El desierto
En la preciosa exposición sobre la vida de la Madre Teresa de Calcuta que tuvo lugar hace unas semanas en Madrid, una de las cosas que me llamaron la atención es la durísima experiencia de sequedad espiritual de la beata, que padeció durante la mayor parte de su vida. Es la experiencia del desierto, de la ausencia de la fuente, de la falta de satisfacción y de gozo.
Muchos santos pasan por esta prueba de purificación y perfeccionamiento. Es semejante al abandono que siente Jesús en la cruz, y por el que grita “Eloi, Eloi, lama sabactaní”, que como todos sabemos significa “Padre, Padre, ¿por qué me has abandonado?”.
¿Cuál es el significado de esta durísima experiencia? Máxime cuando está precedida del encuentro con el Amado, vivencia de plenitud, de gozo, de profunda felicidad. Parece como que Dios diera a probar algo de lo vendrá en el cielo, para luego retirarse y faltar. Y quien ha gustado de esa Presencia la echa en falta como el que carece de lo más precioso de su vida.
Los místicos han expresado bellísimamente esta vivencia. Por ejemplo, San Juan de la Cruz (Cántico Espiritual):
¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste
habiéndome herido;
salí tras ti clamando y eras ido.
Pastores, los que fuereis
allá por las majadas al otero,
si por ventura viereis
aquel que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.
(…)
Mas, ¿cómo perseveras,
¡oh vida!, no viendo donde vives,
y haciendo por que mueras
las flechas que recibes
de lo que del Amado en ti concibes?
¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y, pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste,
y no tomas el robo que robaste?
Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacerlos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre de ellos,
y sólo para ti quiero tenerlos.
Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.
El P. Tadeusz Dajczer, en su libro “Meditaciones sobre la fe”, nos proporciona alguna clave para poder desentrañar este misterio. El desierto es ni más ni menos que un don, un talento. Tenemos la idea de que los talentos son cualidades especiales que hemos recibido, como por ejemplo una gran inteligencia, memoria o capacidad de trabajo. Pero en realidad, todo es don. Todo viene del Señor. Y precisamente por eso debemos ser capaces de aprovechar ese don, ese talento, y que dé fruto. Algunos ciento, otros setenta, otros treinta…
No es fácil aceptar este punto de vista. Normalmente interpretamos las cosas desagradables como algo permitido, pero no querido por Dios. Pero nos olvidamos de su designio redentor. Hace poco una persona cercana me comentaba, ante la postración y el sufrimiento de una enferma de cáncer, que esa mujer estaba corredimiendo por los pecados del mundo. Pienso que puede ser verdad. Desde luego San Pablo abre la puerta a esta posibilidad cuando expresa “completo en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo” en su primera carta a los Colosenses. Por supuesto que la Pasión del Señor es un acto de valor infinito que por sí sólo se basta para redimir todos los pecados de toda la humanidad a lo largo de toda la historia del universo. No es en modo alguno incompleta o imperfecta. Lo que sugiere el apóstol de los gentiles es que, de un modo misterioso, estamos invitados a participar del sacrificio redentor de Jesús ofreciendo nuestro sufrimiento.
El mismo Jesús expresa también algo relacionado en la Escritura: “el que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame” (Mt 16, 23-24). Ese cargar con la cruz y seguirle es una invitación a acompañarle en su camino al monte Calvario. A través de nuestras pequeñas dificultades cotidianas, y por supuesto de las de más gravedad, podemos ofrecernos con Jesús en el sacrificio redentor de la cruz.
Esta es la preciosa manera en que puede fructificar ese talento del desierto. Uniéndolo al único sacrificio, el del Cordero inmaculado. Y quien es capaz de vivir ese abandono sale acrisolado y cristificado de la experiencia.
Cuando llegue el sufrimiento, recordemos que el desierto también es don. Es talento que puede y debe dar fruto.
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Magnífico comentario, Federico. Yo también me preguntaba el significado de esos “desiertos”, sobre todo en gente tan claramente santa como la Madre Teresa. Gracias por abrirnos unas puertas.
Magnifico comentario que arroja luz sobre un tema difícil que a todos nos interesa esclarecer.
Todo es don. Todo es don. Todo es don.
También el tiempo de desierto: don que debe dar fruto. ¡¡Gracias por enseñarnos a mirarlo así!!
Magnífica columna.
Cuánta luz nos da.
Gracias Federico.