El Belén de mi casa
Este año mis padres han puesto el árbol y el Belén en casa. Mis hermanos y yo les decimos de broma que se han hecho mayores, porque les hemos dejado solos para el montaje navideño. Pero ¡qué desgracia la nuestra, que nos lo hemos perdido!
Recuerdo la emoción que suponía poner los adornos navideños cuando éramos pequeños. Era toda una tarde dedicada a decorar la casa, y había ya ciertas tareas tradicionalmente asignadas: quién baja al trastero a por los adornos, quién monta las luces, quién decora el árbol, quién monta el belén, quién pone el musgo, quién coloca qué figuras… pasábamos toda la tarde con el clásico CD de villancicos de niños con voces de pito, cantando y pegando espumillón por toda la casa.
Este año… nos lo hemos perdido.
Pero gracias a que mis padres no han dejado de celebrar la Navidad (y esto implica, prepararla también) he podido recuperar cierta sensibilidad y alegría. A la mañana siguiente de encontrarme el árbol y el Belén en casa, me senté al lado del Belén a ver cómo lo habían puesto este año. En seguida me percaté de lo escasos que estábamos de musgo. ¡Claro! ¡No hemos ido a la Plaza Mayor! Pero mi madre (que es madre) disimuló bien esta escasez colocándolo todo sobre un escenario verdoso: un mantel. ¡Qué bonito es el tradicional Belén familiar, con las clásicas figuras de Reyes Magos mancos, infinidad de patos y ovejas…! ¡Hasta dos cerditos tenemos en el Belén de casa! Pues algún año debimos ponernos muy pesados mis hermanos y yo con que queríamos poner dos cerdos, y ya no lo recuerdo…
Mi perfeccionismo me llevó a meter mano en el Belén, y a colocarlo todo un poco más “a mi gusto”… y sucedió que terminé disfrutando un montón y rezando. Supongo que los ejercicios espirituales de los que hacía tres días que había regresado, empezaron a dar fruto, pues me limité a colocar las figuras con las que Patricio nos había introducido en la Navidad, en el pesebre. Así, construí un laguito donde puse los patos que hasta entonces nadaban sobre el mantel verde, y coloqué muy cerca el pozo. En el pozo, puse una oveja, la samaritana a quien Jesús dice “dame de beber”. Después me las ingenié para colocar la única bombilla que tiene nuestro Belén, de forma que iluminara la cuna del Niño. Entonces, de pura casualidad descubrí que desde la cuna, se había formado un camino de luz en el que sin dudarlo, puse a todas las ovejitas que se acercan hasta Jesús para adorar al Buen Pastor.
Siempre rodeamos el Belén con un montón de piedrecitas alrededor, pero este año decidí dejarlo abierto justo por donde seguía alumbrando el camino que lleva hasta el Niño Jesús, de forma que ahora el espectador tiene muy fácil entrar en Belén. Un poco de musgo aquí… un poco de musgo allá… ¡y listo!
Cuando llegó mi madre (yo llevaba tres días enferma en la cama) y le conté la historia, me dijo: “Hija, ya eres tú otra vez” y aunque ella se refería a que había roto con la apatía que me había atrapado tantos días en la cama, yo me di cuenta de que acercarme como una niña a “jugar” con las figuras del Belén, me había devuelto la alegría de los pastores que se acercan a adorar al Niño.
¡Que sepa adorarte y permanecer en Belén esta Navidad, Señor!
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Entrañable historia Patilí.
En nuestra casa hemos puesto sólo el nacimiento (Reyes Magos incluidos). El año que viene empezaremos a poner un belén más completo.
La alegría me la llevé al llegar el otro día a casa de mis padres. Tras varios años en los que sólo ponían un nacimiento muy sencillo, mi madre decidió por rebuscar en el trastero y encontrar y colocar el belén de cuando mi hermano y yo éramos pequeños.
Unas figuritas que me traen entrañables recuerdos, pues “nací” con ellas.
El belén tiene algo mágico.
Pasos por el de S. Jorge. Es, como siempre, espectacular.