La mujer que no sabía que era feliz
Mi madre, que en paz descanse, tenía una buena amiga que tenía la costumbre de quejarse por casi todo. Que si el marido no estaba nunca en casa. Que si los niños le daban mucho quehacer. Que si tenía muy poca ayuda en la casa. Y cosas por el estilo.
En un momento del tiempo les destinaron a Méjico. Ella no quería ir, pensaba que se iba a encontrar todavía más sola, qué se le había perdido en un país tan lejano… finalmente se trasladaron.
Cuando venían a España la buena señora redoblaba sus quejas a mi madre, que la escuchaba pacientemente. Que si las costumbres tan diferentes, que si no había esto o aquello tan fácil de encontrar en España, que si los colegios no le gustaban, etc., etc.
La verdad es que daba pena escuchar a la pobre mujer, con tantos problemas y dificultades, pasándolo tan mal…
Al cabo de los años volvieron a España, donde ya se quedaron hasta la jubilación del marido. Y un día, hablando de varias cosas con mi madre, le confesó que después de mucho tiempo se había dado cuenta de lo feliz que había sido en Méjico. Que si la gente era tan educada y agradable. Que si los niños encontraron en seguida con quién hacer amigos. Que si ellos conocieron gente majísima. Que si la vida era sencilla y la cultura muy interesante…
Esta persona al menos tuvo la fortuna de darse cuenta de que sí, de que lo había pasado muy bien durante aquella época de su vida, a pesar de que mientras estuvo allí, su principal actividad había sido lamentarse de ello.
Creo que hay mucha gente a la que le pasa algo parecido. Quizá no tan exagerado, pero todos tendemos probablemente a infravalorar lo bueno que tenemos y a quejarnos por lo que nos falta. Con razón se dice que una de los fundamentos de la sabiduría consiste en saber renunciar a lo que no necesitamos. ¡Qué fácil es quejarse! ¡Qué fácil lamentarse por lo que no tenemos o lo que pensamos que nos haría felices, solo para comprobar, una vez conseguido, que estábamos equivocados!
Realmente, en la vida, pocas cosas son verdaderamente necesarias. Pero nos dejamos embaucar por la publicidad, por el consumismo, y nos auto-convencemos de que necesitamos esa ropa de moda, las botas de la temporada, el último teléfono x-paf, el televisor más espectacular o el coche con los más recientes adelantos en seguridad.
Una de las pocas consecuencias buenas de la crisis es que mucha gente aprenderá, y quizá se sorprenda, de que hay muchas cosas antiguas que todavía sirven o se pueden arreglar, que no pasa nada si no se tiene la última versión de todo, y que se puede sobrevivir sin malgastar el dinero en cosas que, aunque resultan atractivas, en el fondo son superfluas.
Ojalá aprendamos también a valorar lo que tenemos y a ser conscientes de los dones recibidos, para ser más felices y agradecidos en nuestras circunstancias presentes.
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Quizá hay que quejarse de uno mismo, por lo poco agradecido que es con Dios, con los demás, quejarse por no comprender que la botella está por la mitad , ni más ni menos. Que a veces está por debajo, es entonces cuando no me quejo, porque podría estar aún más vacía y por eso le doy las gracias a Dios. Que a veces está por encima, tampoco me quejo y es más, le doy las gracias a Dios por que me da más de lo que realmente merezco
Gracias por este artículo. Realmente te ayuda a reflexionar sobre lo que es verdaderamente importante en la vida.
Un saludo
Es tan fácil ver lo negativo de la vida. Con solo mirar un periódico podemos caer en una depresión profunda. Lo difícil, a veces, y con tanto mensaje negativo, es darse cuenta de lo mucho que tiene nuestra vida de positivo. Podriamos empezar diciendo “Padre Nuestro……”
Es tan fácil ver lo negativo de la vida. Con solo mirar un periódico podemos caer en una depresión profunda. Lo difícil, a veces, y con tanto mensaje negativo, es darse cuenta de lo mucho que tiene nuestra vida de positivo. Podriamos empezar diciendo “Padre Nuestro……”
Gracias Federico!!
Sabia y profunda reflexion la que ha de surgir con tu columna.
Cuántas veces somos esa señora…
Un fuerte abrazo!!