El Belén

Acabo de poner la última figurita del Belén. Ya sólo me falta añadir este pequeño bebé, al niño Jesús, mañana, cuando nazca. Miro con detenimiento mi obra, y de repente me surge una pregunta: ¿Dónde estoy yo en ese paisaje de montes de cartón y ríos de papel de plata? ¿En qué lugar me ubico esperando a que se llene ese cuenco de pajas con este diminuto niño que me mira sonriente? Y empiezo a observar cada uno de los personajes que llenan mi Belén…

¿Acaso estoy como Los Reyes Magos?, “que soportaron fatigas y sacrificios, sin ceder al desaliento y a la tentación de volver atrás” que siguen a una estrella, sin saber muy bien a dónde se dirigen, que no entienden bien el misterio que está aconteciendo, pero que confían en el camino que Dios les indica…

O como Herodes, en su imponente castillo de cartón-piedra, que no quiere pensar más que en disfrutar de las fiestas, de hacer grandes cenas con amigos, de salir y descansar, de comprar regalos…

¿O debería ponerme con los pastores?, que “glorifican y alaban a Dios por todo lo que han visto y oído”, que dan gracias humildemente a Dios por el don de la fe, y viven todas las fiestas con intensidad y con sentido, porque se ha hecho hombre, y por sentirse amados.

Me llama la atención, también, la figura mecánica que tanto me ha costado montar, el alfarero. Apartado en su casa, no para de moverse, de girar el torno, preocupado por su trabajo, sin vacaciones, sin darse un respiro para mirar lo que está pasando a muy pocos pasos de él.

¿Y sí estuviese como María?, que “guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón”, que a pesar de los ajetreos de la vida, los ajetreos de la navidad, la preparación de cenas y eventos, lo hacía todo con alegría, con actitud de aceptar todo lo que su hijo dispusiese.

Ahora miro a San José, hombre justo y cumplidor de la ley, que pasa desapercibido, lleno de humildad y oculto en el silencio. Decidido a soportar todas las cargas por amor, que dedica a hacer felices a sus amigos y a su familia, que hace el bien sin que se le note, sin buscar el agradecimiento.

Más adentro, está el asno y el buey, tumbados tranquilamente, observando las maravillas que pasan a su alrededor, conscientes del gran momento que están viviendo, pero que muestran indiferencia, pasan de comerse la cabeza, y asisten a todo por cumplir con la costumbre.

Y ahí está el Pesebre, donde come el ganado, que será el lugar de acogida del Salvador. Ese Pesebre, que mañana podrá estar lleno o vacío, dependiendo de mi verdadera disposición a acogerle, a dejarle nacer en mi interior, y a dejarle crecer conmigo…

¿Y tú dónde estás en ese Belén?

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Comentarios (2)

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  1. Mota dice:

    Magnífica columna Yonkihuete.

    Gran reflexión sobre el Belén y su interpelación en nuestras vidas. Muy acertada.

    Pues quiero rezar, orar, meditar para ver dónde estoy yo en el Belén.

    Sé dónde me gustaría estar y dónde no. Le pediré al niño para que esté con los que le adoran, le acogen, le buscan.

  2. Shadja dice:

    ¡Qué buena pregunta! ¿Dónde estoy en el Belén? En realidad, no importa si estoy en el portal o trabajando, si soy un pastor o un soldado de Herodes; en realidad, lo que importa es estar en el sitio en que Dios, al poner el Belén de la Historia, quiso que yo estuviera…

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