consultar al pueblo cristiano, doy testimonio de que han sido considerados dignos”.
Más tarde, el Obispo unge a cada ordenando y le dice personalmente: “El Señor, que ha comenzado en ti la obra buena, Él mismo la lleve a termino”.
Señalo estos dos momentos de la liturgia de la ordenación porque me parecen particularmente importantes.
Respecto a la dignidad, es curioso señalar que el mismo Obispo que preside la ceremonia dirá algo más tarde, durante la plegaria eucarística, “(…) conmigo, indigno siervo tuyo”. La realidad es que el ministerio sacerdotal, que consiste ni más ni menos que convertirse en “otro Cristo”, es de tan alta dignidad que ningún ser humano se halla a la altura requerida. ¿Cómo conjugar esta circunstancia con la necesidad de ordenar nuevos presbíteros? Para los hombres parece una tarea imposible, pero como veremos más adelante el mismo Dios viene en nuestro auxilio.
Por las importantes consecuencias que tendrá en la vida de la Iglesia, es necesario ejercer un responsable y prudente discernimiento antes de ordenar nuevos sacerdotes. En tiempos pasados no era infrecuente la búsqueda de una vida mejor en la “carrera eclesiástica” (como ilustra la clásica novela “Rojo y Negro” de Stendhal). Pero hoy probablemente la inmensa mayoría de los jóvenes que acuden a los seminarios y a las órdenes religiosas albergan una vocación sincera. Aunque se producen de vez en cuando todavía algunos casos de inadecuación.
La segunda frase me parece la más crucial. “El Señor, que comenzó la obra buena en ti…”. Mucha gente desconoce que el sacerdocio es una vocación, es decir una llamada (vocación viene del latín vocatio, acción de llamar). Recientemente discutía con un compañero de trabajo que decía que le parecía una decisión difícil meterse en un convento de clausura. Yo intentaba explicarle (con poco éxito) que no era exactamente una decisión, o al menos tal como la entendemos habitualmente; sino que es más bien una respuesta, una aceptación. Dios llama a quien Él quiere; y la persona responde, aceptando la llamada, o rechazándola. Pero la iniciativa siempre es de Él. He conocido a varios jóvenes sacerdotes y al preguntarles por el origen de su vocación siempre se ha visto la llamada primera de Dios. Muchos tenían novia; algunos estaban en mitad de su carrera; otros ya trabajando… Esta es la grandiosa manera que Dios tiene de resolver la dificultad expresada en el párrafo anterior.
Pero la respuesta no solo conlleva el ingreso en una institución. Igual que ocurre en el matrimonio (que también es una vocación), hay que alimentar cada día la llama del amor con el que respondemos. Y de un modo más preciso, entender que el trabajo principal no lo hacemos nosotros, sino Dios mismo. Pero para eso hay que dejarle. Permitirle entrar en nosotros y dejar que nos cambie por dentro. Que transforme nuestro corazón de piedra en un corazón manso y humilde como el suyo. Que nos haga dóciles al Espíritu para que podamos escuchar sus gemidos inefables y obedecer, haciendo, como Él, la voluntad del Padre.
Pidamos por el aumento de vocaciones, como el mismo Jesús nos recomendó: “Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 38). Y pidamos además por los ya consagrados. La vida del sacerdote, que consiste básicamente en una entrega en el servicio a los demás, no está exenta de dificultades, sufrimiento y pruebas. Entre otras la soledad. Recuerdo que decía JM Cotelo en la introducción a la magnífica película documental “La Última Cima”, más o menos: “perdóname cura, porque no te invité a cenar a casa”. Pues ojalá no tengamos que decir nosotros lo mismo.
Postdata: el viernes siguiente tuve la dicha de poder besar las manos a uno de los nuevos presbíteros, tras su primera Eucaristía. Unas manos que habían realizado la Consagración, unas manos van a llevar el perdón y el Cuerpo de Cristo al pueblo de Dios. Qué poco nos asombramos del extraordinario poder que Dios ha delegado a los hombres.
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Federico: Estás aportando, en estos artículos sobre la vocación religiosa, tanto en las mujeres como en los hombres, una aproximación necesaria sobre la llamada de Cristo, algo, repito, muy necesario en estos días en los que, a pesar de la inmensa cantidad de información con que se nos bombardea, en estos temas se nos desinforma, en el mejor de los casos, o simplemente, se guarda el más absoluto de los silencios. Te lo agradezco.