Rezar ante el Belén (de San Jorge)

Poder hacer el belén de la parroquia es un gran regalo del que sólo cabe estar agradecido. No es un trabajo como otros, sino una oportunidad de preparar la Navidad durante el Adviento de una forma preciosa.

Todo comienza de forma suave. “Oye, cuándo empezamos el belén”, pregunta alguien. Y un sábado nos ponemos a ello, aunque ya llevamos tiempo barruntándolo. Y vienen los maridos, las esposas y los hijos. La familia, la comunidad. Todos dispuestos, todos ilusionados, todos entregados.

Y la cosa se va liando. “Pues ahora cambiamos la tarima”. “Estás loco”, oigo por ahí. Puede, pero con la ayuda que tenemos no podemos fallar ¡es apuesta segura!. Y empiezan los sábados interminables, y las noches de los domingos, y las veladas de trabajo después del trabajo, y los problemas y contratiempos. Y  las luces de Carlos, los árboles de Jorge y Mª Ángeles, el cemento, la arena, la pintura, el río, las casas, el paisaje, las nuevas figuras… Estamos locos, es verdad, pero ¡qué locura tan divertida!

Son momentos especiales. En el silencio de la noche, dentro del templo, a las dos de la mañana, sólo se oyen los crujidos de las maderas que se quejan del frío que hace. En esos ratos nunca me he sentido solo, nunca he tenido miedo o inquietudes. No hay más que levantar la vista y mirar el sagrario: ¡Señor mío y Dios mío!, ¡quién soy yo para estar aquí en tu presencia, trabajando en tu casa!. Y le sientes especialmente cercano, a tu lado, casi tangible. El mismo Jesús, el Salvador de los hombres, que me hace bromas con el río que está quedando desnivelado… Es oración, porque oración es comunicarse con Dios, o simplemente estar a su lado sintiéndole. Son momentos de gracia, de inmenso don, de profundo agradecimiento.

Y todo esto queda impreso en el resultado final. El belén es reflejo de un amor, de una presencia vivida, de una entrega ilusionada. Y eso se nota hasta en los belenes más humildes. Hay una diferencia marcada entre los que se ponen con amor y devoción y los que se ponen por mero compromiso. Esa es la magia del belén, indefinible, pero perceptible con los ojos de la fe.

Y llegan los momentos finales, el apretón postrero. El último día, cuando la gente que se pasa por el templo por la mañana mira lo que hay y pregunta con total incredulidad “¿y eso se inaugura hoy?’”. Y parece oírse: “sí, espera el milagro”. Y el milagro se produce, fiel y a tiempo. Y todos colaboran en él, como comunidad eclesial viva y palpitante. Quedan cosas por hacer y no todo ha quedado bien. ¡Hay tanto por mejorar! pero ¿qué más da?.  No se trata de hacerlo mejor o peor, sino de hacerlo. Se trata de entregarse, de tirarse a la piscina. Es como una imagen de nuestra vida cristiana. Nos ponemos en sus manos y Dios nos guía. ¿Llegar es mérito nuestro? ¡Qué va, si no somos nada! Él nos toma y nos sienta en sus rodillas, pero hay que pedírselo, ponerse a ello y fiarse. Los santos no son hombres y mujeres perfectos, sólo son hombres y mujeres que se fiaron.

Y cuando acaba todo, miras y sólo vez paz y amor, casi como el saludo de los franciscanos, a cuyo padre se le atribuye el primer belén. La paz de San José mirando al Niño. El amor de nuestra Madre con su Hijo en el regazo. La devoción de los pastores, indignos como tú, que acuden a adorar al Rey de reyes. Ya sólo quieres estar allí, donde el mundo se ha detenido, donde nada importa, donde tus pesares se funden como la nieve.

Y descubres los símbolos que hay escondidos. Cotidianos y aparentemente anodinos, pero cargados de significados. El gallo vigilante que anuncia el nuevo Día, la luz del amanecer que nos descubre al que es la Luz del mundo, el agua del bautismo que purifica y santifica, los pastores, hombres sencillos que caminan como la Iglesia peregrina porque han oído el mensaje y buscan a Dios, el cordero a los pies del Cordero que va a ser sacrificado, el rebaño de Dios, la barca de la Iglesia, las viñas con su fruto precioso de vida, los olivos que producen el óleo del Espíritu, la paloma que trae la noticia de la salvación tras el diluvio, la caverna oscura convertida en un cielo por el nacimiento de Jesús, el pez, la cigüeña, las vasijas, el sembrador, los niños,  ¡hay tantos!…  y todos nos lleva al tremendo Misterio que contemplamos, como un liturgia sacramental expuesta en un cuadro, pero real.

Un belén es para arrodillarse y rezar, por eso me gusta que esté dentro del templo. Lo demás, creo que sobra.

Sí, hacer el belén de la parroquia es un gran regalo, pero nada comparado con lo que representa: la Buena Nueva, ser hijos con el Hijo, Dios encarnado. Y juntos vamos a adorarle.

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Comentarios (3)

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  1. fedelena dice:

    Gracias por compartir este “secreto” tan bien guardado… muchas veces (este es al menos mi caso) no nos damos cuenta de que detrás de una obra terminada hay un esfuerzo de muchos, horas de trabajo y amor robadas al sueño… quedó precioso el belén, nosotros estuvimos admirándolo y disfrutándolo al terminar las misas.

  2. Mota dice:

    Espectacular Santiago.

    El Belén de nuestra parroquia (vuestra “magna” obra, contigo a la cabeza) y tu columna sobre su creación.

    Qué momentos más especiales has debido vivir al darle vida a este magnífico Belén.

    Gracias por compartirlos.

    Gracias, más intensas, por hacerlo cada año.

    Es un elemento esencial de nuestra Navidad parroquial.

  3. pedro de benito dice:

    Magnífico el Belén y magnífica la columna. Esto es evangelizar sin distinción de edades, con sencillez y verdad. Como ocurrió en Galilea. Y si, hay que ir pensando en el próximo año.

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