Crisis, qué crisis
Así rezaba el título de un álbum del grupo Supertramp de 1975, hace más de 35 años. En la portada, un joven toma el sol rodeado por los deshechos de una especie de basurero urbano. En el fondo, las chimeneas contaminan un cielo cubierto de nubes tóxicas.
Actualmente se habla mucho de la crisis, como si solo sufriéramos una. Yo creo que son bastantes. Sin ánimo de exhaustividad, citaré algunas.
En primer lugar, claro está, la crisis económica, que se cobra miles de víctimas que van al paro con pocas expectativas de encontrar trabajo en un futuro a corto y medio plazo. La mayor parte de las empresas tienen dificultades para vender, y las que consiguen hacerlo, luego se las ven y se las desean para cobrar.
Junto a esta, la crisis financiera, de alcance mundial, que afecta a todas las instituciones bancarias en mayor o menor grado, al perder valor gran parte de sus activos y consecuentemente reducir la liquidez (dinero en circulación y préstamos).
Coexisten otras crisis íntimamente relacionadas de mayor alcance si cabe: como consecuencia de los bajos índices de natalidad y del aborto, además del freno en la inmigración, gradualmente se va produciendo la inversión de la pirámide de población, es decir, hay más gente mayor y menos gente joven y niños, lo que produce una falta de pujanza y de optimismo, de ilusión y esperanza en la sociedad. Ello ha motivado la crisis del Estado del Bienestar, pues no hay suficientes cotizantes como para pagar las pensiones y el sistema de salud a las clases pasivas. Y por si fuera poco, la actuación asombrosamente imprudente de los dirigentes políticos les ha llevado a endeudarse mucho más allá de las capacidades de recaudación, lo cual lleva al terrible e insoluble problema de que las nuevas emisiones de títulos públicos no se dedican a inversiones, sino a pagar los intereses de la desorbitada deuda anterior.
También está en crisis el modelo de familia tradicional. Muchísima gente decide no casarse, algunos se juntan temporalmente, los matrimonios y parejas se separan con una facilidad pasmosa, la adopción de los niños se considera como si fuera un derecho de un individuo o de una individua o cualquier combinación de ellos, en lugar del derecho de los niños a tener un padre y una madre…
Está en crisis la vida, con el terrible crimen colectivo del aborto provocado, instituido injustamente como derecho por una concepción puramente ideológica, sin sustento en la realidad; y dentro de poco acompañada por su inseparable camarada, la eutanasia, que de hecho ya se practica a diario en muchos hospitales y residencias a enfermos crónicos y ancianos desvalidos.
También está en crisis la educación. Los alumnos, en su mayoría carentes de espíritu de trabajo e incentivación, aprenden cada vez menos. Los docentes se encuentran desalentados y hostigados por unos padres que les exigen más a ellos que a sus propios hijos.
La práctica religiosa, las creencias, la fe, están también en crisis. Muchos abandonan la práctica, otros reniegan de su fe, otros se dicen cristianos pero viven de un modo manifiestamente opuesto…
Pero la principal de todas ellas es la crisis de la moral, que conlleva la corrupción generalizada, la búsqueda del enriquecimiento rápido a costa de lo que sea y sin importar las consecuencias, tanto para uno mismo como para los demás. Está en la raíz de todas las demás. Los directivos y profesionales financieros (por poner un ejemplo) responsables y honrados no entrarían en una lucha salvaje por incrementar los activos aun a costa de obviar su pésima calidad, ni unos gestores públicos prudentes y sensatos se endeudarían tan fuertemente como para no ser capaces de afrontar sus obligaciones. Ni, una vez que ocuparan un cargo público, se dedicarían prioritariamente a enriquecerse a base de chanchullos, pelotazos y golferías.
Frente a todo ello, ¿qué actitud tomar? La opción del pesimismo es tentadora, pero no resuelve nada. O podemos ignorarlo y pretender seguir viviendo como si nada, pero las consecuencias están ahí y nos afectan inevitablemente.
Podemos culpar a la sociedad. O a los políticos. O a los banqueros… pero en el fondo, si nos examinamos sinceramente, quizá nosotros no seamos muy diferentes. Puede que por eso tampoco haya demasiada contestación pública… muchos están simplemente esperando su turno, que les llegue la ocasión para poder hacer lo mismo que los que hoy están en el poder. Y quienes no lo tienen tan cerca, a lo mejor también ponen su granito de arena. ¿Quién no utiliza el teléfono de la empresa para realizar llamadas personales? ¿Quién no se lleva a su casa material de oficina (hojas, bolígrafos, gomas, etc.) para que lo use su familia? ¿Quién no hace fotocopias personales o imprime documentos privados usando máquinas del lugar de trabajo?
En cierto modo, casi todos participamos en mayor o menor medida del espíritu del “aprovecharnos”. Aprovechemos que no está el jefe para marcharnos antes. Aprovechemos que hay que salir a un cliente para hacer unas compritas. Aprovechemos que la empresa compra tal o cual material para llevarnos nosotros un ejemplar al precio reducido…
Es necesaria una renovación moral personal. Que cada uno de nosotros decida individualmente recuperar en su propia vida el significado de palabras casi olvidadas actualmente, como “abnegación”, “seriedad”, “honradez”, “integridad”, “austeridad”, “prudencia”, “trabajo”, “excelencia”, “probidad”, “justicia”, “desinterés”… y abandonar las que están tan de moda (vanidad, avaricia, corrupción, envidia, mediocridad, egoísmo, contubernio, chanchullo, etc.).
No nos engañemos. No queramos esperar a un cambio de “la sociedad”. En realidad, la sociedad no existe. Existen las personas. Existimos Vd. y yo, querido lector o lectora. Y la mejor (¿la única?) manera de arreglar el mundo es empezando por uno mismo; y, después, exigir lo mismo en nuestro entorno inmediato y cómo no, en lo público con el voto.
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Me parece magnifica esta exposición porque lo más importanten para salir de la crisis es la regeneración moral.Sin esta no salimos.
Magnífica columna. En el clavo. La crisis moral, madre de todas las crisis nos afecta a todos, incluyo a los cristianos que nos creemos “la última pepsicola del desierto” (expresión usada por Juan Pedro que me encanta). ¿Podemos arreglarlo? Desde luego. Pero no solos. Necesitamos recuperar a Dios, que parece que lo hemos perdido en el camino, o nos hemos deshecho de él porque nos incomodaba un poco. Con su luz, todo vuelve a su sitio. Esa es nuestra esperanza.
Por cierto, tengo el Lp de Supertramp (sí, LP, no CD)del 73. Me encantaba entonces y me sigue encantando ahora.
Absolutamente de acuerdo.
Magnífico análisis, diagnóstico y salida, pues si no parece que sólo cabría acabar en la desesperación.
Qué cierto: empezar por uno mismo.
Gracias Federico.