Escucha y aprende; después actúa local y globalmente
Con ésta frase acababa una de las entrevistas que hicimos a un profesor de mi escuela de “teleco” que publicamos en la revista de mi delegación. A mi juicio un gran hombre, de pequeño participó en “Verano Azul” conocida por muchos (aunque a mi generación llegó un poco tarde), y de mayor Doctor en ingeniería con proyectos de I+D y cooperación en Sudamérica.
En el momento en el que leí el artículo pensé: “Así es como tiene que ser mi vida”. Inténtalo aplicar a cualquier ámbito de tu vida, ¿Acaso alguien nace sabiendo? Yo por lo menos no. Me vienen a la memoria las primeras veces que intentaba rezar o mis primeros años de catequista, en los que como dice la frase simplemente escuchaba y aprendía, pero después poco a poco actuaba localmente en mi familia o en mis amigos más cercanos o globalmente en los campamentos o incluso en la JMJ.
Pero os voy a poner un ejemplo más concreto y muy útil ahora que empezamos el Adviento: la oración. La oración es uno de las grandes herramientas que tenemos los católicos para tratar con nuestro amigo Jesucristo, y lo más importante es que si somos conscientes de ello y la fomentamos en nuestra vida, podremos transmitir a los demás todo lo que sentimos de verdad.
Para hacer oración:
- Prepárate:
- Elige un sitio adecuado: Por ejemplo en el Sagrario y si no puede ser así en tu cuarto o incluso paseando.
- Ponte en una postura adecuada: Sentado, de rodillas o de pie.
- Procura tener silencio: exterior (ruidos, móviles) e interior (aparcando el ajetreo del día o las cosas que aún te quedan por hacer).
- Ponte en manos de Dios: La oración es un don y Él es el protagonista. Pide ayuda al Espíritu Santo para que te haga comprender el camino que el Señor te propone en ésta meditación, por ejemplo así: “Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes. Te adoro con profunda reverencia. Te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración. Madre mía inmaculada, san José mi padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.”
- Empieza tu oración:
- Meditando: Con un libro: el Evangelio, la Biblia o libro de algún santo, despacio y saboreando cada palabra que encuentres.
- Contemplando: Leyendo textos del evangelio y contemplando las escenas “como si fueran de una película” aplicando tus sentidos al texto, o contemplando una imagen del Señor o de la Virgen, fijándote en “cómo te mira”.
- Repitiendo oraciones: Padrenuestro, Avemaría, el Rosario o la Liturgia de las Horas, siempre pensando en lo que dices.
- Preséntale: Tus actos de fe y de amor, tus peticiones, tus preguntas, tus desahogos, tus ofrecimientos, tus agradecimientos, tus arrepentimientos, tus recuerdos, tus propósitos y tus actos de esperanza.
- Otras formas: Aquí se deja libre a la imaginación, puedes escribirle una carta al Señor, dibujar en un papel lo que le quieres transmitir o simplemente vete y estate con Él, háblale y escúchale.
- Termina tu oración:
- Preguntándote “cómo te ha ido”, haz un examen de oración.
- Para acabar: “Te doy gracias Dios mío por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en esta meditación. Te pido ayuda para ponerlos por obra. Madre mía inmaculada, san José, mi padre y Señor, Ángel de mi guarda, interceded por mí.”
Y recuerda: A veces la oración cuesta, pero el Señor tiene ganas de estar contigo y de que le cuentes cosas, pero no te desanimes ya que ésta “siempre hace bien” aunque no lo notes en ese momento.
- Si no siento nada: No pasa nada. Tú sabes que el Señor está ahí escuchándote y aunque no le veas, Él goza estando contigo.
- Si no sabes que decir: Prueba las formas de oración propuestas y si aún así sigue costándote, no te preocupes, desde el Sagrario, el Señor te hace mucho bien y va dejándote paz y alegría silenciosamente.
- Si no tengo tiempo: Pregúntate ¿Qué otras cosas estoy queriendo más que el Señor? ¿Estoy perdiendo mucho tiempo haciendo otras cosas que no tienen apenas importancia?
- Si crees que nunca consigues hacer bien la oración: Seguramente no está tan mal, simplemente es que la amistad con el Señor “se escapa a nuestro control”. Es por ello que hay que ir aprendiendo y confiar tu vida y tu oración al Señor. Pide a algún sacerdote o persona con más experiencia que te eche una mano, coméntale tus dificultades, consúltale tus dudas o pídele que te recomiende un libro.
Y por supuesto, siempre ten un cariño muy grande a la Virgen. Ella te irá llevando sin que lo notes, a ser cada vez mejor amigo de Jesucristo. Te irá haciendo un hombre de oración y un santo.
Filed Under: Portada


B!! muy sabio tu profesor, parece básico pero muchas veces actuamos antes de escuchar y aprender y no suele llevarnos por el mejor camino. Gracias por los consejos en la oración CATEQUISTA
!!!
Son dos temas diferentes pero relacionados: la capacidad de acción y de afectar a otros que tenemos, y la necesidad de oración. Pienso que para poder dejar huella, para poder ayudar de verdad, es necesario ser una persona de oración frecuente y profunda.
Conviene tener optimismo y esperanza, en el sentido de confiar en las propias posibilidades, es decir, no dejar de actuar pensando que no podemos conseguir nada, pero a la vez recordando siempre que lo más valioso de nuestra vida vendrá a través de la intervención divina.