¿En el sexo vale todo?

Hace algunas semanas estaba moderando una sesión de orientación familiar con un grupo de matrimonios jóvenes, y uno de los asistentes me hizo esta pregunta. Me pilló un poco por sorpresa porque no venía a colación con lo que estaba explicando, pero pude contestar tres cosas a bote pronto:

En primer lugar, hay que respetar la dignidad de la persona humana. Es decir, no se pueden hacer cosas o realizar prácticas que estén en contra de esa dignidad. Puse como ejemplo el masoquismo, que en mi opinión revela un indicio de patología.

En segundo lugar, el criterio que debe regir en la relación sexual es el amor. El amor que busca el bien de la persona amada y no otras cosas.

En tercer lugar, el encuentro íntimo, al igual que cualquier otro acto humano, debe respetar su significado verdadero, de lo contrario se convierte en un acto falso. ¿Cuál es ese significado? Es la manifestación física de la donación recíproca que se hacen los cónyuges entre sí, entrega integral, permanente e incondicional. Esto integra las dimensiones unitiva y procreativa de modo inseparable, pues el rechazo de la fecundidad en el fondo supone una entrega incompleta, un amor imperfecto.

Después me quedé pensando y, de haber tenido más tiempo, habría comentado otros aspectos que creo que revisten cierta importancia y que desarrollo a continuación.

El puritanismo, aunque nos ha impactado ampliamente, no es de la religión católica ni forma parte de la doctrina de la Iglesia. Esto es importante recordarlo, porque para muchas personas el sexo sigue siendo un tabú. Experimentan vergüenza en determinadas situaciones, cuando no escándalo o aversión.

Sin embargo, para los católicos, el placer sexual debe verse como algo bueno. Por la sencilla razón de que existe porque lo ha creado Dios, y todo lo que Él ha hecho es bueno.

Lo que no tiene porqué ser bueno es el uso que hacemos de las cosas. El criterio moral para guiar ese uso es que sea conforme al fin para el que han sido creadas. ¿Para qué ha sido creado el placer sexual? Para contribuir al gozo de la unión íntima del varón y de la mujer en el marco de una entrega recíproca que se han hecho antes creando una unión indisoluble, es decir, que forman, literalmente, “una sola carne”.

El placer sexual es verdaderamente un regalo de Dios. Podría no existir, sino que fuera simplemente un instinto reproductivo lo que motivara la cópula y resultara algo agradable, como el comer un alimento rico en sabor. Pero no. Dios ha querido que los esposos disfruten intensamente de la entrega recíproca y se gocen al saberse amados y al mostrarse el aprecio y la preferencia del uno por el otro, y que experimenten una sensación de plenitud en el encuentro íntimo.

El problema surge cuando el uso no es conforme a la finalidad de las cosas. Desgraciadamente, vivimos en una sociedad hiper sexualizada y erotizada, en la que la afectividad se reduce casi siempre a genitalidad, la relación sexual se interpreta como la satisfacción inmediata de una necesidad de placer, y por supuesto se niega la dimensión procreativa. La consecuencia inevitable es el uso de otras personas para conseguir ese fin. Es decir, se considera el placer sexual como un fin en sí mismo, y a las personas como medios para alcanzar ese objetivo.

Pero el ser humano no admite ser utilizado. No es una cosa; es una persona. Las ideologías dominantes nos cautivan con cantos de sirena, pretendiendo presentar un mensaje de liberación sexual, de derechos sexuales, de cosificación de la persona. Pero son ideas y mensajes falsos. Las consultas de los psicólogos y psiquiatras están abarrotadas de varones y mujeres insatisfechos, profundamente heridos por sentirse utilizados como objetos de placer. Muchas parejas se distancian y se rompen al encontrarse vacías, con relaciones superficiales que desmienten la promesa de felicidad que se les apareció al conocerse; y empiezan a derivar de un fracaso en otro, terminando por creer que el amor no existe.

Las ideologías resultan atractivas y mucha gente cae en sus falsas promesas, y se extienden, se ponen de moda y dominan el pensamiento, al menos durante algún tiempo, porque la realidad es tozuda y termina por prevalecer; pero el problema es que después de desenmascararlas se comprueba que ha habido muchas víctimas, que han generado mucho sufrimiento. Las ideologías prometen mucho pero no salvan. Solo salva Jesucristo.

Lo último que hubiera querido decir sobre este tema es lo más importante. Para las personas que hemos sido agraciadas con el don inmerecido de la fe, toda realidad se transforma, adquiere su verdadero significado a la luz de la revelación. ¿Y qué nos dice la revelación acerca de este asunto? Parece una barbaridad, casi, casi un sacrilegio; tiene que ser verdad, porque nunca lo hubiéramos imaginado, y de haberlo hecho, no nos hubiéramos atrevido a decirlo.

El matrimonio es imagen de la entrega de Cristo por la Iglesia. Cada vez que el marido y la mujer se hacen físicamente una sola carne están actualizando esa entrega: es un verdadero sacrificio. Tenemos la idea de que un sacrificio tiene que ser algo penoso, algo duro o difícil. Pero en realidad no tiene porqué serlo. Un sacrificio es una ofrenda a Dios. Es tornar o convertir algo en sagrado. Cuando los esposos se aman bien, están siendo una imagen verdadera de la unión Cristo-Iglesia. Están siendo Eucaristía.

Esto eleva infinitamente el sentido del encuentro íntimo. Por esto es tan importante el matrimonio, contemplado en el maravilloso plan de Dios y revelado al principio de las Escrituras.

La consideración de este profundo misterio nos debe alegrar y asombrar. Acerquémonos con reverencia, casi con estupor, al encuentro íntimo, sabiendo lo que estamos haciendo.

A la luz de esta maravillosa revelación, creo que nos daremos cuenta de que la pregunta del principio es, en el fondo, irrelevante.

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