Vives en mí, no tengo duda
No sé por qué lo sé, ni lo que siento,
pero vives en mí, no tengo duda,
en el silencio escucho la voz muda,
que susurra al pasar tu nombre al viento.
Te recuerdo, te miro, y al momento,
se conmueve ante ti el alma desnuda.
Quiero volver a ti, deja que acuda,
e insúflame la vida con tu aliento.
Tú eres el que me busca y el que espera,
alrededor de ti me entretejiste,
Eres íntimo a mí, quiera o no quiera.
Aún conservo el calor con que me hicieras,
la huella de tus dedos me imprimiste,
para que asido de ella nunca muera.
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Así es. Qué poco te escucho, y a veces impongo mi ley bárbara sobre tus dulces preceptos… todo para mi propio pesar. Pero Tú sigues ahí, fiel, paciente, para acogerme amoroso cuando vuelvo porque me he dado cuenta de que he preferido las algarrobas de los cerdos a la casa de mi padre…
Muchas gracias Félix por esta preciosa poesía.
Magnífico, Félix, muchas gracias por esta maravilla. Captas a la perfección la experiencia inefable de la oración “en el silencio escucho la voz muda”. La voz de Dios, en el lenguage que no es el nuestro, que podemos llegar a captar, por que él nos hizo y del que apenas balbuceamos algo, porque somos torpes, necesitados e ignorantes. ¡Qué verdad es eso de que aún conservo el calor con que me hicieras!. Ese recuerdo que se manifiesta cuando conseguimos hacer el silencio suficiente que nos permite oír su voz, dando calor al alma aterida. En la poesía, como en la música, se trascienden las palabras y se comunica lo incomunicable.
Te voy conociendo, Félix, y ya no me pregunto cómo lo haces. Solo sé que lo haces, y que es extraordinario. Gracias por compartirlo.
Simplemente, ¡precioso!
Qué decir Felix…GRACIAS.
Qué preciosidad.