Has de ver cosas mayores
Otro día más. Terminé de desayunar y bajé corriendo las escaleras para intentar llegar al trabajo puntual, sabiendo que llegaría tarde. Tarde como siempre. Cuando salía de casa me tropecé con ese señor… Sí, ese señor que se pasa el día entero pidiendo debajo del portal de mi casa. Corrí a la parada, pero el autobús arrancó y se perdió al final de la calle. Si ya llegaba tarde ahora como poco… ¿cómo poco qué?, ¿me iban a despedir?, ¡pues tanto mejor para mí!, prefería estar en casa que con esa gente chismosa, siempre ocupada de la oficina. Vale, llegaba muy tarde; así que saqué un papelito e hice una lista de todo lo que tenía que hacer nada más llegar a la oficina para tener todo organizado y estructurado y no perder ni un mi….
- Perdona hija…
- ¿Habla conmigo? – y lo mejor es que aquella anciana parecía que hablaba conmigo cuando era evidente que estaba muy ocupada.
- ¿Ha pasado ya el 32? – Bueno de verdad… ¿Para qué pone la EMT paneles informativos?, ¿para no leerlos?
- Sí, SEÑORA, sí – le contesté
- Pero bonita …
- Señora, ¿no ve que estoy ocupada? – Tras mi respuesta la anciana fijo su mirada en mí y tras unos segundos, muy seria, dijo:
- Has de ver cosas mayores*
A eso ya sí que no contesté, ¿qué quería decir? Bueno daba igual…
Llegué a la oficina con mi “super” plan hecho, y me puse a trabajar sin levantar la vista del ordenador, tratando de evitar que viniera toda la planta a preguntarme tonterías al verme ociosa.
Dos horas después me pareció raro que nadie hubiese intentado molestarme y, como estaba más tranquila, decidí hablar con alguien…
- Hola Isabel – saludé. Pero Isabel ni me miró.
Intenté saludar a dos compañeros más pero no hubo respuesta, era como… ¡como si fuera invisible! Cansada de ser un cero a la izquierda analicé la situación a mí alrededor.
Y me fijé en Carmen, la becaria, estaba allí en su mesa y… ¿estaba llorando?, ¿cómo nadie se daba cuenta de que estaba llorando?, yo tampoco la había visto hasta ahora pero… Me acerqué a hablar con ella aunque, como era de esperar, tampoco parecía verme.
Salí del trabajo algo preocupada por la situación y, mientras esperaba al autobús sentada entre la gente, llegó una señora muy mayor, silenciosa y encorvada. Nadie se movió para cederle el sitio. ¿Es que nadie la había visto?
Finalmente, abochornada por aquello que siempre había estado allí, y nunca había visto por mi egoísmo, llegué al portal. Allí estaba el señor de siempre, con el que me había tropezado aquella mañana, muerto de hambre y de frío. Le veía todos los días y ni siquiera sabía su nombre…
Me metí en la cama y recé. Recé cuando no lo había hecho desde hacía muchos años. Aquella señora, la del autobús de por la mañana… ¿verás cosas mayores? Ahora entendía todo, y antes de cerrar los ojos me vino a la cabeza aquella canción que cantaban en mi parroquia cuando era pequeña: “Maravillas hizo en mí, mi alma canta de gozo, pues al ver mi pequeñez se detuvieron sus ojos…” Haz Señor que vea todos los días cosas mayores.
*Juan 1, 50
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