Maternidad no deseada

Hace algunos días leí una noticia que me dejó perplejo y preocupado. Un tribunal había condenado a un hospital a pagar una pensión vitalicia a un niño no deseado, nacido tras una operación esterilizante. Obviamente no había dado el resultado deseado o se había practicado incorrectamente, dando lugar a la demanda de la “perjudicada”.

Con independencia de que el nuevo ser humano sea o no buscado por sus padres, parece contra toda lógica considerarlo como un perjuicio que requiere una indemnización. ¿Qué clase de “civilización” es esta que acepta calificar a un ser humano como un mal? Si de hecho el nacimiento de una nueva persona es el único bien universalmente reconocible, la única novedad radical sobre la tierra que puede haber.

Pero no. En una sociedad hedonista, utilitarista, materialista, relativista, comodona, desvinculada y centrada en la satisfacción inmediata de las necesidades, el hijo es eso: un mal a evitar. Primero impidiendo la concepción, pero si esta llega, a continuación se evita la implantación (píldora del día después); y si esto aun falla, se recurre al simple y bárbaro asesinato del bebé en el seno materno. Cuando la humanidad recapacite, el siglo XX y probablemente el XXI serán descritos en las clases de historia como el período de la deshumanización, de la peor masacre que han conocido los tiempos: el aborto provocado.

Al menos en este caso la madre ha llevado el embarazo a término y ha tenido al hijo, exigiendo después a la Administración que se haga cargo de su tutela. 

¿Cómo será la vida de esta persona? Pues lo más importante para desarrollarse como tal es el amor. Como dice con profunda clarividencia Juan Pablo II: “el hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente” (Redemptor Hominis).

Hace años conocí a una chica estupenda, majísima, que lo tenía todo: inteligencia, simpatía, bondad, belleza, esfuerzo… y sin embargo era tremendamente desgraciada. Pasado algún tiempo supe que, antes de que ella naciera, su madre había perdido al hermano que la precedía, víctima del cáncer. Cuando vino el nuevo bebé las cosas parecían ser normales, pero la niña tenía graves problemas en el colegio. Tras varios años intentando resolver la situación sin resultado, acudieron a un psicólogo que estudió el caso a fondo y terminó diagnosticando el problema: la madre, tras el terrible sufrimiento de perder al hijo, de un modo inconsciente había intentado no vincularse a la nueva hija, había intentado protegerse de esa herida “no queriendo” a la niña. Y ésta lo había percibido desde la cuna, probablemente incluso desde el embarazo.

Actualmente esta joven de 16 o 17 años sufre profundamente ese rechazo de su madre. Lo terrible es que, siendo objetivamente una persona amable (“digna de ser amada”), piensa que no lo es. Que no vale. Que no merece amor ni consideración. Y por eso se desgasta en enormes esfuerzos para obtener mejores resultados académicos, para destacar en el deporte, para incrementar su conocimiento y su cultura… para intentar presentarse ante su madre como alguien valioso. Pues aunque es consciente del origen del problema, ello no le evita el sufrimiento ni suple sus carencias.

La inmensa mayoría de las personas normales vivimos una existencia corriente, más o menos sufrida, pero no tenemos esta profunda carencia porque hemos sido queridos por sus padres. El ser humano desarrolla su autoestima en base a las experiencias de la más tierna infancia. Desde el nacimiento hasta los 3 años transcurre el período en que se forma la base de la personalidad. Un niño querido y aceptado por sus padres podrá incorporarse con normalidad a entornos escolares y sociales, sabiendo que es alguien que tiene valor, que merece estima y aprecio por el simple hecho de existir. Y podrá en su momento entablar una relación de pareja con la seguridad de saberse amado porque sabe que es amable.

Amar bien a los hijos, ¡qué gran responsabilidad de los padres!

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Comentarios (1)

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  1. fedelena dice:

    Me temo que por lo general no nos paramos a pensar estas cosas… antes de tener hijos. Sin embargo, merecería la pena reflexionar y prepararse bien sobre este tema, para conocer la profunda responsabilidad que significa ser padres y las consecuencias que tienen nuestros actos sobre los hijos.

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